Galería de instrumentos musicales imaginarios, mitológicos y religiosos

Galería de instrumentos musicales imaginarios, mitológicos y religiosos
Igor Übelgott

Igor Übelgott

Citando libremente las palabras del músico británico Brendan Perry, cuando explicó el origen del nombre de su agrupación, Dead Can Dance, la música tiene un poder mágico: transforma una sustancia inerte —como la madera de un violín, el metal de una tuba o la piel de un tambor— en una voz o un ritmo que despierta emociones, que vive. Esta característica de los instrumentos musicales, a lo largo de la historia, los ha dotado de cualidades místicas que resuenan en ámbitos tan amplios como la religión, la ciencia ficción, la mitología y el arte. Hablamos de instrumentos musicales imaginarios, mitológicos y religiosos.

En esta breve galería, revisaremos algunos de estos instrumentos que nunca existieron, los cuales lo mismo anuncian cataclismos universales que virginales concepciones, son capaces de amansar a bestias salvajes, pueden consistir en una escala musical hecha de gatos o ser empleados como armas de sometimiento masivo. No hay límite en esta fantasía musical.

La mitología

Empecemos con la mitología grecolatina, en la que abundan ejemplos de instrumentos musicales con poderes divinos, mágicos o especiales. Hay un relato, por ejemplo, en el que el hermoso Apolo y el poco agraciado Pan —que tenía aspecto de sátiro, el cuerpo hirsuto, cuernos y patas de cabra— se retaron a un duelo musical entre dioses, el primero pulsando su lira y el segundo, con su flauta de pastor, que era más bien una especie de quena.

No spoilearé revelando quién resultó ganador en el duelo, pues lo importante son los instrumentos. La lira de Apolo era un símbolo de la armonía celestial manifestada en los acordes que producían las revoluciones ordenadas de las esferas celestes. Por su parte, la flauta de Pan —hecha de cañas huecas— recibe también el nombre de siringa, en honor a la ninfa Syrinx, quien, al ser acosada por este peludo y libidinoso dios, prefirió hundirse en el río Ladón y convertirse en un montón de cañas, mismas que Pan tomó para fabricar su mítico instrumento de viento. Total, que finalmente “la hizo suya”…

Apolo con su lira y Pan con su flauta

En otro mito griego, Orfeo era un aedo que recitaba epopeyas acompañándose de una lira de nueve cuerdas, un número que honraba a las nueve musas. Se decía que su música y sus cantos eran tan bellos y poderosos que eran capaces no solo de apaciguar bestias salvajes, sino también de mover rocas y árboles, desviar el curso de los ríos, contrarrestar el canto de las sirenas —lo que quedó demostrado en la travesía que hizo Orfeo al lado de los argonautas, cuando buscaban el vellocino de oro— e, incluso, de conmover al mismísimo Hades, dios del Inframundo, cuando el músico se adentró al reino de los muertos para sacar de ahí a su amada Eurídice. De nuevo, apostaré por tu curiosidad para que averigües por ti mismo el resultado de sus negociaciones con tan inflexible carcelero.

Orfeo y su lira de nueve cuerdas

En los relatos mitológicos de los pueblos nórdicos también existen instrumentos musicales con poderes extraordinarios. Uno de los más notables es un largo corno o cuerno llamado Gjallarhorn. Este instrumento mítico, al ser soplado por el dios Heimdal, guardián de Asgard —morada de los dioses—, marcaría el inicio del Ragnarök, que en la mitología nórdica equivale al Apocalipsis, donde todos los dioses se enfrentarán, muchos de ellos morirán y, tras la refriega, todo renacerá y los dioses sobrevivientes bendecirán a una nueva pareja de seres humanos que repoblará la Tierra.

La cultura pop del siglo XXI nos ha regalado una versión cinematográfica de este cataclismo, en la cinta de Marvel, Thor: Ragnarök (2017), donde una hermana perdida del dios del trueno llega a reclamar el trono y éste se ve obligado a despertar a un gigante de fuego para dar inicio a la Batalla del fin del mundo.

El Gjallarhorn de Heimdal
En el cristianismo

El Antiguo Testamento también nos habla de antiguos instrumentos musicales, como el kinnor, que era una lira pequeña con la que el rey David acompañaba sus salmos —y, a lo mejor, también “Las Mañanitas”, no sabemos—, o las liras y arpas del sabio rey Salomón; pero esos eran instrumentos reales, sin poderes divinos. De otra clase son el cuerno o la trompeta que, según el Apocalipsis de San Juan, el arcángel Gabriel tocará para dar inicio al Día del Juicio Final. En ese mismo libro, que narra los terroríficos últimos días que vivirá la humanidad, siete ángeles tocarán siete trompetas que irán desencadenando, una a una, calamidades y desgracias sobre la Tierra.

Pero no todo es muerte, destrucción, caos y segundas venidas —de Cristo Salvador, no nos pongamos profanos— cuando suenan las trompetas en la Biblia. Dentro de la iconografía cristiana, algunas imágenes de la Anunciación de María, cuando un ángel le comunicó la voluntad divina de que sería madre del Mesías, el ser alado “le forwardea el correo” valiéndose de un instrumento de viento: la trompeta de la Anunciación. Aquí vemos un ejemplo, aunque este más bien parece un fax, tan en boga en los noventas y ahora sustituido por el e-mail.

