
Escribo estas líneas en días próximos a las festividades del Día de Muertos en la capital mexicana. Y como vivo en uno de los llamados “barrios mágicos”, a estas alturas ya abundan los hombres y las mujeres que acuden a un puesto callejero a que los maquillen como “catrinas”: una base blanca en todo el rostro, ojos negros imitando las órbitas de un cráneo, líneas y plastas negras que representan los huesos, y todo rematado con una colorida decoración que cada año nos recuerda más a las calaveritas de azúcar. Todo inspirado en la famosa Catrina de José Guadalupe Posada; pero, ¿conoces su verdadero origen?

La imagen anterior corresponde a una hoja suelta impresa en 1913 en la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo, quien era el editor de José Guadalupe Posada. Y sí: ahí está la Catrina… pero no con ese nombre, sino con el de “calavera garbancera”. Para entender esto, es preciso conocer un poco el contexto de la caricatura política y social en el México de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando numerosos artistas ridiculizaban tanto a gobernantes como a gobernados dibujándolos como esqueletos que bailaban y celebraban alegremente… aunque estuvieran en los huesos.
Así, los “garbanceros” eran los mexicanos de clase media o clase baja que, para distanciarse de su mexicanidad —de la que se avergonzaban—, en lugar de comer frijoles consumían garbanzos, como los españoles; un poco como la burguesía actual, que adopta modas y modismos de países del primer mundo para sentirse un poco más sofisticados. Entonces, lo que nos quiso decir Posada con su imagen fue: no importa cómo te vistas, cuánto te maquilles ni si finges ser europeo, pues al final morirás y te convertirás en calavera. Un memento mori popular, que conecta la imaginería preshipánica de los muros de calaveras con las vanitas[1] de la pintura europea.
Lo de “Catrina” llegó después, cuando Diego Rivera retrató en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central a una elegante calavera que lleva de la mano a su propia imagen de niño. Y es que, en el habla popular del México de entonces, un catrín o una catrina era una persona pudiente, elegante y bien vestida. Así es como cobra sentido lo de la “Calavera Catrina”.

Y entonces, damos un brinco a este segundo cuarto del siglo XXI, cuando debido a la influencia del “desfile de Día de Muertos” que popularizó no el gobierno o el pueblo mexicano, sino una producción del cine extranjero —me refiero a 007: Spectre (2015), donde James Bond luce un maquillaje cadavérico durante una persecución filmada en la Ciudad de México—, miles de mexicanos y mexicanas esperan ansiosamente que llegue octubre para lucir maquillajes, peinetas, adornos y disfraces que poco o nada tienen que ver con nuestras tradiciones. Y por supuesto que están en su derecho y que el folclor se nutre de influencias a lo largo del tiempo, pero no deja de llamar la atención.
Sin ponerme “regañón”, recuerdo cuando el Día de los Fieles Difuntos era, justamente, una fecha para recordar a los familiares fallecidos y homenajear su recuerdo con altares, ofrendas y rezos católicos. Desde luego, desde entonces el 31 de octubre se realizaban Halloweens a los que de niños acudíamos disfrazados de fantasmas, diablos o brujas; pero el día siguiente era “de guardar” y el foco estaba en recibir a las almas que, según la tradición, por un día tenían la licencia de seguir un camino de flores de cempasúchil y compartir simbólicamente los alimentos con nosotros, quienes los extrañábamos.

Hoy, en cambio, el foco está en nosotros mismos, en nuestros rostros maquillados como “Catrinas” y en la imperiosa necesidad de tomarnos selfies así caracterizados. Los gobiernos locales organizan desfiles masivos, se montan esculturas monumentales de papel maché, las revistas y las marcas de ropa hacen shootings con modelos ataviadas y decoradas como calacas y, en fin, todo se convierte en una fiesta donde lo importante ya no es recordar a los que fallecieron, sino lucir lo mejor posible para la pachanga de la noche y para la foto.
Por eso empecé diciendo que, si nos viera, Posada se burlaría de nosotros y quizás haría grabados donde las calacas posmodernas se toman fotos posando en la fuente de los coyotes en Coyoacán o suben reels de ellas mismas desfilando por el Paseo de la Reforma. Creo que sería una delicia que el nativo de Aguascalientes no desaprovecharía para fustigar con su humor corrosivo. Pero, en fin: así las prácticas sociales del México actual, que no queda sino aceptar, observar y, a veces, retratar…

(Imagen generada con IA)

[1] Si quieres conocer mejor esta forma de arte, puedes leer: https://www.bicaalu.com/el-arte-y-la-estetica-del-desapego-memento-mori-en-el-proceso-creativo/


