Parálisis del sueño: ¿por qué “se nos sube el muerto”?

Parálisis del sueño: ¿por qué “se nos sube el muerto”?
Igor Übelgott

Igor Übelgott

Anoche pasó de nuevo. Como a mi edad ya casi nunca duermo toda la noche de corrido, después de una de mis idas nocturnas al baño regresé al dormitorio, me acurruqué y, justo, cuando estaba a punto de volver a conciliar el sueño, desde abajo de las cobijas sentí o vi —no podría precisarlo— cómo el perro de mi casera, que es bastante encimoso, entraba a mi habitación y se subía a mi cama; y claro, cuando intenté moverme para espantarlo, fui consciente de que estaba paralizado y a merced del animal.

En la vida real, Káiser —que así se llama— es un pastor alemán joven, amoroso y tosco, pero incapaz de morder o atacar a alguien; en mi sueño, por supuesto, esa presencia y ese peso sobre mí resultaban amenazantes. Tratando de no entrar en pánico, en medio de la duermevela me dije a mí mismo: “A ver, Igor, ya sabes cómo es esto; tranquilízate, trata de mover al menos un dedo y despierta”. Al cabo de unos segundos, logré abrir los ojos. Supongo que eso mismo les sucede a muchos, pero, ¿a qué se debe esto de que “se te suba el muerto”?…

"Se te sube el muerto"
¿Espíritus, demonios o mi propio cerebro?

Según la ciencia médica, la parálisis del sueño es una afección en la que no puedes hablar ni moverte, apenas te quedas dormido o justo al despertar. Lo inquietante del fenómeno es que, durante un episodio así, estás plenamente consciente de lo que está sucediendo, por lo que las fronteras entre la realidad y tus sueños son muy difusas.

A pesar de que casi toda la gente ha sufrido al menos un episodio en su vida y de que se trata de una afección muy común, se desconocen sus causas precisas, aunque hay factores comunes relacionados con su aparición: déficit o mala higiene del sueño —es decir, dormir poco o sin un horario fijo—, estrés mental, así como antecedentes de narcolepsia o de apnea del sueño. Lo que sí se conoce bien, al parecer, es el mecanismo que lo provoca.

El ciclo normal del sueño tiene etapas, desde adormecimiento leve hasta el sueño profundo; durante la etapa del movimiento ocular rápido (MOR), tus ojos se mueven rápidamente de un lado a otro y, en esa fase, es común tener sueños vívidos. Cada noche, todos atravesamos varios ciclos de sueño MOR y no MOR; durante el primero, el cuerpo está relajado y los músculos no se mueven. La parálisis del sueño se presenta, entonces, durante el cambio de etapas del ciclo del sueño: cuando despertamos súbitamente del sueño MOR, el cerebro está despierto, pero el cuerpo aún está en modo MOR y no puede moverse, lo que causa una sensación de estar paralizado.

Sensación de estar paralizado

Estos episodios de parálisis del sueño pueden durar desde varios segundos hasta uno o dos minutos, y terminan por sí solos —o sea, cuando finalmente logramos volver a la vigilia completa— o cuando alguien nos toca o nos despierta. En ocasiones, al despertar se experimenta una gran angustia, palpitaciones y sudor frío, pues el trance se confunde con un sueño muy vívido.

El trastorno también se vincula con las imágenes hipnagógicas o hipnopómpicas: alucinaciones de una persona que acaba de despertar y tiene los ojos abiertos, pero aún sigue soñando, de modo que lo que sueña se mezcla con las imágenes de la realidad. Ya que estamos sincerándonos, desde niño también he tenido mi buena dosis de este tipo de imágenes; y, desde luego, estos fenómenos alimentan muchas creencias de tipo religioso, sobrenatural o espiritual.

Así las cosas, muchos piensan que esta parálisis del sueño se debe, no a procesos neurológicos, sino a la presencia de entidades del bajo astral, espíritus chocarreros, almas en pena o hasta demonios que se posarían sobre nosotros mientras dormimos para “absorber nuestra energía vital” o, incluso, para entrar en nosotros, poseernos o dominarnos: de ahí su nombre coloquial.

Muchos piensa en espíritus, almas en pena y hasta en demonios

Aquí, compartiré un episodio autobiográfico. Cuando tenía unos cinco o seis años, debido a mis trastornos del sueño empecé a despertar súbitamente y, con los ojos bien abiertos, veía la imagen de un hombre parado en la entrada de mi recámara donde dormía con mi tía. Incluso una vez, me cuentan, entre sueños lo señalé y le dije a ella: “Mira, ahí está tu amigo”. Después, mi otra tía, la más joven, empezó a sufrir episodios de parálisis del sueño donde veía “al mismo hombre —no sé cómo llegó a esa conclusión— tratando de entrar en ella”. La explicación que halló mi familia —que era muy católica y creía en aparecidos y presencias malignas— fue que un alma en pena quería llevarse a mi tía al Más Allá; por eso, mi abuelo convocó al señor cura para que fuera a bendecir la casa y durante meses hubo rezos, veladoras prendidas y vasos con agua bendita por toda la casa, hasta que cesaron las supuestas apariciones.

En este terreno de lo inexplicable, muchos atribuyen los episodios a viajes astrales involuntarios, en lo que el soñador no lograr reingresar a su cuerpo físico y queda expuesto a que otra entidad trate de tomar posesión de él, por esta “vulnerabilidad energética”. Esto lo hemos visto en películas de terror como La noche del demonio —Insidious— (2010), dirigida por James Wan.

Me pregunto qué habría pasado si, en lugar de pedirle ayuda a un sacerdote, hubiéramos acudido a un médico o un psiquiatra, y este nos hubiera aclarado que lo que le pasaba a “Igorín” —así me decían— y a su tía era solo un fenómeno fisiológico derivado de trastornos en el ciclo del sueño. La verdad, dudo que lo hubieran creído. Como sea, espero que esta noche sí pueda dormir sin interrupciones y que el cuerpo astral de Káiser —o lo que sea que me haya visitado anoche— busque otro inquilino insomne a quien molestar…

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