
Cuando pensamos en las ideas que revolucionan nuestra cotidianidad, a menudo creemos que son chispazos de inspiración que brotan de forma súbita y espontánea, como si un día los genios despertaran con algo completamente nuevo entre las manos. Pero cuando analizamos a fondo la historia de cómo surgen muchas invenciones e innovaciones, lo que aparece no es un salto, sino una continuidad: una especie de lógica silenciosa en la que —viendo el panorama en retrospectiva— cada paso en la evolución pareciera inevitable.
Inventos como la imprenta, el automóvil o la computadora estaban, de algún modo, ya insinuados en su contexto, como esperando a que alguien conectara los puntos correctos. Pero no hablamos de cualquier punto —ni de cualquier momento—, sino solo de aquellos que estaban lo suficientemente cerca como para tocarse. Ese borde sutil donde lo nuevo empieza a tomar forma sin desprenderse totalmente de lo anterior tiene nombre: lo adyacente posible.

¿Qué es lo adyacente posible?
Esta teoría —adjacent possible theory, en inglés— proviene de la biología y fue formulada por el teórico Stuart Kauffman, quien intentaba explicar cómo evoluciona la vida sin recurrir a saltos improbables. En ese terreno, las transformaciones no ocurren solo porque sí, sino porque se reúnen ciertas condiciones que lo permiten o lo precipitan: por ejemplo, una molécula no se combina con otra por milagro o capricho, sino porque entre ellas existe cercanía, compatibilidad y continuidad. Entonces, la evolución avanza, pero lo hace explorando paso a paso lo primero que tiene al alcance.
Con el tiempo, esta idea encontró su camino hacia la creatividad y la innovación. En su libro Where Good Ideas Come From,[1] el autor de divulgación científica Steven Johnson retoma la noción para explicar por qué los inventos rara vez aparecen de forma aislada y tienen lugar mediante la combinación de nociones y soluciones disponibles de inmediato. Cada avance en ese sentido abre un espacio nuevo que no estaba disponible, y dentro de ese espacio empiezan a volverse posibles innovaciones que hasta ese momento simplemente no podían existir por falta de contexto y de las condiciones necesarias.

Así las cosas, la creatividad y la innovación son como una casa llena de habitaciones: si bien teóricamente puedes ir hacia donde quieras en ella, no puedes atravesar paredes para aparecer en cuartos lejanos; solo es posible abrir las puertas contiguas a la habitación donde te encuentras. Pero cada vez que cruzas una puerta, el mapa cambia: aparecen nuevas puertas, pasillos, ventanas, conexiones y posibilidades que antes no estaban a la vista.
Analicemos, desde esa perspectiva, el caso de la imprenta. Gutenberg no inventó nada desde cero; en cambio, combinó piezas que ya estaban circulando: los tipos móviles, las tintas y el papel inventados siglos antes en China; las prensas con tornillos que conoció durante su incursión en el mundo de la vinicultura; y la disposición de textos en columnas, con uso de imágenes y letras capitulares, de los manuscritos iluminados de la Edad Media. Su genialidad no fue la invención pura, sino hallar una forma eficiente de ensamblar el conjunto.
Algo similar, pero en sentido inverso, ocurrió con la computadora. En el capítulo de su libro dedicado a lo adyacente posible, Steven Johnson describe cómo Charles Babbage y Ada Lovelace tenían listo desde 1837 el diseño de la precursora del ordenador programable, la máquina analítica; pero sin un flujo de electricidad disponible y sin transistores, la fabulosa invención no tuvo dónde apoyarse y terminó siendo inviable.

Prototipo de la máquina analítica de Charles Babbage.
Aplicaciones en la inspiración
En el terreno práctico, lo adyacente posible puede modificar la forma en que encaramos nuestros procesos creativos, pues con frecuencia hay frustración cuando queremos producir una idea que todavía no es accesible desde donde estamos. Volviendo a la analogía de la casa, es como intentar abrir una puerta que está a seis cuartos de distancia de donde estamos; en ese intento, se nos escapa lo que sí está disponible: algo que podríamos “mover un poco más allá” para acercarnos paso a paso a la innovación que buscamos.
Un proyecto creativo no siempre necesita una idea por completo nueva; a veces basta con tomar dos referencias existentes —un estilo, un formato, un tema— y ver qué pasa al cruzarlas. Es lo que ocurre cuando alguien mezcla dos géneros musicales disímbolos, cuando adaptas una herramienta de una industria a otra —como Gutenberg y sus prensas—, o cuando colocamos la misma invención en un contexto distinto.
El mismo concepto aplica también en nuestra vida personal: aprender algo nuevo, adoptar un hábito provechoso o consolidar un proyecto rara vez sucede a través de un cambio radical. En contraste, son los pequeños ajustes y las variantes posibles a la mano las que abren otra puerta, y después otra…
Ahí radica, según yo, lo más útil de esta idea: entender que no debemos intentar acceder a todo de golpe, sino desplazarnos paso a paso a través de lo que ya está disponible. Cada paso, por pequeño que parezca, resuelve algo inmediato y expande el terreno. Y en ese terreno en expansión, lo que hoy parece lejano deja de serlo porque abrimos el camino hasta hacerlo alcanzable. ¿Se te ocurre alguna idea en la que puedas aplicar hoy lo adyacente posible?


[1] Steven Johnson, Where Good Ideas Come From: The Natural History of Innovation. Riverside Books, Estados Unidos, 2010.miento del universo antes de desaparecer en su nave espacial. Y todo, sin separarse de su sombrero y su látigo.


