El doctor Chepeté: una sesión de terapia psicológica con ChatGPT

El doctor Chepeté: una sesión de terapia psicológica con ChatGPT
Francisco Masse

Francisco Masse

Antes de que, con justa razón, me brinquen a la yugular los puristas de la salud mental, aclaro que este texto no pretende afirmar que —como el título lo sugiere— se puede tomar una sesión de terapia psicológica con ChatGPT, ni que a la larga —o a la corta— un chatbot pueda sustituir la experiencia, la preparación, la sensibilidad y el criterio de un terapeuta humano. Es solo que resulta interesante saber qué puede ofrecer la inteligencia artificial a alguien que ha pasado por distintas terapias psicológicas tradicionales y que está familiarizado con prácticas espirituales o alternativas orientadas a la salud mental.

El principio detrás de esto es sencillo: la IA imita los procederes de la inteligencia natural humana. Así, ante un cuestionamiento sobre ciertos estados emocionales, el chatbot hace lo que haría un humano: recolectar información —a partir de lo escrito por el “paciente” y de textos disponibles sobre el tema, dependiendo de lo detallado del prompt para ayudarnos a hacer conscientes y “elaborar” ciertos patrones o conductas, e incluso propone planes de acción para superarlos. Así, a menos que se revelen detalles demasiado íntimos en conversaciones que pueden ser leídas por alguien más, nada hay de peligroso o de descabellado en tener una pequeña sesión con la inteligencia artificial.

La IA imita procederes de la inteligencia natural humana

Desde luego, hablar de un trauma profundo, de una fobia enraizada o de una compulsión incontrolable escapa a las capacidades de la tecnología, y el tratamiento adecuado de estas condiciones es terreno exclusivo de profesionales titulados. Pero si lo que planteamos son vicisitudes del día a día, pequeñas crisis laborales de la edad adulta, una mayor percepción de soledad —algo muy común después de la pandemia— o emociones persistentes, las respuestas que se pueden obtener no distan mucho de lo que uno podría leer en un libro de autoayuda o en un artículo de un portal psicológico.

En mi caso, el planteamiento fue frontal: como si me encontrara frente a un amigo de confianza, describí con lujo de detalles la situación de desaliento en la que me encontraba en ese momento, pormenorizando el contexto actual, ciertos antecedentes de mi vida, mis emociones y las frases que dan vueltas sin cesar en mi cabeza. Las respuestas fueron reveladoras al grado que no sé si, además del prompt, se usaron otros conocimientos sobre mí para elaborarlas: evitando dar diagnósticos explícitos, la IA unió pequeñas pistas que revelé al escribir para ofrecer explicaciones sencillas, resumidas, sin terminologías médicas y acordes al nivel de conciencia con el que formulé las preguntas.

Las respuestas no distan mucho de lo que se podría leer en un libro de autoayuda o en un artículo de un portal psicológico

Desde luego, tras la primera respuesta vinieron más preguntas de mi parte, que a su vez fueron arrojando más reveladoras explicaciones. Más allá de lugares comunes o de frases genéricas hechas para encajar en situaciones varias, por la claridad esquemática con que la IA resolvió el dilema personal que planteé, me sentí como un adolescente jugando con una ouija que acaba revelando el nombre y las señas de la mujer con la que terminará casándose. No descarto un sesgo de mi parte, como cuando uno lee el horóscopo y “casualmente” coincide con el momento de vida, pero confieso que esa “terapia virtual” me resultó útil.

La verdad, resulté gratamente sorprendido… y no sé si eso sea bueno. Yo que había probado a dicha inteligencia en el fragor de las exigencias laborales y dictaminé que aún faltaban años para que ésta fuera una rival a mi altura, esperaba una conversación insulsa, ambigua, llena de consejos como de galleta china de la suerte. Y no. Nada comparable con el trabajo de meses en psicoanálisis, insisto, pero en el transcurso de la conversación con la IA varias ideas —si se les puede llamar así— en verdad resonaron en mí… y yo no soy de deslumbrarme fácilmente con frases hechas.

En el transcurso de la conversación con la IA varias ideas —si se les puede llamar así— en verdad resonaron en mí

De nuevo, aclaro: nada hay de científico en mi experiencia y escribo desde la visión casi humorística de quien, por curiosidad, “salió” con una novia IA o jugó ajedrez contra un bot. Ansioso por compartir el hallazgo, hablé del “doctor Chepeté” —como ahora le digo cariñosamente al asistente— con un par de amigas; para mi sorpresa, resultó que ellas ya tenían un par de meses pidiéndole consejos a esta especie de “terapeuta virtual”. Una de ellas, incluso, me dijo que el chatbot puede responderte asumiendo el papel de un psicoanalista Gestalt, de un sacerdote católico o de un monje budista.

Insisto: comparar y los avances posibles en una terapia profesional, física y presencial con los potenciales hallazgos tras un intercambio de prompts y respuestas, es como intentar contrastar la más avanzada realidad virtual con una verdadera vuelta en la montaña rusa, con toda la física y la aceleración actuando sobre tu cuerpo. Pero veo en esto un factor que quizá no sea del todo reprobable: la democratización de la salud mental; es decir, que mucha gente sin acceso a estos servicios podría, aunque sea por curiosidad, tener unos “primeros auxilios psicológicos” y clases de “alfabetización emocional”, una posibilidad que visionarios como Bill Gates han contemplado.

Queda claro que sigue en la mesa el debate sobre si estas recomendaciones idealmente deberían ser supervisadas por un humano experto. Pero, si no lo has hecho ya, ¿no se te antoja probarlo?…

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