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Tecnoestrés: cuando la tecnología nos abruma

Tecnoestrés: cuando la tecnología nos abruma
Francisco Masse

Francisco Masse

Mente y espíritu

Despiertas. Son las 5:45 am. Lo sabes porque lo primero que haces es tomar tu teléfono inteligente y ver la hora. Faltan quince minutos para que suene la alarma, así que abres Twitter para enterarte de “lo que debes saber antes de empezar el día”. Suena la alarma, te levantas y te diriges al baño. Mientras te bañas escuchas tu playlist favorita de Spotify, repleta de comerciales. Sales de bañarte y empiezas a contestar mensajes de WhatsApp: tu novia te da los buenos días, el grupo de la secundaria comparte el meme optimista del día, y varios de tus clientes y socios requieren de tu atención. Mientras te diriges a tu oficina, te das tiempo para checar tu Facebook, contestar mensajes directos y seguir leyendo noticias en Twitter.

Llegas a tu oficina y, al encender tu computadora, es como si montaras en un kayak para cruzar unos rápidos. Una andanada de tasks, e-mails y ventanas de chat de Google y Slack te dan la bienvenida. Más que trabajar, sientes que te defendieras a raquetazos. Vas a comer, das check-in en el restaurante, tomas una foto de tu comida y la subes a Instagram bajo la etiqueta #foodporn. Comes de prisa. Regresando a la oficina, mandas algunos mensajes de voz para coordinar la cena con tu novia. Llegas a tu escritorio. Más ventanas de chat, más correos por enviar, más búsquedas y más documentos por elaborar. Seis de la tarde, junta virtual por Skype. Problemas. Te quedarás tarde a trabajar. Mandas mensaje de voz para cancelar la cena. Ordenas junk food con tu aplicación de Uber Eats. Tuiteas para canalizar tu frustración. Muy tarde por la noche, finalmente terminas. Cierras tu portátil con la sensación de que pudiste haber hecho un poco más y te remuerde la conciencia. Pides un Uber. Entras a Facebook para matar el tiempo. Llegas a casa, pones Netflix y poco a poco te quedas dormido, sin reparar que en todo el día no cruzaste ni una sola palabra de sustancia con una persona de carne y hueso. Y mañana te espera otro día que es exactamente igual a hoy…

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Tecnoestrés es una palabra que se usa para definir un vínculo negativo entre un sujeto —como el de nuestra narración— y los avances tecnológicos de su tiempo. Craig Brod, autor del libro Technostress: the Human Cost of the Computer RevolutionTecnoestrés: el costo humano de la revolución computacional— (1984), fue uno de los primeros en definir el síndrome como “una enfermedad moderna de adaptación, causada por una incapacidad para enfrentarse a las nuevas tecnologías computacionales de una manera sana”.

Según los estudiosos del tema, las causas del tecnoestrés son: el ritmo acelerado en que cambian las tecnologías, la falta de capacitación para entenderlas, el aumento en las cargas de trabajo que éstas generan, la falta de estandarización entre las distintas tecnologías —es decir, que unas se manejan de un modo distinto a otras— y la creciente dependencia de los dispositivos y softwares existentes. En otras palabras, alguien que nació en los años previos a la era digital debe enfrentarse diariamente a un sinfín de aparatos y programas computacionales que surgen o cambian a una velocidad vertiginosa, y muchas veces de ello depende su permanencia en un trabajo o la convivencia con la sociedad y su círculo cercano.

En su ensayo “El impacto del tecnoestrés en la productividad”, un grupo de investigadores del Rochester Institute of Technology delinearon cinco condiciones que generan tecnoestrés: tecnosobrecarga, describe situaciones en las que, por el avance de la tecnología, la gente se ve obligada a trabajar cada vez más rápido; tecnoinvasión, la sensación de estar “siempre expuesto” y disponible en todo momento y en cualquier lugar, o la necesidad psicológica de estar siempre conectado, lo que prolonga las jornadas laborales y hace casi imposible el “cortar con la tecnología”; tecnocomplejidad, definida como la dificultad creciente a la que se enfrenta una persona para aprender, entender y mantenerse al corriente con las nuevas tecnologías que surgen día con día; tecnoinseguridad, que es un miedo a perder el empleo y ser sustituido con gente tecnológicamente más capaz; y tecnoincertidumbre, una obsolescencia acelerada causada por el hecho de que cuando uno finalmente aprendió a usar un programa o un gadget, éste ya fue sustituido por una versión diferente.

