
Desde hace años, sufro insomnio casi todos los días y esto se ha agravado desde 2020, cuando los aciagos días del confinamiento pandémico trastocaron los ciclos y hábitos de mucha gente. Pero esto ha tenido un aspecto positivo: a menudo, en la vigilia, con el silencio y la penumbra de mi “hora insomne” —que se presenta entre las dos y las cuatro de la mañana— he llegado a conclusiones lúcidas sobre asuntos que me ocupan, pero a menudo dejo de lado por el trajín del día a día. Así, fue en uno de estos momentos que llegué a estas reflexiones para mejorar la relación con nuestro cuerpo que estoy por compartir contigo.
Primero, llama mi atención que digamos “mi cuerpo” como si este fuera una propiedad, o bien, como si la mente —o la consciencia— fueran el verdadero Yo y esta operara o habitara el organismo que nos ha llevado y traído toda la vida. Pero creo que no es que tengamos cuerpo, sino que somos cuerpo; es decir, que la corporalidad es una de las dimensiones del ser, junto con la mente y con el espíritu, si es que crees en él. Y quizá sea por esta idea de posesión más que de identificación, que con frecuencia nos relacionamos con el cuerpo de formas que resultan poco sanas y, a la larga, perjudiciales.

Para empezar, miramos nuestro cuerpo y podemos caer en una de dos tendencias: obsesionarnos con él y con su apariencia, o sentir rechazo y deseos de cambiarlo o mejorarlo. De ahí la incesante sucesión de selfies digitales, de filtros que alteran nuestro aspecto para que encaje con ciertos cánones estéticos, las horas en el gym, maquillándose o eligiendo atuendos: todo forma parte de esta suerte de narcisismo —o de repelús— por esta “cáscara” que nos contiene.
Luego, viene el uso que le damos al cuerpo: no pocas veces le exigimos despertar a una hora específica, realizar ciertas actividades productivas o supuestamente recreativas, y cumplir con estándares de rendimiento que nos imponemos a nosotros mismos. Y ni hablar de los regímenes asesinos para adelgazar o de la ingestión de incontables aditivos, estimulantes y relajantes que —según nosotros— nos permiten hacer frente a la vida contemporánea; hablo tanto de cafeína, nicotina, alcohol y analgésicos, como de saborizantes, colorantes y conservadores artificiales. El abuso en ambos sentidos, sí o sí y a veces no tan a la larga, pasarán una factura poco grata a nuestra salud.
Y hablando de salud, está la tercera fórmula en que nos relacionamos con el cuerpo: a través del dolor, de la molestia, del “achaque” —cefalea, gastritis, tinnitus, dolor de muelas, la “ciática” y un largo etcétera— o de la enfermedad, moderada o grave, real o inventada. Por último, también está el rol que tiene el cuerpo como una especie de “generador de placer”, ya sea cuando comemos, bebemos, nos tocamos, consumimos algunas sustancias —desde café hasta éxtasis, si le entras a ello— o tenemos actividad sexual. Y así pasan años en los que tomamos al cuerpo más como un vehículo, un estandarte, una herramienta, un problema o un parque de diversiones, que como parte integral de nuestro ser.

Todas esas ideas llegaron a mi cabeza en mi “hora insomne” de ayer y me pregunté cómo podría relacionarme con mi cuerpo de forma más sana y provechosa. Y la primera idea que tuve fue que es bueno darse un tiempo una vez al día para sentir el cuerpo; no para monitorear si tenemos el vientre inflamado por el pipián de la comida, para juzgar su falta de tono o percibir el impulso de un hábito placentero o adictivo, sino simplemente para contactar con él. Sin juicios, sin filtros, sin adjetivos; sin buenos ni malos, sin problemas ni soluciones: simplemente estar y sentir el cuerpo… que no es sino sentirte a ti mismo.
Enseguida, viene el contacto físico. Y no hablo de golpes, de masajes porque algo te duele, ni de estimulaciones que buscan generar sensaciones agradables, sino de tocar tu cuerpo en todas sus dimensiones, de nuevo sin juicios ni adjetivos: conocer tu piel, auscultar tu vientre, apretujar tus músculos para relajarlos o descontracturarlos, sentir tu esqueleto e imaginar que palpas tus órganos internos. Te aseguro que si lo haces sin distracciones encontrarás muchos puntos donde la tensión, la tristeza, las malas posturas y los hábitos de años han hecho mella en la función y la movilidad; cuando suceda, no hay que “poner tache” sino reconocer con gentileza esas sensaciones.
Por último —y esta noción llegó con las primeras luces de la mañana— está el reto del espejo: mirar nuestro rostro, nuestro cabello y el resto del cuerpo, con todas sus virtudes y sus imperfecciones… y aceptarlo sin reservas. Y no me refiero a la displicencia y al conformismo: tener objetivos de mejora que sumen a tu salud externa e interna no puede ser nocivo. Más bien hablo de una especie de tregua, de “hacer las paces” con lo que la lotería genética nos destinó y con el fruto de nuestras decisiones de toda una vida.
El remate es un poco más complicado, pero asequible: dejar de pensar tanto, de anhelar, de lamentar y de dar demasiadas vueltas a las cosas, y conectar a cada tanto con nuestra dimensión física, que no es otra cosa sino el cuerpo. Tal vez a eso se refería el infalible Oscar Wilde cuando dijo aquello de que “aprender a amarse a uno mismo es el principio de un romance que dura toda la vida”, ¿o tú qué crees?…



