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¿Por qué soy vegetariano?

¿Por qué soy vegetariano?
Davo Valdés de la Campa

Davo Valdés de la Campa

Inspiración

Reconozco que existen vegetarianos fastidiosos, parecidos a los testigos de Jehová que, a toda costa, intentan convertirteo convencerte de que su estilo de vida es el único aceptable. Yo soy vegetariano, aunque pocas veces hablo del tema, pues me parece algo individual y sumamente íntimo.

He leído mucho sobre el vegetarianismo y sé que existen razones de peso para adoptar una dieta libre de productos de origen animal: la salud, la pobreza mundial, el sistema de distribución de alimentos, la contaminación que genera la industria cárnica, los derechos de los animales, la industrialización desmedida… Todas las anteriores son posturas válidas para mí. Sin embargo, por otro lado también creo que el vegetarianismo es insostenible —como casi todo— en este planeta sobrepoblado. Un crecimiento exponencial en el número de vegetarianos causaría problemas similares a los que sufrimos hoy en términos de destrucción, repartición desbalanceada y producción desproporcionada de alimentos; en otras palabras, si todos se volvieran vegetarianos, no habría suficiente comida y la tierra se erosionaría con mayor velocidad por la demanda, entre otras repercusiones ambientales. En resumen, no creo que el vegetarianismo sea la solución para salvar al planeta.

Entonces, ¿por qué soy vegetariano? Todo empezó con un documental —Earthlings (2005) de Shaun Monson—, que me regaló una chica hermosa durante un evento de Greenpeace. El documental llamó mi atención y decidí verlo porque en la portada decía que la narración había corrido a cargo de Joaquín Phoenix, y la música había sido compuesta por Moby —dos importantes activistas del vegetarianismo. En cinco segmentos, la película documenta cómo el hombre ha explotado a los animales a lo largo de la historia de distintas maneras: al consumir su carne, al realizar experimentos con ellos, al utilizar sus pieles, al someterlos a entrenamiento y al adoptarlos como mascotas. El objetivo de Earthlings es la denuncia de las actividades de explotación animal, a las cuales la mayor parte de la población está habituada.

El documental introduce dos conceptos interesantes; por un lado, el de los terrícolas: “Dado que todos habitamos la Tierra, todos somos considerados terrícolas. No hay sexismo, racismo ni especismo en el término terrícola y éste abarca a todos y cada uno de nosotros, de sangre caliente o fría, mamífero, vertebrado, ave, reptil, anfibio, pez o humano. Los humanos, por lo tanto, no siendo la única especie sobre el planeta, comparten este mundo con millones de otras criaturas, dado que todas evolucionamos aquí juntas”; y por otro, la polémica idea del especismo: “Somos los humanos quienes intentamos dominar la Tierra, a menudo tratando a otros seres como meros objetos; esto es lo que quiere decir especismo. Por analogía con el sexismo o el racismo, el especismo es un prejuicio o actitud favorable hacia los intereses de los miembros de la misma especie y contra los miembros de otras especies. Si un ser sufre, no existe justificación para no tener en consideración ese sufrimiento. No importa la naturaleza del ser. El principio de igualdad requiere que el sufrimiento de uno sea valorado de igual forma que el sufrimiento del otro. El racista viola el principio de igualdad al dar mayor peso a los intereses de los miembros de su propia raza, cuando hay un conflicto entre sus intereses y los de otra etnia. El sexista viola el principio de igualdad al favorecer los intereses de su propio sexo. Igualmente, el especista permite que los miembros de su misma especie sobrepasen los intereses de los miembros de otras especies. En cada caso, el patrón es el mismo”.

Mientras veía el documental, no pude dejar de llorar. Las imágenes eran extremadamente violentas, fuertes y conmovedoras. En especial, me impactaron dos escenas: en la primera de ellas, un hombre arroja a un perro vivo al camión de la basura, y éste lo tritura; en la segunda, se demuestra que todas las especies buscamos exactamente lo mismo —calor, compañía, alimento, bienestar— y que todas son propensas al dolor y al sufrimiento.

Para mí, el vegetarianismo es la suma de una serie de ideas en torno a la compasión. Al igual que Susan Sontag, creo que la literatura y el cine aumentaron mi capacidad de sentir empatía y respeto por otros seres vivos; en palabras de esta escritora y cineasta: “La compasiónes una emoción inestable. Necesita traducirse en accioneso se marchita”. Con esto en mente, decidí informarme sobre la dieta vegetariana y sus implicaciones. Una de las personas que más ha influido en mis ideas sobre este tema, así como en la práctica de las mismas, es Peter Singer, polémico autor del libro Liberación animal(1975);para el filósofo australiano, todo se reduce a un principio básico de igualdad que no implica un trato idéntico en términos de derecho, sino una igualdad al considerar a los seres humanos en relación con otras especies. Al hablar sobre la liberación animal, Singer argumenta que el vegetarianismo es una postura opuesta al proceso de opresión que sufren los animales para que los humanos tengamos comida en nuestra mesa, el cual se masifica con la industrialización: “Si queremos evitar formar parte de los opresores, hemos de replantearnos todas nuestras actitudes hacia otros grupos, incluyendo las más fundamentales. Debemos considerarlas desde el punto de vista de quienes sufren por ellas y por las situaciones que generan en la práctica. Si somos capaces de hacer este desacostumbrado giro mental, es posible que descubramos unas pautas de comportamiento que siempre beneficien al mismo grupo —habitualmente al que pertenecemos— a expensas de otro grupo. Entonces nos daremos cuenta de que hay motivos suficientes para un nuevo movimiento de liberación”.

Ser vegetariano es una postura ante la vida. No constituye la única forma de vivir, pero creo que es fundamental comprender el trasfondo de la industria cárnica, es decir, todo lo que ocurre con los animales antes de llegar a nuestra despensa. Informarnos quizá nos haga más sensibles ante la violencia y la tortura. Yo, como Marguerite Yourcenar, “me niego a digerir agonía”.

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