
Como escritora de formación, sé que no puedo esperar a que aparezca la inspiración, ese genio místico que culturalmente ayuda a los artistas a realizar sus más grandes obras. La creencia popular sostiene que la producción artística se origina a partir de una especie de “rapto místico de las musas” o de una revelación divina. De joven, yo así lo creía: escribía cada vez que llegaba la inspiración y, sin corregir mis textos, se los mostraba a mis amigos como obras perfectas. No obstante, cuando entré a la licenciatura en letras, el oficio me mostró que poco importaba el talento si no tienes disciplina. Así, la creencia en las musas quedó atrás, como un mito con aura romántica que desprecia el esfuerzo y enaltece la casualidad.
Algo que aprendí en mis clases de escritura creativa fue que el pensamiento crítico desmonta la noción del autor iluminado que contempla el lienzo en blanco sin tener un plan, pues la ocurrencia azarosa es apenas el chispazo que enciende un proceso creativo. Desde la crítica —necesaria para cualquier artista que respete su arte—, los objetos estéticos requieren horas de corrección, más allá de la planificación o de la perfección en la técnica empleada. Dicho de otro modo, el rigor del oficio tiene el mismo valor que la estructura técnica y mucho más que el talento per se.

En cualquier disciplina, artística o de otra clase, el hábito mantiene en pie las ideas cuando la voluntad es poca. Y cuando encontramos nuestro propio proceso creativo, tras haber probado diversos métodos y técnicas, es que mantenemos vivo el oficio. Después de pasar años escribiendo, entiendo que la persistencia frente a la página en blanco supera cualquier arrebato lírico. El oficio delimita el estilo y perfecciona el criterio estético frente a la crítica pública.
Por estas razones, quiero compartirte una de las estrategias que uso ante el bloqueo creativo: empaparme de contenido audiovisual sobre creatividad, escritura y nuevas formas de arte. Si bien intento no sobreestimular mi cerebro con pantallas, admito que cuando aparece el bloqueo lo único que mi cerebro desea es botar la tarea que no sabe cómo realizar y dejar de sentirse incómodo; cuando eso sucede, puedo pasar media hora o más deslizando mi feed de Instagram o buscando videos de TikTok que me brinden una descarga inmediata de dopamina.
Si no puedo controlar mis ganas de ver una pantalla, lo que hago es buscar contenido que me ayude a retomar la tarea y vencer el bloqueo. Y de los miles de contenidos que encuentro en redes, prefiero ver las charlas TEDx que se publican en YouTube o en reels de Instagram y TikTok. En estas ponencias, especialistas de diversas disciplinas comparten ideas replicables y metodologías de trabajo.

Estos foros son multidisciplinarios y abordan una infinidad de temas, pero a mí en particular me gustan aquellos que exponen ideas sobre los procesos creativos y las técnicas artísticas más innovadoras, donde los ponentes abordan la creación desde el detalle y la síntesis. Estos espacios permiten contrastar la práctica de las artes con las exigencias del guion y la narrativa, buscando claramente la divulgación del arte. Un ejemplo lo da el ilustrador español Puño, que en su ponencia “Talk” (2011) define al dibujo como una tecnología indispensable de pensamiento lógico y lectoescritura visual, rompiendo con la premisa que vincula la capacidad de trazar formas con una actividad infantil. Para el ilustrador, dibujar a lápiz permite resolver problemas espaciales, pues todos poseemos la facultad de coordinar el ojo y la mano mediante esquemas de geometría básica. Esta destreza visual se vuelve un tipo de lenguaje para estructurar ideas más complejas.
Desde mi oficio literario, este trazo geométrico equivale a la planificación de tramas. Las líneas de un boceto organizan los planos visuales del mismo modo que un mapa de personajes ordena las tensiones de un cuento, y un ensayista utiliza diagramas mentales para distribuir las ideas principales antes de sentarse frente a la computadora a redactar. El dibujo y la literatura comparten el mismo método, basado en la articulación de signos sobre una superficie limpia.
Por otro lado, en su ponencia “Los videojuegos enseñan mejor que la escuela” (2012), Gonzalo Frasca analiza las experiencias interactivas, específicamente las estructuras de los videojuegos. El uruguayo expone cómo el diseño de sistemas requiere un mapa claro donde cada elemento cumple una función específica, y la libertad de un usuario dentro de un videojuego depende de un marco procedimental cerrado —y, por ende, organizado— que puede equipararse al desarrollo de la tensión dramática en el teatro. El dramaturgo establece la verosimilitud de la ficción con la misma rigurosidad con que un programador diseña la mecánica de un software. Las acciones de los personajes responden a la trama, al tema y a la idea.
Por último, Hernán Casciari, en su ponencia “Cómo matar al intermediario” (2016), aborda su proceso literario a partir de las dinámicas narrativas de la vida cotidiana. En esta charla, emplea una fotografía como detonante para desarrollar un relato íntimo sobre el vínculo paterno y la construcción de la memoria a través de las palabras. En su charla, el escritor argentino demuestra que la creación de un buen relato depende de la dosificación de la información y de la contención del ritmo, a la vez que explica cómo el dominio del lenguaje transforma incidentes literarios en estructuras dramáticas que encienden las emociones del auditorio.
Al rechazar la retórica absurda, Casciari busca dejar de lado los adornos para centrarse en la tensión que sostiene la atención del oyente desde las primeras líneas de un relato. Su técnica narrativa podría parecerse a la composición de un cartel o al diseño editorial, pues en ese proceso se seleccionan tipografías llamativas y se limpia el plano visual para que la idea principal destaque, y un novelista aplica esta misma economía de recursos. Ambas disciplinas entienden que la sobrecarga de adornos y elementos retóricos debilita la estructura y resta potencia al mensaje.
El escritor mexicano José Emilio Pacheco defendía la rutina de escritura. Esta idea conecta con otras artes, pues tanto el pintor, el cineasta y el escultor como el escritor, necesitan del taller para perfeccionar su oficio. El escultor enfrenta la piedra con la misma disciplina que el narrador encara la página en blanco usando escritura automática, asociación libre u otra técnica de escritura creativa.
El oficio de escribir rinde frutos cuando el autor entiende que la calidad de la obra resulta de la repetición. En ese sentido, cada artista tiene su propia caja de herramientas, pero hay una que no debe de faltar, sin importar la expresión artística: el hábito de enaltecer el talento a través del oficio, pues la disciplina supera la incertidumbre de la ocurrencia. En resumen, el arte no se realiza fortuitamente, sino con lucidez y tiempo.



