
Estamos acostumbrados a pensar que las obras de arte se encuentran en museos y galerías, colgadas en una pared, protegidas por una vitrina o instaladas sobre un pedestal. Sin embargo, algunas otras obras ocupan hectáreas, necesitan agua y sol para sobrevivir, cambian de color con las estaciones del año y no lucen igual dos días consecutivos. Y es que ciertos jardines también pueden ser obras de arte; la única diferencia es que, aquí, el lienzo está vivo.
Prepárate para dar un paseo por los jardines más hermosos del mundo que son, en sí mismos, una experiencia artística y de conexión con la naturaleza. Tal vez este recorrido virtual constituya la señal que necesitas para adoptar la jardinería como terapia y pasatiempo…
Versalles: poner orden en la naturaleza
Pocos lugares representan la idea de dominar el paisaje mejor que los Jardines del Palacio de Versalles, en Francia. En 1661, el rey Luis XIV encargó a André Le Nôtre la transformación de los jardines, pues los consideraba tan importantes como el palacio mismo. Le Nôtre aprovechó y extendió un eje ya existente hasta crear las enormes perspectivas que actualmente caracterizan el conjunto.
El resultado parece una demostración de que incluso la naturaleza podía someterse a los mandatos del “Rey Sol”: los árboles se alinean, los setos adquieren formas geométricas, las avenidas parecen prolongarse hacia el horizonte y las fuentes ocupan posiciones cuidadosamente calculadas. Los jardines funcionan casi como una composición pictórica gigantesca donde la perspectiva, la luz, el agua y la vegetación dirigen la mirada hacia el infinito.

Villa d’Este: un espectáculo construido con agua
En Tívoli, cerca de Roma, existe otra manera de transformar la naturaleza. Villa d’Este comenzó a desarrollarse en el siglo XVI por iniciativa del cardenal Hipólito II de Este, quien encargó al pintor y paisajista italiano Pirro Ligorio la creación de un conjunto formado por palacios y jardines.
Aquí el gran protagonista es el agua. Fuentes, estanques, cascadas y grutas aprovechan los desniveles del terreno para convertir el recorrido en un espectáculo visual y sonoro. A partir de 1560, se realizaron importantes trabajos para garantizar el suministro que requiere semejante despliegue hidráulico. Su diseño fue tan innovador que Villa d’Este se convirtió en modelo para el desarrollo posterior de jardines europeos.

La Alhambra y el Generalife: imaginar el paraíso
En Granada, España, la relación entre arquitectura y naturaleza adquiere un significado diferente. Los jardines medievales de la Alhambra y el Generalife provienen de la tradición cultural de al-Ándalus y alcanzaron durante el periodo nazarí un extraordinario nivel de integración entre vegetación, arquitectura y agua.
El agua no aparece únicamente como decoración. La construcción de la Acequia Real, impulsada por Muhammad I en el siglo XIII, permitió abastecer la ciudad palatina y regar las huertas del Generalife. Canales, albercas y fuentes terminaron formando parte esencial de la experiencia arquitectónica y paisajística del conjunto. El paisaje, entonces, deja de ser un escenario alrededor de los edificios para convertirse en parte de la arquitectura.

Giverny: donde el pintor cultivó sus propios cuadros
Aquí, el impresionista Claude Monet hizo algo particularmente fascinante: primero creó un paisaje y, después, lo convirtió en pintura. En 1883, el pintor se instaló con su familia en Giverny, Francia, y desarrolló una profunda afición por la jardinería. Primero trabajó en el Clos Normand y, desde la década de 1890, desarrolló su famoso jardín acuático. Estanques, flores, sauces, reflejos, un puente de inspiración japonesa y, sobre todo, nenúfares, se convirtieron en elementos recurrentes de su pintura. El jardín funcionó como un laboratorio visual donde Monet podía observar cómo la luz transformaba constantemente un mismo paisaje.
La relación resulta extraordinaria porque elimina la frontera entre jardinero y pintor. Monet organizaba colores, plantas y espacios con una sensibilidad semejante a la que aplicaba sobre el lienzo. Después, contemplaba ese jardín artificialmente construido y volvía a transformarlo mediante la pintura. En Giverny, la obra de arte existió antes que el cuadro.

Jardín Majorelle: pintar con plantas y arquitectura
En 1917, el pintor francés Jacques Majorelle llegó a Marruecos y quedó fascinado. Seis años después, comenzó a edificar el espacio que después se convertiría en el Jardín Majorelle y, en 1931, encargó al arquitecto Paul Sinoir la construcción de un estudio Art Déco. Alrededor de esta edificación, Majorelle reunió plantas exóticas procedentes de sus viajes y, a lo largo de varias décadas, creó una especie de laboratorio botánico.
Tras la muerte de Majorelle, el jardín pasó por un periodo de abandono hasta que, en 1980, Yves Saint Laurent y Pierre Bergé lo compraron e iniciaron su restauración. Actualmente, el Jardín Majorelle ocupa una superficie de nueve mil metros cuadrados y conserva esa extraña condición de ser al mismo tiempo jardín, composición cromática y escenario arquitectónico.

Kew Gardens: invernaderos con toque aristócrata
Este es un jardín botánico fundado en 1759 y ubicado en el suroeste de Londres, el cual cuenta con la colección botánica y micológica más grande y diversa del mundo. En sus 132 hectáreas, alberga más de 27 mil especies vegetales distintas y más de ocho millones de especímenes de plantas y hongos.
Además de sus esmerados jardines, Kew Gardens destaca también por sus invernaderos. El más distintivo de ellos es la Palm House o “Casa de la Palmera”, prácticamente un símbolo del lugar; también está el Conservatorio Nash, la Alpine House, la Orangerie y la Temperate House, que es el invernadero principal de los jardines. Además de ser uno de los sitios más hermosos de la capital inglesa y un destino turístico obligado, Kew Gardens es una institución de investigación y educación botánica de importancia internacional.

Una obra de arte que nunca termina
Una pintura puede permanecer prácticamente idéntica durante siglos. Un jardín no. Los árboles crecen, las plantas florecen y se marchitan, las estaciones modifican los colores, el agua fluye y cambia los reflejos, y unas especies terminan sustituyendo a otras, pero esa es su cualidad artística más fascinante. Al diseñar un jardín, el ser humano podrá ordenar el espacio, seleccionar las plantas y decidir por dónde correrá el agua, pero jamás tendrá el control absoluto, así que la naturaleza siempre terminará participando en la obra.



