
El pasado 10 de septiembre se estrenó en Netflix una de las teleseries mexicanas más esperadas del 2025: Las muertas, dirigida por Luis Estrada y basada en la novela homónima de Jorge Ibargüengoitia, que a su vez se inspira en la macabra historia de “Las Poquianchis”: cuatro hermanas de apellido González Valenzuela, que entre 1945 a 1964 raptaron, prostituyeron y asesinaron a más de cien mujeres, principalmente en San Francisco del Rincón, Guanajuato.

Además de una excelente producción, algo que podemos esperar de esta serie es que despierte el interés por uno de los mejores escritores de México, cuya obra está cargada de una ironía y de un humor negro como pocas veces visto en las letras de este país. Y ahora que Las muertas ya está disponible en la plataforma, es el momento perfecto para leer sobre la vida y obra de Jorge Ibargüengoitia, que siempre supo contemplar el lado absurdo de la realidad.
Los relámpagos de agosto: su vida
Esta historia inicia con un destacado militar mexicano llamado Florencio Antillón, quien fue gobernador del estado de Guanajuato, reconocido por Juárez, y en 1928, tuvo un bisnieto que recibió el nombre de Jorge Ibargüengoitia Antillón. En un artículo de la revista Vuelta que hoy es una cita obligatoria, el autor sintetizó su infancia en un párrafo cargado de ironía: “Nací en 1928 en Guanajuato, una ciudad de provincia que era entonces casi un fantasma. Mi padre y mi madre duraron veinte años de novios y dos de casados. Cuando mi padre murió yo tenía ocho meses y no lo recuerdo. Por las fotos deduzco que de él heredé las ojeras”.
Después, Jorge se mudó a la Ciudad de México y le sucedió lo mismo que a miles de escritores: por presión de su familia, ingresó a la Facultad de Ingeniería de la UNAM, pero al poco tiempo la dejó, pue su verdadera pasión eran las letras. Comenzó a escribir obras de teatro y fue discípulo de Rodolfo Usigli; después incursionó en la prosa con artículos, cuentos y novelas.

Luego se recibió como Maestro en Letras especializado en arte dramático, y su obra El atentado le haría merecedor al premio Casa de las Américas; ya desde entonces, uno de sus temas recurrentes fue la Revolución Mexicana, pero con un enfoque satírico. Se casó con la pintora británica nacionalizada mexicana, Joy Laville, y llegó a ser uno de los escritores más importantes de México; aunque en aquellos años había autores mexicanos en verdad brillantes, el humor y la sátira eran dos enfoques que hacían única su escritura.
Ibargüengoitia desmitificaba y señalaba burlonamente todo lo solemne hasta en entrevistas para la TV. En una ocasión, le preguntaron si se había metido en problemas por escribir con humor acerca de la Revolución —un tema casi sagrado en aquellos años del priísimo—, sin victimizarse y sin actitudes mesiánicas, replicó: “Sí, supongo que tengo enemigos en algunos lados. Pero pues ni modo, ¿no?”
Uno de sus artículos más recordados fue cuando el importante intelectual mexicano Salvador Novo solicitó al entonces regente del Distrito Federal que quitara una palmera en Coyoacán porque resultaba “antiestética”, e Ibargüengoitia respondió que él también consideraba a Novo bastante antiestético, pero no por eso lo iba a agarrar a hachazos.
La exitosa carrera literaria de Jorge se vio truncada el 27 de noviembre de 1983, cuando decidió viajar al Encuentro de Cultura Hispanoamericana en Bogotá a bordo del vuelo 011 de Avianca, el cual hacía escala en Madrid y, por errores de navegación, terminó estrellándose en Mejorada del Campo, España, cerca del aeropuerto de Barajas. Sus restos fueron llevados a México y hoy en día quien viaja a la ciudad de Guanajuato y visita el parque Florencio Antillón puede ver una placa que dice: “Aquí descansa Jorge Ibargüengoitia, en el parque de su bisabuelo, que luchó contra los franceses”.

La ley de Herodes: su obra
Un dicho de la sabiduría popular mexicana dice: “Aquí es la ley de Herodes: o te chingas o te jodes”. Ese es el título del libro de cuentos más famoso del autor que ahora nos ocupa y, también, de una famosa película de Luis Estrada —el mismo que adaptó y dirige Las muertas—, aunque su trama no tiene ninguna relación con la obra de Ibargüengoitia.
Haciendo un recuento de la obra del guanajuatense, la primera novela publicada de Ibargüengoitia fue Los relámpagos de agosto (1963), una sátira de las novelas de la Revolución que inicia con el entierro de un importante caudillo, en el que todos los personajes buscan la forma de robarle el reloj al muerto. Le siguió Maten al león (1969), una novela que se ubica en la ficticia isla de Arepa, donde un dictador planea su reelección vitalicia —un tema más vigente que nunca.
Su natal Guanajuato ocupó un lugar importante en su narrativa y esto queda claro en una de sus novelas más importantes, divertidas y recordadas: Estas ruinas que ves (1975), donde realiza una crítica demoledora a la idiosincrasia de su estado, recreando y rebautizando muchas ciudades; la capital del estado se convierte en “Cuévano”, mientras que León se llama “Pedrones”; desde las primeras líneas, el auotr advierte que mientras en Cuévano dicen que “modestia aparte, somos la Atenas de por aquí”, en Pedrones “confunden lo grandioso con lo grandote”.
Y así, llegamos a Las muertas (1977), donde mezcla la crónica periodística, con el humor y la ficción novelística al recrear el caso de “Las Poquianchis”, aquí rebautizadas como Arcángela y Serafina Baladro; sobra decir que el humor negro y políticamente incorrecto fluyen de cada una de sus páginas. Además, no podemos dejar de mencionar Dos crímenes (1979), una de sus obras más representativas, y Los pasos de López (1982), una versión novelada de la Independencia.

Además de su obra literaria, Ibargüengotia también gozó de gran popularidad como periodista: publicó artículos de opinión en el periódico Excélsior y en las revistas Vuelta y Proceso, que después fueron compilados en libros como Instrucciones para vivir en México. En general, su obra nos muestra una literatura distinta, fresca, insuperable, escrita por un hombre que nunca pretendió ser un prócer de las letras y que, en sus propias palabras, afirmó: “Si no voy a cambiar al mundo, cuando menos quiero demostrar que no todo aquí es drama”.