Todo ello, evidentemente, genera estrés, que se manifiesta con distintos síntomas:

  • Físicos: irritación de los ojos, dolores de espalda y cabeza; rigidez en el cuello, los hombros y articulaciones; tensión muscular, irritación estomacal, estreñimiento o síndrome de colon irritable, aumento de la presión arterial.
  • Emocionales: irritabilidad, ansiedad —en especial cuando se está lejos de la computadora o el smartphone—, depresión, sentimientos de indiferencia o frustración, paranoia, culpa o sensación de no sentirse apreciado.
  • De comportamiento: sentirse dependiente de una computadora, adicción al trabajo —en una computadora, por supuesto—, insomnio, aislamiento social —por preferir contactos cibernéticos en lugar de humanos—, uso de palabras propias de la informática en otros contextos, fumar y beber.
  • Psicológicos: sobrecargarse de información para analizarla, evaluarla y aplicarla en el contexto necesario; frustración, si el trabajo es rutinario, poco estimulante o repetitivo; celos profesionales enfermizos entre compañeros causados por distintas habilidades tecnológicas; miedo a quedar obsoleto o ser reemplazado por la tecnología y perder el trabajo, o desmotivación cuando existen periodos de inactividad tecnológica.

En resumen, en este siglo XXI la vida cotidiana ha sido redefinida por la tecnología: la educación, el trabajo, el acceso a la información y las relaciones sociales y personales cada día dependen más de un número creciente de aplicaciones tecnológicas que compiten en complejidad y celeridad. Ante ello, nos sentimos abrumados por la creciente velocidad a la que transcurre la vida, por la constante invasión a nuestra privacidad, por la imposibilidad de mantenerse al día y por la constante competencia con personas tecnológicamente más capacitadas que nosotros. Todo ello es lo que podría definirse como tecnoestrés.

¿Qué se puede hacer?

Básicamente, pueden hacerse dos cosas: hacer frente al tecnoestrés, pues es casi una situación inevitable en muchos sentidos —y la otra opción sería convertirse en anacoreta y huir a las montañas—, y eliminar las fuentes de este tipo de estrés. Para hacer frente al tecnoestrés, se aconseja buscar softwares amables con el usuario, sostener comunicaciones “vivas” con el entorno colaborativo —por ejemplo, llamar en lugar de mandar mensajes—, mantenerse razonablemente informado y capacitado en el uso de nuevas tecnologías, y contar con asesores, formales e informales, con los que puedas discutir tus dudas tecnológicas.

Pero eso no servirá de mucho si no se pone un freno a las fuentes de estrés. Algunas ideas útiles son: establecer un horario para empezar y terminar de usar la tecnología y cortar la tendencia a estar disponible todo el tiempo; poner atención a las emociones que uno siente a lo largo del día y darles remedio —por ejemplo, si sientes tensión, deja el trabajo, levántate y estírate hasta que te repongas—; tomar descansos frecuentes y resolver tus asuntos “a la antigüita” —toma notas a mano, conversa por teléfono con un amigo, escucha un álbum completo o toma un paseo por el parque—; dedicar tiempo para ti mismo y usar tu cerebro de modo más profundo —lee un libro enriquecedor, piensa, reflexiona y filosofa un poco si quieres—; involucrarse de lleno en lo que sea que estés haciendo, tomar tiempo antes de responder un mensaje, hacer ejercicio, leer libros o tu revista Bicaalú, tener una vida social activa —y no digital—, tomar vacaciones, salir de la ciudad, subir una montaña —sin tomarse una selfie en la cima ni compartirla en un red social—, meditar, practicar el yoga o el tai-chi, unirse a un club, adoptar una mascota y jugar con ella. En esencia, cerrar la portátil o mandar al diablo el smartphone por un rato y esforzarse por ver con los propios ojos, escuchar el mundo con los propios oídos, sentir su aire, cansarse, sudar, tocar a otras personas y saborear la comida sin tomarle fotos; es decir, vivir, vivir, vivir…

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