
Hace poco leí un artículo sobre la relación entre creatividad y música, el cual citaba un estudio cuyo hallazgo central era que la música “alegre” estimula el pensamiento creativo. No soy quién para cuestionar un trabajo de investigación científica que de seguro fue llevado a cabo con rigor metodológico, pero debo confesar que la conclusión me generó algo de desconfianza. Tal vez sea mi vena “sospechosista”, pero en general creo que este tipo de afirmaciones se deslizan peligrosamente hacia la simplificación excesiva.
En lo personal, reconozco que la música tiene un efecto poderoso en mí y que por lo general la uso para poder concentrarme, pues unos audífonos y un buen volumen me ayudan a aislarme del mundo y sus distracciones, y son como mi salvavidas en medio del ruido cotidiano —sobre todo en mi espacio de trabajo, donde es común que un compañero de atención al cliente negocie a viva voz por la vía telefónica—; sin embargo, sé bien que la concentración y la creatividad no son lo mismo.
Entones, la pregunta que nos lleva al tema central de este artículo es: ¿en verdad estímulos externos como la música alegre nos hacen más creativos? ¿O, más bien, es al revés: la creatividad es la que convierte recursos como la música, la pintura, la danza o la literatura en “bloques” con los que construimos ideas innovadoras? Si lo pensamos con cuidado, suena más lógico que lo esencial no sea la naturaleza del estímulo sonoro, sino la materia prima que la música —o cualquier otra manifestación de arte— encuentra en el ser humano que la percibe.

La música, sin duda, puede ser material inspirador y detonador de sensaciones; no obstante, el resultado de lo que hagamos con ella es otro cantar. Para mí, los estímulos externos son incapaces de despertar en nosotros el genio creativo que, supuestamente, todos llevamos dentro; en cambio, creo que el acto creativo responde más a lo que uno aporta, tomando como base recursos externos. Por eso, la idea de que “la música alegre estimula la creatividad” me resulta reduccionista: es como decir que tener ladrillos te hace arquitecto.
Por otro lado, también pongo en duda la noción de que cierto tipo de música es inherentemente más favorable a la creatividad que otras, o que produzca un efecto superior en la imaginación. Siguiendo la lógica del estudio, escuchar a Maluma debería volvernos más creativos que oír a Radiohead, dado que el reguetón, por sus progresiones armónicas y rítmicas, es más “luminoso” y “alegre” que el art rock melancólico y complejo de los ingleses.
Si analizamos la historia de la cultura, nos daremos cuenta de que vivimos en una época en la que la accesibilidad a la música es mayor que en cualquier otro momento de la historia. Hoy, con cualquier dispositivo móvil podemos escuchar desde cantos gregorianos del siglo XII hasta lo último del K-Pop, pasando por el jazz, el rock progresivo o la experimentación electrónica; pero, a pesar de tal abundancia de recursos musicales, basta con dar un vistazo al contenido que se comparte en plataformas como YouTube para darnos cuenta de que no existe mucha diferencia entre eso y echar un ojo a un cerro de chatarra.
Por supuesto, hay creadores que generan contenido relevante, pero la mayor parte responde más a la lógica de la repetición, al entretenimiento instantáneo o a la búsqueda de popularidad rápida que a la innovación genuina. En contraste, durante el Renacimiento o el Siglo de las Luces, cuando el acceso a la música estaba restringido a eventos aislados y a minorías privilegiadas, surgieron ideas, obras y paradigmas que cultural, intelectual y científicamente siguen moldeando nuestro mundo.
Para mí, todo puede influir indirectamente en la creatividad en tanto que el creativo se encuentre en un estado mental propicio, pero es un error pensar que la relación es automática y universal. Muchísimas personas encuentran inspiración en lo melancólico, lo disonante o lo sombrío, mientas que otras necesitan del silencio para que sus ideas se organicen. El proceso creativo es personal, profundamente subjetivo y no puede reducirse a fórmulas únicas.

Antes de concluir con esta reflexión, quiero hacer una recomendación musical para aquellos lectores cuyo motor de vida sea la creatividad: se trata del new age, un género que surgió con fuerza en la década de 1980 y que puede definirse como una fusión sólida y coherente que combina elementos de la electrónica, la música sinfónica y coral, el jazz, el rock progresivo, la world music y hasta el pop. En lo personal, esta música —aunque no es precisamente “alegre”— me resulta idónea para acompañar mis procesos creativos y me ha servido de inspiración al escribir episodios y capítulos para mis textos. Aquí mis cinco artistas favoritos:
- Vangelis. Este tecladista de origen griego es uno de los referente obligados del new age y un reconocido compositor de soundtracks inolvidables, como los de Carros de fuego y Blade Runner. Para que tengas un buen panorama de su música, te recomiendo la recopilación Reprise 1990-1999 (1999).
- Kitarō. Uno de los grandes del new age japonés, cuyas obras alimentan la imaginación con sus atmósferas etéreas. En particular, te recomiendo el álbum Dream (1992), que cuenta con la participación Jon Anderson, ex vocalista de la emblemática banda de rock progresivo Yes.
- Enya. Esta irlandesa es la voz más reconocible del género y una de las intérpretes con mayores ventas, además de que aportó dos temas para la banda sonora de La comunidad del anillo de Peter Jackson. Para que goces de sus grandes éxitos, la mejor opción es la recopilación The Very Best (2009).
- Enigma. La clave de su éxito fue combinar la sacra solemnidad de los cantos gregorianos con la sensualidad de los ritmos contemporáneos. Su mejor álbum, sin duda, es MCMXC a.D. (1990)
- Mannheim Steamroller. Una agrupación pionera del género; aunque todos sus discos son excelentes, te sugiero iniciar con Fresh Aire VI (1986).
- Yanni. Aunque a muchos les puede resultar excesivamente comercial, nadie puede negar la calidad de sus producciones; si te animas a escucharlo, puedes empezar con su álbum Live at the Acropolis (1994).
Al final del día, creo que no deberíamos decir que “la música estimula la creatividad”, sino más bien que la creatividad tiene una música y depende de nosotros escucharla. El estímulo externo puede ser incluso ruido inútil, pero siempre que estemos atentos a la sinfonía de la creatividad, ella seguirá susurrándonos al oído y guiándonos en nuestros proyectos.



