
Refiriéndonos a la industria fonográfica, en origen un álbum era literalmente eso: un conjunto de discos de vinilo ordenados dentro de un soporte físico similar a un libro. Años después, en la década de 1950, se popularizó el formato LP o long play que, a diferencia de los singles o sencillos, contenía varias canciones. Siete décadas después, y a pesar de diversas revoluciones tecnológicas y de formatos, el álbum —físico o digital— sigue siendo el estándar en la industria musical. Y uno de los elementos clave en su comercialización es la portada.
En esta ocasión, te comparto las diez mejores portadas de discos LP del siglo XX, a partir de los listados de dos publicaciones que desde hace más de medio siglo son autoridad en la industria: Rolling Stone y Billboard. Además, tomé en cuenta la popularidad en México, el contexto de cada cubierta y —dado que algunas de ellas apelan directamente a la cultura estadounidense— la universalidad de la narrativa visual. Claro, también intervino un poco el gusto personal. Se enlistan, no del número diez al uno, sino en orden cronológico.
The Velvet Underground and Nico (1967)

El frente de esta cubierta solo despliega tres elementos: un enorme plátano amarillo con negro, el nombre del productor —y, además, diseñador de la portada, el artista pop Andy Warhol— y la frase en inglés “peel slowly and see” —algo así como “pélame lentamente y mira”, una alusión a la lacónica tarjeta que decía “Cómeme” en Alicia en el país de las maravillas.
En su versión original en LP, el plátano era en realidad una etiqueta adhesiva que, al retirarse, revelaba el interior del fruto en color carne. Desde luego, hay un sugerente doble sentido en la posición fálica del fruto, en la acción y en el colorido resultado. Años después, Warhol repetiría el truco en Sticky Fingers, de The Rolling Stones, con una imagen de unos jeans con una bragueta real que podía abrirse… si uno quería.

Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band — The Beatles (1967)

Pocas bandas de rock han tenido el éxito comercial y la trascendencia cultural del llamado “cuarteto Liverpool”. En este caso, hablamos del primer álbum conceptual concebido como tal; es decir, un LP cuyas composiciones están unidas por un hilo conductor temático, lírico y narrativo. Esta misma idea se refleja en la icónica portada, diseñada por los artistas Peter Blake y John Haworth, quienes realizaron los bocetos a mano; la producción artística corrió a cargo de Robert Fraser y el fotógrafo fue Michael Cooper. Considerando la gran cantidad de elementos visuales que contiene, esta portada ha sido objeto de numerosas interpretaciones y de teorías conspirativas como la de “Paul is dead”.
Abbey Road — The Beatles (1970)

Si bien el sargento Pimienta revolucionó la industria discográfica, esta portada es incluso más trascendente que la anterior. La anécdota es bien conocida: se tomó el 8 de agosto de 1969 en la calle Abbey Road, afuera de los estudios del mismo nombre; en la sesión relámpago estuvieron John Kosh, director de arte de Apple Records, y el fotógrafo Iain McMillan.
La icónica imagen ha sido una de las más famosamente imitadas en la historia de la música y convirtió al paso peatonal en un landmark de la ciudad de Londres, donde miles de turistas diariamente se toman la foto atravesando a pie el emblemático cruce. Además, muchos creen que se trata de una alegoría del sepelio de Paul, que según la mencionada teoría conspirativa habría muerto en un accidente y fue reemplazado por un doble; por eso aparece descalzo, caminando “con el otro pie” y sosteniendo un cigarrillo con la mano derecha, cuando McCartney era zurdo, lo que delataba al impostor.
The Dark Side of the Moon — Pink Floyd (1973)

Otra imagen reconocible en todo el mundo, concebida y diseñada por el despacho inglés Hipgnosis —fundado por Storm Thorgerson y Aubrey Powell— y ejecutada por el ilustrador George Hardie. La imagen se inspiró en la fotografía de un prisma que Thorgerson había encontrado en un libro de texto de física de 1963, a través del cual se proyectaba un haz de luz blanca que emergía con los colores del espectro visible, ilustrando el fenómeno de la dispersión de la luz, que se prolonga hacia el interior del álbum y se convierte, también, en una representación gráfica del latido del corazón que se usa en el disco.
Horses — Patti Smith (1975)

