
A menudo buscamos respuestas en la lógica y el análisis, y olvidamos que nuestra mente posee un lenguaje propio para resolver lo que el corazón no se atreve a nombrar. La psicología profunda nos ha enseñado que el sueño no es un vacío ni un cúmulo de imágenes sin sentido, sino un lenguaje cifrado y un espacio donde la psique organiza lo que la vigilia ignora y automatiza. Bajo esa premisa, lo que sigue no es solamente un relato onírico, sino el registro de un entendimiento que solo pudo ocurrir con los ojos cerrados, pero con una profunda visión activa.
Hace poco tuve un sueño tan revelador que exigió una atención más prolongada de la que normalmente le concedo a mis sueños en la vigilia. Aunque podría parecer una fantasía abstracta, estaba cargado de sentido; era como un espejo crudo y lúcido que devolvía la imagen de algo que aún requiere ser pulido y trabajado. Despertar no fue retornar a la realidad, sino verla por primera vez con claridad. Así, los sueños actúan como un gran laboratorio del inconsciente que nos confronta con aspectos de nosotros mismos que no siempre estamos dispuestos a reconocer.

Aunque el sueño contenía escenas que no logro recordar, la narrativa se asienta conmigo sentada en la cama, con las piernas protegidas por un ligero cobertor de color amarillo; frente a mí descansa una máquina de coser —hoy casi una reliquia— sobre su mueble de hierro, también cubierta. Debajo de ella distingo dos bultos: uno parece el excremento de un gato enfermo; el otro, vómito. De pronto, advierto que mi padre me acompaña a mi lado derecho; por la izquierda, siento un movimiento rastrero que trepa por mi pierna, algo que se desplaza bajo la cobija. No tardo en comprender que es una rata.
Usando el cobertor, intento enredarla sin tocarla directamente. En el sueño, resulta crucial observar el dorso de mis manos ejerciendo fuerza, las venas y los tendones marcándose con una intensidad que normalmente no es visible. En la palma de mi mano y a lo largo del brazo siento la fuerza del animal que se contorsiona intentando escapar. Me giro, sosteniendo ese bulto agitado, y se lo extiendo a mi padre, quien hasta ese momento había permanecido inmóvil; él extiende las manos, lo toma y entonces su color se hace más vibrante; enseguida lo veo alejarse por un pasillo desprovisto de puerta que desemboca en la calle. Más adelante aguarda un fogón, un horno de tierra del que brota una llamarada. Mi padre lanza el fardo encobijado al fuego y observa cómo se desintegra. Yo lo contemplo a la distancia, viendo cómo completa la misión.

* * *
Ya despierta, al rememorar la figura de mi padre alejándose hacia el horno, me conmueve comprender que él actúa solo cuando yo le pido ayuda; hasta entonces, se mantiene al margen, respetuoso y fiel a su mayor precepto: el libre albedrío. Entendí que no estaba sola en la tarea de limpiar mi propio camino. La figura de mi padre simboliza esa parte de mí que respeta los procesos, que acompaña en silencio y otorga el espacio justo; algo que, estando él en vida, yo no alcanzaba a procesar como lo hago ahora.
La lección se reveló con la misma fuerza con la que mis tendones se dibujaron en la piel: hay batallas que nos toca enfrentar y “enredar” con nuestras propias manos, aunque no siempre nos corresponde cargar con el peso final, ni con su destrucción, ni con la obligación de mantener las cosas como estaban.

Comprendí también que la máquina de coser, más allá de su capacidad para reparar o hilvanar, encarna el valor de la reliquia: el tesoro de haber aprendido a hacer las cosas “a mi manera”. Por su parte, la rata —asociada tanto la violencia, que es una herramienta de supervivencia, como al miedo a esa violencia— se transforma en un acto de liberación profunda al ser entregada al fuego. Los desechos del gato enfermo me remiten al abandono, a esos animales sin casa que cruzan las calles y a los que alguien alimenta, pero de los que nadie se hace cargo. El conjunto representa dos extremos: el abandono y la violencia, respuestas extremas que solo engendran dolor.
Que la parte respetuosa en mi subconsciente entregue todo esto al fuego representa la posibilidad de integrar más opciones. El fuego no destruye por odio, sino que purifica y transmuta lo negativo en cenizas para abrir espacio a lo nuevo. No diré que el sueño me ha brindado una respuesta específica con relación a lo que sigue —los sueños rara vez lo hacen—; pero, al igual que ese pasillo, me ha trazado un camino por el cual puedo seguir buscando, ahora de manera más consciente.



