El “relajado entusiasmo”: un estado idóneo para la salud mental

El “relajado entusiasmo”: un estado idóneo para la salud mental
Francisco Masse

Francisco Masse

A primera vista, podrían pensar que esas dos palabras son antónimas; es decir, que sus connotaciones y significados son mutuamente excluyentes. Porque, ¿cómo podría uno estar, a la vez, entusiasmado y relajado? Si sigues leyendo, te explicaré con mayor claridad esta idea y por qué propongo que el “relajado entusiasmo” es un estado idóneo para la salud mental.

Según las definiciones del Diccionario del Español de México, entusiasmo es una “emoción intensa de alegría, satisfacción, admiración o vitalidad que produce en uno algo o alguien”, mientras que relajado es alguien “que no está tenso, sino calmado y cómodo”. Como vemos, entusiasmo no es agitación y relajado no equivale a letargo, apatía o pereza, así que en esencia estas dos nociones no son opuestas; entonces, ¿cómo podemos alcanzar ese estado de inmensa alegría y satisfacción sin tensión, sintiéndonos calmados y cómodos?

A riesgo de ser simplista, me atrevo a afirmar que esa tensión a la que se refiere el diccionario casi siempre proviene de la anticipación de un hecho futuro: si nos resulta deseable, sentimos prisa por obtenerlo; si se percibe como amenaza, produce miedo y ansiedad. Por eso, la ausencia de dicha tensión se refleja en la calma —la antítesis de la prisa— y en la comodidad, que podríamos ilustrar con un felino durmiendo a pata suelta gracias a la certeza de ser un apex predator y de que ninguna criatura —con excepción, claro está, de un cazador provisto de escopeta— osaría intentar algo contra él.

León dormido

Y ese es el meollo del asunto, que a menudo la vida contemporánea parece un entorno selvático plagado de amenazas con distintas formas: despidos sorpresivos, inestabilidad financiera, inseguridad, criminalidad, conflictos bélicos y otras más sutiles como la pérdida del prestigio social o la soledad no elegida, pasando por las inevitables como la muerte, propia y ajena, y el envejecimiento. Y todo eso, seamos honestos, nos mantiene tensos gran parte del tiempo.

El otro aspecto es la inagotable prisa con la que acometemos gran parte de nuestras empresas —es decir, los intentos y esfuerzos por lograr nuestros objetivos—, la cual con frecuencia llega acompañada de una exagerada aversión a la realidad presente, de expectativas demasiado altas y de una enorme autoexigencia. A éstas les siguen las autocríticas o la frustración cuando las cosas no salen exactamente como queremos o planeamos —y, seamos honestos, eso muy pocas veces sucede—. Entonces, vuelvo a la pregunta que hice líneas arriba: ¿cómo alcanzar el “relajado entusiasmo”, ese estado de inmensa alegría y satisfacción sin tensión, en el que nos sentimos calmados y cómodos?

Satisfacción sin tensión

Atendiendo a los dos elementos que acabo de describir, creo que una idea útil sería la de aprender a relajarnos, por un lado para distinguir con claridad las amenazas percibidas de las reales y, por otro, para dejar de persiguir la zanahoria que nosotros mismos ponemos frente a nuestras narices y que etiquetamos con nociones absolutas o poco asequibles como “el amor”, “la felicidad”, “el éxito”, “ser famoso” o “hacereme millonario”.

En ese sentido, algo que a mí me funciona es dejar de “forcejear con la realidad”: en lugar de insistir en el logro mis objetivos al grado de terminar física y mentalmente exhausto, elijo dar el mejor de mis esfuerzos sin autoexigirme y aceptar que gran parte de los resultados —y de la realidad— está y estará siempre fuera de mi control, así que resulta inútil intentar gobernarla. Y ese ánimo que combina el ahínco productivo, la satisfacción por la tarea bien hecha y el desapego a que mis deseos se cumplan tal como los formulé, es justo a a lo que me refiero cuando hablo de “entusiasmo relajado”.

Vivimos nuestra vida como si fuéramos en una autopista...

Haciendo una metáfora automovilística, normalmente vivimos nuestra vida como si fuéramos en una autopista: siempre presurosos, con el pie en el acelerador, en alerta permanente, compitiendo e intentando rebasar a otros para ahorrar tiempo y, así, llegar a nuestro destino lo más pronto posible; la idea, entonces, es “irnos por la libre”, sin prisas, con buena música, disfrutando del camino, con apertura a que el viaje no siempre se desarrollará como nosotros la habíamos previsto… pero siempre en el camino, atento y sin soltar el volante. Aunque no siempre se pueda, seguro vale la pena intentarlo alguna vez, ¿no lo crees?

Cierre artículo

Recibe noticias de este blog