La bendita capacidad de estar con uno mismo

La bendita capacidad de estar con uno mismo
Igor Übelgott

Igor Übelgott

Es un fenómeno que he observado, sobre todo, cuando viajo: en las salas de espera de las terminales o los aeropuertos, a bordo del autobús o avión, e incluso ya en el destino turístico, lo que me parece más inexcusable. Hablo de las personas que se sumergen en sus móviles, en sus redes sociales, en libros, en canciones o en películas, debido a una aparente incapacidad de estar con ellas mismas y lidiar con sus propios pensamientos.

Resulta fácil detectar a esta gente cuando viaja, se transporta, come o espera a solas: se les nota nerviosas, incómodas, quizá con un tic o movimiento repetitivo —acomodarse el cabello, mover las piernas, morderse las uñas— y volteando hacia uno y otro lado, hasta que sacan el celular de la bolsa o el bolsillo del pantalón para mirar un video tras otro en TikTok, ver las stories en Instagram o revisar obsesivamente los chats de WhatsApp.

Otros se refugian en libros, lo cual no tendría nada de malo a no ser que se sacrifique un precioso momento presente para evadirse en las páginas. Recuerdo una vez que me regalé unas vacaciones en Ixtapa y, al estar en la playa, tuve la fortuna de presenciar una puesta de sol de colores vibrantes que quitaban el aliento —las nubes parecían sacadas de una pintura impresionista—, enmarcada por un mar cuyos tonos iban del turquesa al azul ultramarino; al tiempo que yo me estremecía por el espectáculo que tenía enfrente, junto a mí una mujer de mi edad, rubia, con cuerpo atlético y porte de ejecutiva, tenía los audífonos puestos y jamás levantó la vista de su Kindle. Ni modo: ella se lo perdió.

Perder el mar por la lectura

Volviendo al punto, no es que juzgue a la gente que evita la soledad; por el contrario, los entiendo: cuesta trabajo lidiar con los propios pensamientos, sobre todo cuando hay neurosis mal atendidas, si se es proclive a las ideas catastróficas o las frases autocríticas, o si está muy enraizada la creencia de que se necesita la compañía de otra persona para estar segur@ y ser feliz. Con frecuencia, esta última idea lleva a establecer relaciones tóxicas, conflictivas o destinadas al fracaso: todos tenemos un amigo que a cada tanto halla al “amor de su vida” —y a los meses termina con ella— o una amiga que se involucra con sujetos de conducta y procedencia dudosas con tal de no pasar tiempo sola.

Pero tampoco hay que ser tan duros con nosotros mismos. Tomemos en cuenta que, hasta cierto punto, tenemos “precargado” un instinto de supervivencia que nos impulsa a formar parte de un grupo, pues en los entornos anteriores a la civilización esta era la mejor manera de procurarse el alimento y de enfrentar a presas o a depredadores, de modo que estar solo equivalía a una alta probabilidad de acabar muerto de hambre o siendo devorado.

Aunque si bien nuestra parte animal sigue pensando que “estar en manada” es la manera más segura y efectiva de hacer frente a la vida —tampoco es que esté en total desacuerdo con ello: ¿quién puede despreciar los abrazos, el calor humano y las caricias de otras personas que nos quieren?—, es un hecho que ya no vivimos en las cavernas y que la mayoría de nosotros no se dedica a la cacería ni está a merced de animales depredadores. Así, ya no es forzoso apegarse a la compañía de otros aunque ésta sea nociva o nos traiga más problemas que satisfacciones, sólo porque no podemos evitar seguir reaccionando como cuando había que matar mamuts y, ni modo, teníamos que quedarnos con la tribu.

Sin distracciones

Y no es que sea misántropo, que te exhorte a evitar a la gente o que esté invitándote a cortar todas tus relaciones, volverte ermitaño y aislarte del mundo. Lo que quiero decir va en otro sentido: aprender a apreciar tu propia compañía, pues esa es la clave de la capacidad de estar contigo mismo. Yo sé bien lo que es ser presa de tu propia voz crítica, rehén de tus ideas recurrentes y víctima del silencio que parece sofocarte cuando no has aprendido a nadar en él; y, también, de cómo todo eso puede canjearse por cierta serenidad interna cuando logras silenciar a esos intrusos y sustituyes sus voces con otras que agradecen, observan, están atentas o, simplemente, te permiten estar en paz.

No es un trabajo sencillo; de hecho, es uno que dura toda la vida. Pero, tomando en cuenta que somos el único ser vivo que nos acompañará en todo momento, desde que nacimos hasta que expiremos, e incluso mientras dormimos… creo que es mejor empezar a tratarlo bien y apreciar su compañía.

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