"Anunciación con unicornio", Martin Schongauer (1489)
En la ciencia ficción

La literatura y el cine sci-fi del siglo XX nos regalaron varios instrumentos musicales imaginarios que vale la pena mencionar. Isaac Asimov, por ejemplo, en Fundación e Imperio (1952) —segunda entrega de la Trilogía de la Fundación— introdujo un artilugio llamado el Visi-Sonor, una especie de teclado portátil, como una melódica, qué producía música y proyecciones visuales holográficas capaces de modificar el estado de ánimo del escucha; es tocada por Magnífico, el bufón de cabecera de La Mula, un ser poderosísimo que usa el instrumento para lavar cerebros en los mundos que desea conquistar.

Magnífico y su Visi-Sonor en "Fundación e Imperio" (1952), de Isaac Asimov

Otro gigante de la ciencia ficción, Frank Herbert, en su tabique… ¡digo!, en su novela Duna (1965), incluyó en su universo a la baliseta, un instrumento musical ficticio de nueve cuerdas descendiente de la cítara y afinado en la escala Chusuk. Es el instrumento favorito de los Trovadores Imperiales y del personaje Gurney Halleck, quien lo toca mientras canta o recita refranes

Gurney Halleck y su baliseta en "Duna" (1965), de Frank Herbert

Por último, en el cine, tenemos la cinta Barbarella (1968), protagonizada por Jane Fonda, quien en una escena es “torturada” —por así llamarlo— en un instrumento conocido como la Máquina Excesiva, que se opera con un teclado y, al emitir frecuencias musicales, produce tanto placer que puede matar a la persona sometida a tan peculiar suplicio. Desde luego, no hablaban en serio…

En la tecnología

Hasta ahora, todo ha sido fantasía, fe y mitos sobre artilugios que generan música con efectos extraordinarios. Pero, en la historia, también ha habido inventos fallidos y prototipos conceptuales que fueron desechados por inviables —o cruentos— y jamás fueron construidos. Un ejemplo es el Tubo Cochleato, diseñado por el erudito y polímata alemán Athanasius Kircher en el siglo XVII; su función era amplificar la voz humana mediante un tubo metálico con forma de caracol, inspirada en el oído interno humano. Como nunca fue posible reproducirlo con las técnicas metalúrgicas de entonces, quedó solo en buenas intenciones. Aquí lo vemos, ilustrado por Filippo Bonnani en un tratado sobre instrumentos musicales.

Tubo Cochleato

Otro instrumento digno de mencionar flota en el imaginario como algo que sí existió y forma parte de la historia del maltrato animal. Me refiero al Katzenklavier o teclado de gatos, también conocido como Orgue à chats —o sea, órgano de gatos— o Cat piano: otro instrumento hipotético en el que se dispondría a un grupo de gatos en pequeñas jaulas, acomodándolos según el timbre de su voz —o, más bien, de su maullido—; al pulsar una tecla del supuesto piano u órgano, una aguja pinchaba al gato, que maullaría de dolor. Antes de rasgarnos las vestiduras, recordemos que —aunque existen ilustraciones, como la que vemos aquí abajo— este atormentador de felinos nunca existió.

Katzenklavier o teclado de gatos
En el arte

El surrealismo es un género pictórico donde los instrumentos musicales parecen florecer como margaritas. Por ejemplo, en Música. La orquesta roja (1957), Salvador Dalí imagina un violonchelo que en realidad es un torso humano visto de espaldas y un piano hueco, sin teclas, que es físicamente imposible que no se desplome y que, más que sonar, funciona como fuente y bebedero.

"Música. La orquesta roja", de Salvador Dalí (1957)

Luego, tenemos dos bellas piezas, obra de las máximas exponentes femeninas del surrealismo. Primero está Música solar (1955), de Remedios Varo, donde vemos a una figura femenina que pasa un arco de violín sobre un haz de rayos del sol para crear notas musicales que abren nidos de cristal y liberan aves atrapadas. Una sutil alegoría de cómo la música puede liberar aquello que llevamos atrapado en el alma.

"Música solar", de Remedios Varo (1955)

Fuente: remediosvaro.art

Ya por último, tenemos una de las pocas esculturas que hizo en su vida la inglesa radicada en México Leonora Carrington. Su título es La femme-luth o “La mujer laúd”, una figura con un mástil de madera, cabeza de gato y un cuerpo alargado, con símbolos cabalísticos pintados; de una varilla que atraviesa su garganta bajan dos cuerdas de guitarra, que son tensadas por unas clavijas en la base del mástil. La entrepierna, abierta y teñida de rojo, simboliza el origen de la vida que se fusiona con el componente espiritual de la música.

"La femme-luth", de Leonora Carrington (1951)

Fuente: artnet.com

¿Y en la música?

Esta galería no estaría completa sin la guitarra imaginaria de Frank Zappa, que protagoniza el track más conocido de músico de rock: “Watermelon in Easter Hay”, del álbum conceptual Joe’s Garage (1979). La trama que se cuenta en las canciones de este disco sitúa al protagonista, Joe, en un futuro distópico donde la población es vigilada por una entidad omnipresente llamada The Central Scrutinizer. Tras un incidente con un cyborg, Joe termina en la cárcel y ahí empieza a imaginar que toca la guitarra; cuando sale de prisión, se entera de que la música ha sido prohibida y él, que era músico, no tiene más remedio que seguir tocando en su mente y ejecutar solos en su guitarra imaginaria.

Un símbolo de la locura causada por la represión del sistema, queda claro. Cuando Joe se hace consciente de su condición, se da cuenta de que las notas y los cantos imaginarios solo existen en su cabeza. Entonces, la canción instrumental es el “canto de cisne” con el que el trastornado intérprete dice adiós a su guitarra imaginaria, que no es sino su propia evasión mental. Si no conoces la canción, aquí te la dejo:

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