La escritora feminista Camille Paglia calificó esta imagen, tomada por el fotógrafo Robert Maplethorpe, como “la mejor fotografía que se haya tomado a una mujer”. Despliega a la cantante sin maquillaje, recargada contra una pared blanca y bañada por la luz natural, vistiendo una camisa blanca de segunda mano, unos jeans ajustados y un saco colgando del hombro, al estilo de Frank Sinatra. Smith declaró que su intención era posar como el poeta Charles Baudelaire, pero su androginia sin complejos es anterior a la época en que eso estaba de moda y representa el punto de quiebre fundamental en la percepción de la femineidad que tuvo lugar en los setentas.
London Calling — The Clash (1979)

Siguiendo con la música punk, pero ahora del lado de la Gran Bretaña, tenemos esta imagen brutal del bajista Paul Simonon estrellando su instrumento contra el piso, durante una presentación en el Palladium de Nueva York, frustrado porque la seguridad del lugar no dejaba a la audiencia pararse de sus asientos. La foto fue tomada por Pennie Smith y, aunque está fuera de foco, el diseñador gráfico Ray Lowry la aprovechó añadiendo elementos tipográficos que rinden homenaje al álbum debut de Elvis Presley. La revista Q elocuentemente describió la imagen diciendo que “capta el momento definitivo del rock and roll: la pérdida total del control”.
Unknown Pleasures — Joy Division (1979)

Y esta imagen, ¿qué es? ¿Una cordillera de montañas? ¿Un conjunto de líneas de un electroencefalograma? ¿Algún lenguaje cifrado? Aquí el diseñador es el afamado Peter Saville, quien se basó en una imagen de ondas de radio del púlsar CP 1919, la cual tomó de la Cambridge Encyclopaedia of Astronomy. Al poner el disco —con su atmósfera cargada de bajos y la angustia abrumadora de su líder, Ian Curtis—, la imagen cobra sentido. Sin el nombre de la banda ni el título del álbum, la portada se ha convertido en un icono comparable al prisma de The Dark Side of the Moon, pero representa mucho más: misticismo gótico, rebeldía post-punk e individualismo radical.
She’s So Unusual — Cyndi Lauper (1983)

El álbum que catapultó a la fama a “la otra reina” del pop ochentero fue capturada por la fotógrafa Annie Leibovitz, quien reinterpretó el glamour de la “old school”, al estilo de las tiendas de segunda mano. El escenario es un museo de cera cerrado en Coney Island, y el uso llamativo de colores primarios vivos fue idea de la propia Lauper, quien compuso meticulosamente su look a partir de prendas y accesorios que había encontrado en la tienda vintage donde trabajaba. El resultado fue una imagen rebosante de energía y de bella composición, una síntesis perfecta del espíritu libre y ecléctico de la cantante.
Nevermind — Nirvana (1991)

Tres décadas después de la toma, el flotante bebé llegaría a la mayoría de edad y, sin éxito, demandaría a la banda grunge por exhibir su pene en la portada del álbum debut. Pero, en su momento, esta imagen ilustró perfectamente el descaro del género nacido en Seattle que tomó por asalto una escena musical dominada por el pop, los colores neón y los sintetizadores. La imagen se le ocurrió al líder de la banda, Kurt Cobain, cuando vio un documental sobre partos bajo el agua; el fotógrafo fue Kirk Weddle y, desde su salida al mercado, esta portada es reconocida como una de las más famosas del rock del siglo XX.
Ready to Die — The Notorious B.I.G. (1994)

Esto necesita un poco de contexto: durante la década de 1990, la escena del hip-hop estaba dividida por una violenta rivalidad entre los raperos de la Costa Este y los de la Costa Oeste de los Estados Unidos. Este odio acendrado derivó en el asesinato de los dos intérpretes representativos de cada bando: Tupac Shakur, el 13 de septiembre de 1996, y The Notorious B.I.G., el 9 de marzo de 1997, supuestamente en venganza por su participación en la muerte de Shakur. Y esa historia de final amargo y sangriento, al contrastarla con la imagen inocente de “Biggie” —como se conocía a B.I.G.— siendo apenas un bebé, es lo que sacude. Pero esa era la clave: el álbum recorría su vida desde el principio hasta un final sombrío y premonitorio, valiéndose de la inocencia infantil para ilustrar cómo un mundo cruel deja su huella en mentes aún por moldear.



