
Empiezo a escribir este texto un poco enardecido, lo confieso. La razón fue una publicación en la red social laboral más famosa del momento, en la que el autor se quejaba amargamente de haber ayudado a muchos aspirantes a obtener un empleo compartiendo sus publicaciones, y a cambio no había recibido ni un “gracias”, lo que le hacía preguntarse si debía seguir ayudándolos. Y yo, que desde chiquito fui educado bajo el principio de “haz el bien sin mirar a quien”, me cuestioné si uno debe ayudar esperando que se nos agradezca el gesto.
Creo que no es grave esperar un “gracias” tras una buena acción; eso es, hasta cierto punto, algo humano. El problema, creo, inicia cuando lo necesitas, porque en realidad ya no estás dando: estás intercambiando y estás negociando una imagen de ti mismo como “alguien bueno”. Así, creo que la generosidad no se mide por lo que das, sino por desde dónde lo das: puedes hacer donaciones millonarias y, aun así, seguir atrapado en el ego, o dar muy poco y estar feliz por estar practicando la generosidad desde un desapego real.

En ese sentido, ayudar esperando reconocimiento es una forma muy sutil de ponerte en el centro de la escena, pues tu narrativa mental suena algo así como: “Yo soy quien ayuda, yo soy quien tiene, yo soy quien hace la donación y lo publica en sus reels de Instagram o en su feed de LinkedIn”, mientras que la otra persona queda reducida a un papel secundario, casi como un pretexto o una escenografía para validad tu identidad. Y ahí es donde radica el giro egocéntrico: no estás viendo al otro como un igual en dignidad, sino como alguien que valida tu valor intrínseco y tu historia personal.
Desde luego, hay matices que es necesario señalar. Por ejemplo, que una cosa es dar sin necesitar que te den las gracias y otra cosa es tolerar que seres humanos que recibieron tu apoyo se muestren desagradecidos y se aprovechen de tu ayuda para perjudicarte. Un poco como el amigo que recibes en casa un tiempo porque no tiene donde quedarse y, después de meses instalado en tu cuarto de visitas sin pagar un peso por concepto de servicios, se indigna porque le pides que no meta amigos, que no haga reuniones ruidosas y que lave los trastes que usa.
Tampoco se trata de “quitarse el pan de la boca” para alimentar al hambriento, de hundirte en el fango para rescatar a alguien que ha caído o de poner en riesgo tu seguridad o la de tu familia dándole alojamiento un pobre indigente que inhala PVC. En casos así y en el del amigo abusivo, no es que uno espere que la otra persona adquiera una “deuda de vida” como si estuviéramos en el mundo de Star Wars, sino que es justo y sano apelar a un mínimo y decente “si no me vas a dar las gracias… al menos no me perjudiques”.

Pero, volviendo al tema de esperar que te den las gracias, insistiría en que la clave no es adoptar a la fuerza ese total desinterés —porque, además de ser difícil, eso genera frustración o autoengaño— sino observar con honestidad qué pasa en nosotros cuando las gracias no llegan: si aparece resentimiento, molestia o decepción, eso revela que la acción estaba condicionada. Pero, lejos de condenar este hecho, podemos usarlo como material de trabajo entendiendo que ahí está nuestro egocentrismo operando y ahí hay algo que entender.
Desde un enfoque menos utilitario y más espiritual, ayudar de forma libre implica soltar tres ideas: que tú eres el dador y eso te da importancia personal, que la persona es el receptor y eso lo coloca por debajo de ti, y que lo que das es algo precioso que debe ser valorado. Cuando esas tres nociones empiezan a aflojarse, ayudar o dar se convierte en una acción natural, menos teatral y menos cargada de emoción e identidad. Entonces ya no ayudas “para ser ese alguien”, sino porque la situación en sí lo pide, como cuando por reflejo le das apoyo a una anciana que se resbaló y está por caer al suelo, aunque después del hecho te dé un bolsazo y te diga: ¡Suélteme, jovencito!, ¿qué se ha creído?”
Para concluir, pues tampoco quiero echarte un sermón al respecto, resumiría todo lo anterior en una premisa muy simple: cuando de verdad ves al otro, no necesitas que te agradezca; cuando necesitas que te agradezca, en el fondo no lo estabas viendo a él, sino a ti mismo en un marco de heroismo. Y eso, más que generosidad, es tu egocentrismo en acción…



