
Si estás en contacto con el mundo de la psicología, el desarrollo humano, la espiritualidad y la autoayuda, seguramente habrás leído alguna vez que, para ser felices y exitosos, debemos primero construir, generar o cultivar una autoestima sana. Pero, si ahondas en el tema, te darás cuenta de que casi en ningún lado te dicen qué hacer o cómo empezar ese proceso cuando el amor propio no brota de manera espontánea. O sea, si es bien sabido que “en el corazón no se manda”, ¿cómo podemos provocar, engendrar o motivar en nosotros este sentimiento de amor por uno mismo?
He de confesar que durante años he buscado la respuesta a la pregunta que acabo de formular. Cada vez que estaba en análisis, en terapia o realizando un trabajo de crecimiento personal, y surgía el tema de la autoestima, me daba cuenta de que, si bien entendía a nivel racional su importancia en la estabilidad emocional y en la percepción de satisfacción con la vida, me era imposible “encender la llama” del amor propio. Un poco como cuando buscas pareja y conoces a alguien agradable, amable, de buenos modales, con interés en ti y que te trata bien… pero por alguna razón no hay mariposas en el estómago.

Ojo: al referirme a la autoestima, es importante no confundir esta noción con el egocentrismo —la exagerada preocupación por la propia importancia—, con el narcisismo —que se resume como un sentido de superioridad, de grandiosidad y de falta de empatía hacia los demás— o con la vanidad —definida como arrogancia, presunción o engreimiento excesivo—, ya que estas tres patologías implican la noción de ser “el centro del mundo” o mejor que los demás, así como una exacerbada necesidad de validación externa; por eso las incesantes selfies no son signos de amor propio o de autoaceptación… sino todo lo contrario.
La autoestima real es, en resumen, amor adulto por ti misma o ti mismo. La clave es que esta clase de amor no se limita al ámbito de las los sentimientos ni se parece a los espejismos, idealizaciones y exabruptos del amor romántico; en cambio, es más similar al amor profundo y desinteresado que los padres y las madres sentimos por nuestros hijos: una combinación de emoción profunda, aceptación total y compromiso de por vida que se traduce en palabras, acciones, omisiones y el deseo perdurable de que sean felices y de que no sufran.
Al escribir lo anterior, vuelvo a ver con claridad que ese era uno de mis puntos flacos. Debido a las circunstancias de mi infancia temprana, crecí en un entorno familiar donde el amor materno tenía que ganarse con obediencia, excelentes calificaciones y buena conducta, y cualquier desviación de esta norma se castigaba con reprimendas, amenazas y frialdad emocional. No culpo a mi madre, pues su intención era hacerme “un hombre de bien”; pero creo que debido ese amor condicionado me convencí de que solo las personas dignas, virtuosas o destacadas son dignas de ser amadas.
Ya te imaginarás los problemas que eso ha traído a mis relaciones. Pero quizá la peor secuela ha sido la manera en que me juzgo a mí mismo: en este afán de la excelencia, a menudo termino concluyendo que no soy lo suficientemente digno, virtuoso o destacado como para ser amado, ni siquiera por mí. Es como si una mitad de mí tratara de obtener amor de la otra mitad, y esa otra mitad estuviera todo el tiempo haciéndose la inalcanzable y “subiendo el listón” con exigencias tan desorbitadas como las que imponía mi madre.

Entonces, ¿cómo se le hace para desarrollar una autoestima sana? Tratando de cultivar en ti —y hacia ti mismo— eso que dijimos líneas arriba: una emoción profunda, una aceptación total y un compromiso de por vida que se traduce en palabras, acciones, omisiones y el deseo perdurable de que seas feliz y no sufras. Y una manera de hacerlo es a través de una simple meditación de amor bondadoso hacia tu “yo del futuro”.
Para hacerla, siéntate cómodo en un lugar donde no haya ruido ni interrupciones. Con la espalda erguida, cierra los ojos y empieza a respirar profundo y lento, llevando el aire hasta el abdomen. Ya que hayas relajado tu cuerpo y tu mente, detalladamente imagínate a ti mismo dentro de un año: tu cara, tu cuerpo, tus anhelos y tu vida; entonces, asume el compromiso de ser el mejor aliado de ese “yo del futuro” y de hacer todo cuanto esté a tu alcance para que sea feliz, libre, realizado y viva en paz y armonía con el mundo y sus semejantes.
Enseguida, repite la visualización de tu yo dentro de dos años, de cinco y de diez años en el futuro. Entonces, viene la parte más fuerte: te imaginas a ti mismo en tus últimos momentos; ves y sientes tu cuerpo envejecido, tus canas, tus arrugas, tu cansancio y, quizá, tu miedo y tu dolor previo a la muerte. Finalmente, visualizas cómo te vuelves un ser hecho de luz que poco a poco se expande hasta fundirse con toda la energía del universo. En mi caso, cada vez que llego a esta imagen mental, termino con gruesas lágrimas surcándome el rostro.

¿Y por qué hay que irnos hacia el futuro para sentir amor por nosotros mismos en el presente? No lo tengo muy claro, pero me parece que es porque de este modo desactivamos los mecanismos de exigencia, crítica y juicio que ejercemos hacia nuestra autoimagen, que no es sino la representación mental, física y emocional que tenemos de nosotros mismos. Al vernos envejeciendo y muriendo —algo que casi nunca contemplamos, pero inexorablemente sucederá—, por fin sentimos empatía y dejamos de mirarnos como alguien a quien “hay que exigirle para que sea exitoso” y empezamos a cultivar un cariño sin condiciones por ese viejito o esa ancianita que vamos a ser.
Así como a los hijos les deseamos que sean felices y les vaya bien, y hacemos cuanto está a nuestro alcance —con palabras, acciones y omisiones— para que así sea, del mismo modo prometemos a hacer lo conducente para que ese señor, esa ancianita y esos enfermos terminales —que no son sino nosotros mismos— tengan una vida plena, sana, libre, satisfactoria y llena de amor. Y es como si esa imagen y ese compromiso fueran semillas que dejamos en nuestro interior y, al germinar, de esa perspectiva de la muerte surgieran emociones más positivas y mejores decisiones.
Entonces, no hay que “ser mejores”, hacer más y lograr metas más altas para sentirnos dignos y así empezar a sentir autoestima, sino al revés: al sentir amor por nosotros mismos y genuinamente desear nuestro bienestar, empezamos a ser mejores, a hacer más y a lograr metas más altas, no en el sentido material o del consumismo, sino desde la óptica de la trascendencia y la autorrealización. Y eso, en este mundo marcado por la meritocracia y la ostentación, es una idea radical…



