El mito de hacer lo que amas: cuando la pasión se vuelve prisión

El mito de hacer lo que amas: cuando la pasión se vuelve prisión
Julio Báez

Julio Báez

Durante décadas nos han vendido una idea seductora: encuentra tu pasión, dedícate a eso y serás feliz. Está en los discursos motivacionales, en las redes sociales y, principalmente, en las historias de éxito de los multimillonarios. Parece una fórmula perfecta, como si la felicidad estuviera escondida detrás de una puerta que dice “Haz lo que amas y realízate” y solo tuviéramos que encontrar la llave.

Pero la realidad suele ser más compleja que una frase impresa en una libreta bonita. Miles de personas consiguieron exactamente lo que soñaban y, aun así, siguen sintiéndose agotados, frustrados y preguntándose si en verdad hacer lo que aman sigue haciéndolos felices…

El sueño consigue empleo

Existe una gran diferencia entre amar una actividad y depender económicamente de ella. Veámoslo así: cuando una pasión es un hobby, suele habitar en un espacio protegido: no hay clientes esperando resultados, no existen fechas de entrega y nadie exige informes, productividad o crecimiento constante. La actividad se realiza por placer, curiosidad o simple satisfacción personal; pero cuando esa misma actividad se convierte en profesión, las reglas cambian.

El hobby suele habitar en un espacio protegido

De pronto aparecen correos por responder, objetivos por cumplir, competidores, evaluaciones y facturas que pagar. Lo que antes era una elección comienza a parecerse a una obligación, no porque la actividad haya perdido valor, sino porque ahora cargas sobre tus hombros una responsabilidad que antes no existía. Así, muchos fotógrafos descubren que pasan más tiempo negociando presupuestos que tomando fotografías, escritores dedican más horas a promocionar sus textos que a escribirlos e incluso quienes logran vivir de aquello que aman suelen encontrarse realizando tareas que jamás imaginaron cuando comenzaron.

La trampa de la pasión

En psicología hay un fenómeno llamado la “trampa de la pasión”, el cual consiste en aceptar condiciones que normalmente consideraríamos poco saludables porque creemos que estamos haciendo algo especial. Hablamos de esa persona que se desvela todas las noches trabajando en su proyecto secreto, del creativo que acepta un salario bajo porque se trata de la empresa de sus sueños o del emprendedor que sacrifica su descanso, sus relaciones y su salud porque está convencido de que “su sueño” justifica cualquier sacrificio.

Lo que nos inspira puede convertirse en la razón por la que nos exigimos más allá de nuestros límites. En el sectores creativo y cultural esto ocurre con frecuencia: se espera que la pasión compense la falta de recursos, el exceso de trabajo o la incertidumbre constante, como si disfrutar de una actividad automáticamente eliminara el cansancio que esta produce. Disfrutar lo que hacemos no nos vuelve inmunes al agotamiento; de hecho, a veces es al revés.

Se espera que la pasión compense falta de recursos, exceso de trabajo o incertidumbre constante

Cuando el trabajo se convierte en identidad

Uno de los mayores riesgos de hacer lo que amamos es que dejamos de distinguir nuestra actividad de nuestra persona. Si alguien pregunta quiénes somos, rara vez respondemos refiriéndonos a nuestra banda favorita, a nuestros valores o a lo que nos hace reír. Normalmente nos describimos a nosotros mismos a partir de nuestra profesión, con frases como: “Soy escritor” o “Soy médico”.

Esto podrá parecer un acto sin importancia, pero tiene consecuencias profundas. Cuando tu identidad se fusiona por completo con tu trabajo, cualquier tropiezo profesional se siente como un fracaso personal. Si el proyecto no funciona, sentimos que nosotros no funcionamos. La pasión que inicialmente era una fuente de libertad comienza a comportarse como una jaula invisible.

El caso de los hobbies que dejan de ser hobbies

Durante años, la psicología ha estudiado el “efecto de sobrejustificación” que se presenta cuando una actividad que disfrutamos por sí misma comienza a estar asociada con recompensas externas como el dinero, el reconocimiento o el prestigio. El resultado puede ser interesante: la actividad sigue siendo agradable, pero ya no de la misma manera.

Pensemos en alguien que dibuja por diversión y que lo hace durante años porque le gusta experimentar, equivocarse y descubrir cosas nuevas. Después, alguien le propone vender sus ilustraciones; el sujeto tiene éxito y poco a poco empiezan a aparecer clientes, encargos, revisiones, fechas de entrega y exigencias. Sin darse cuenta, comienza a dibujar menos por placer y más por obligación.

Esto no significa que monetizar una pasión sea algo negativo, sino que convertir tu pasión en trabajo modifica irreversiblemente la relación que tienes con ella. Comprender esa diferencia te puede evitar muchas frustraciones.

Sin darte cuenta, comienzas a dibujar menos por placer y más por obligación

¿Y si no necesitas amar tu trabajo?

Tal vez no todas las personas necesitan convertir su pasión en profesión. Quizá para otras es suficiente un trabajo estable que les permite realizar actividades que aman fuera del horario laboral y hallar su propósito de vida: en la familia, las amistades, el arte, el aprendizaje, el deporte o las comunidades a las que pertenecen.

Hay estudios que señalan que el bienestar suele relacionarse con factores como autonomía, sentido de competencia y relaciones humanas significativas. Curiosamente, ninguno de esos elementos depende de trabajar exclusivamente en nuestra pasión. A veces lo que hace feliz a una persona no es amar cada minuto de su empleo, sino tener una vida equilibrada donde existan espacio, tiempo y energía para aquello que realmente importa.

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