
Estoy seguro de que a todos y todas nos ha pasado. En mi caso, me sucede con cierta frecuencia que, luego de estar devanándome los sesos durante horas frente al borrador de un guion, el boceto de una portada o el diseño de un logotipo, llega un momento en que me saturo, me bloqueo y caigo en un callejón sin salida. Frustrado, me levanto del asiento y decido darme una ducha para despejarme; y justo ahí, debajo del agradable rocío de agua caliente, ¡pum!, impestivamente llega a mí la solución precisa al problema que llevaba horas tratando de despejar… al estar enjabonándome la espalda.
¿Por qué esas epifanías ocurren cuando estamos tomando un baño? Al hacernos esta pregunta, es inevitable recordar la historia de Arquímedes, el célebre matemático y geómetra de la antigüedad que halló la solución a un problema hidráulico que parecía imposible mientras estaba en la tina y, preso del júbilo, así desnudo como estaba salió gritando su famoso: ¡Eureka! ¡Eureka! Pero puedo apostar que ni siquiera el genio de Siracusa podría explicar las propiedades del agua como detonadora de ideas.

Por fortuna, la neurociencia nos ofrece respuestas. Una de ellas radica en la “cantidad fija de atención” con la que trabaja tu cerebro en cada momento: este límite biológico explica por qué intentar realizar varias tareas a la vez —el famoso multitasking— reduce tu rendimiento cognitivo y, a menudo, conduce a errores. De igual modo, cuando la mente racional se enfoca en un problema, consume con rapidez gran parte de tu “ancho de banda” asignado; si, en cambio, dejas que la mente divague mientras realizas una tarea “sin sentido”, tus pensamientos inconscientes deambulan más allá de la actividad en cuestión y forman nuevas conexiones que a menudo brindan la solución que estabas buscando.
Al decir “sin sentido”, nos referimos a rutinas relativamente automáticas tales como conducir por la ruta de siempre, lavar los trastes, seguir tu rutina de ejercicios, hacer hiking en un cerro o, efectivamente, ducharte. Esas actividades solitarias nos permiten desconectarnos del mundo exterior y se convierten en intervalos meditativos relajantes que nos abren a nuevas ideas y perspectivas.
Por otro lado, cuando nos encontramos en la ducha, el murmullo del agua estrellándose en el piso es como un “ruido blanco” que nos aísla y bloquea la estimulación externa. Al someternos a esa privación sensorial parcial, la energía que normalmente usamos para percibir el entorno se desvía al espacio que la mente usa para divagar; así, las ideas que se han estado incubando en segundo plano pueden aflorar a la conciencia y ayudarte a superar un estancamiento creativo. Eso tiene que ver con la acción de una porción cerebral llamada red neuronal por defecto, que es la encargada de las actividades “sin sentido” como las que describimos y, curiosamente, de la generación de nuevas ideas y conexiones creativas.

La falta de estimulación externa, además, puede conducirnos al famoso estado de “flow” —si no sabes qué es, te lo explicamos aquí—, en el que nos sumergimos profunda y distraídamente en una especie de contemplación interior, ajena a las exigencias de la productividad y la premura. Así, crear espacio mental y liberar la mente del pensamiento deliberado es una fuente comprobada de introspección creativa.
Además de las actividades descritas líneas arriba, otra manera de inducir este estado favorable para la creatividad y la inspiración es tomando caminatas sin un destino específico; o sea, “salir a dar la vuelta a la manzana”, como decían las abuelitas. Grandes escritores como Mark Twain y Virginia Woolf dan fe de los beneficios de estos paseos, en los que el cuerpo se desplaza y la mente viaja libremente por los recovecos del inconsciente.
Eso sí: para que funcione esta suerte de “inspiración de baño”, hay que cumplir con dos requisitos. El primero es que antes debemos pasar cierto tiempo e invertir energía en resolver el problema, pues nuestros intentos fallidos y las ideas que rumiamos son como semillas que florecen cuando, literalmente, las regamos con el agua de la regadera. El segundo es quizás más complicado: tienes que olvidarte del problema por completo y concentrarte en la rutina del baño, porque si sigues rumiando el asunto mientras das champú a tu melena, solo sucederá que ni te bañarás bien ni darás con ninguna solución creativa. ¿Lo intentamos?



