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Los mercados de pulgas y las librerías de viejo

Los mercados de pulgas y las librerías de viejo
Diego de Ybarra

Diego de Ybarra

Inspiración

Todo empieza con la nostalgia de lo que no se vivió. Nunca estamos felices viviendo nuestro tiempo. Unos menos que otros, claro. Hay quien se conforma con lo que le toca, con los objetos de su época y con los triques de sus días; quien se entusiasma con los avances de la tecnología, los gadgets y los artilugios postmodernistas. Eso está muy bien. Pero siempre habrá quien quiera escarbar en el pasado para buscar objetos que le hagan sentir que puede revivir una época que siempre parece haber sido más alegre. Y ante esa necesidad humana surgen espacios para la venta de cachivaches y libros viejos.

Librerías de viejo

Libros “de viejo”, perdón. No es mi afán ofender a nadie. Y no podría hacerlo. Yo mismo soy un asiduo de las librerías donde puedo encontrar libros antiguos —que tengan más de cien años de haber sido publicados, parece que es el parámetro para que el apelativo les aplique— o libros que simplemente resulta ya imposible encontrar en tiendas convencionales. Hay un ángel redentor del libro viejo en la Ciudad de México. Se llama Max Ramos.

Max Ramos empezó con una necesidad casi patológica por rescatar libros que la gente abandonaba a la intemperie. De tanto rescatar bártulos dejados a su suerte, pronto se encontró viviendo como invasor en un departamento cuyos muros y camas estaban conformados por hojas y hojas que olían a naftalina, a humedad y a palabras olvidadas. El rescate del libro viejo se convirtió en su pasión. Hoy, Max Ramos tiene tres librerías en la ciudad —la Jorge Cuesta, en la calle de Liverpool; El Hallazgo, en avenida Mazatlán, y El Burroculto, en un lugar secreto de la colonia Roma—, amén de una inmensa bodega, laberíntico espacio que resguarda alteros y alteros de libros surgidos de cualquier parte y de todos los mundos.

Librería "de viejo"

El libro se convierte en un objeto de culto. Un futuro padrino, hace unos días, compró una enciclopedia antigua para obsequiársela a quien pronto nacería. Los padres del que no tardaba en asomarse al mundo se rieron de la ocurrencia: ¿qué haría un niño de nuestros tiempos con libros de consulta cuando en el celular, en cosa de segundos, se accede a todo el conocimiento que hace falta? Pues es verdad. Quizá las enciclopedias físicas hayan perdido su valor como documentos informativos. Pero han tomado uno nuevo: el valor del objeto de deseo. Y es aquí donde los ávidos bibliófilos encuentran su pasión.

Mercados de pulgas

Vuelvo a los cachivaches. La historia es fetichista, aunque no tenga por qué ser dañina o supersticiosa. Se trata de una —a veces— obsesión por la posesión del objeto que en principio, así como los libros conforme pasa el tiempo, pueden carecer de utilidad. Vaya, que muchos la tienen, por supuesto: un escritorio antiguo puede ser utilizado perfectamente —yo escribo esto en una computadora que reposa sobre uno, de cedro, que antes tenía polilla y que yo tuve que curar—; mi amigo el fotógrafo redacta los certificados de autenticidad de sus obras en una máquina de escribir Remington que ya había pasado de moda treinta años antes de que él naciera; un hombre avaro que no confía en los bancos, y vive en Saltillo, guarda su dinero en una caja fuerte que un hacendado mandó hacer a Boston antes de que estallara la Revolución Mexicana; y una familia entera que cuenta entre sus miembros incluso a niños, se sirve de comer todos los días en una vajilla de porcelana de Sèvres que ya se ha empezado a desportillar.

Pero el asunto no es ese. La utilidad de los objetos que se consiguen en los mercados de pulgas es cosa que no interesa, a priori, a quien se constituye religiosamente —todos los sábados, por ejemplo— en los distintos espacios que hay para esos efectos en casi toda gran ciudad.

En la Ciudad de México —para hablar de lo inmediato, de lo que a mí me atañe, de lo que yo conozco— hay buena cantidad de mercados de pulgas. El más famoso es La Lagunilla, por supuesto. Ese lleva ahí mucho tiempo, yo no recuerdo cuánto. En La Lagunilla, los domingos la gente se pasea entre tenderetes improvisados para ver si se compra un baúl que alguna señora usó para viajar a Europa con vestidos y sombreros, o un albardón ya inutilizable que alguna vez le puso peso a algún caballo del Hipódromo, o una colección de candados oxidados que ya no se pueden abrir, o —si uno tiene suerte y buen ojo— algún exvoto original pintado por una mano que nunca antes de ocurrido el milagro que pensaba retratar había cogido un pincel. Pero también se venden cosas menos anacrónicas: ropa, lentes de sol, discos de música contemporánea —pirata, claro—, enseres, pósters y muebles.

Puesto en "mercado de pulgas"

Otros mercados más chicos se ponen en diversas latitudes. Hay uno que se pone frente a la avenida Cuauhtémoc, frente al parque Pushkin, del lado de la colonia Doctores. Ahí uno encuentra, entre otras cosas, plumas viejas, relojes descompuestos, discos de vinilo, retratos mal pintados, sillas astilladas y lámparas sin focos.

Hay mercados establecidos, también. La Plaza del Ángel, entre las calles juareñas de Londres y Hamburgo, es un centro de antigüedades con más de cuarenta tiendas establecidas. Entre estas tiendas hay muchas que son muy serias y que venden antigüedades de gran valor, ya no sólo cualquier tipo de tiliche empolvado: pintura religiosa del XVIII, retratos decimonónicos de buena calidad técnica, pianos alemanes y neoyorquinos, bargueños españoles, marfiles hispano-filipinos, candelabros de plata peruana y piezas de talavera de Puebla. Los sábados llegan, también, tradicionalmente, individuos que extienden mantas en el suelo y ofrecen a la vez sus cosas: libros, retratos, platos, ceniceros, teléfonos viejos y hasta objetos que tan en desuso están que sus propios dueños son incapaces de explicar a quien les pregunte para qué diablos servían.

Todo empieza con la nostalgia de lo que no se vivió. De aquello que no se vivió y a lo que, mundanos como somos, nos queremos aferrar sin plenamente conocer. Sólo accediendo a los objetos que vivieron antes que nosotros —y que seguramente seguirán viviendo cuando nosotros nos hayamos vuelto polvo— podemos, de alguna forma, acercarnos a un pasado, algunas veces muy remoto, que nos causa una curiosidad inmensa que no logramos entender. Los objetos, con su propia vida, nos dejan por momentos vivir la romántica experiencia de existir a través de las generaciones.

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