
Hasta hace poco, las matemáticas servían para realizar transacciones, calcular distancias, construir puentes, enviar cohetes a la Luna… o sobrevivir a un examen de cálculo y así pasar la prepa. Hoy, se han convertido en las arquitectas invisibles de la vida digital a través de los algoritmos, que son conjuntos de instrucciones silenciosos, veloces y absurdamente eficientes. No tienen forma, pero determinan gran parte de lo que vemos, leemos y escuchamos todos los días. Lo curioso es que mucha gente los menciona con frecuencia sin saber realmente qué son.
¿De dónde viene el término algoritmo?
La palabra algoritmo tiene un origen muy antiguo y un tanto inesperado: proviene del nombre del matemático persa Muhammad ibn Musa al-Khwarizmi —Al-Juarismi, en su versión castellanizada— (ca. 780-850), uno de los más grandes responsables del desarrollo del álgebra.[1] Hace mil doscientos años, sus ideas ayudaron a construir métodos para resolver problemas matemáticos paso a paso. Y esa es la clave: en esencia, un algoritmo es un conjunto ordenado y preciso de operaciones que, al aplicarse, permiten realizar un cálculo.

Más adelante, en la informática y la programación se usó el término algoritmo como una secuencia de pasos lógicos para resolver un problema. Lo fascinante es cómo pasaron de ayudarnos a resolver ecuaciones o realizar un cómputo a configurar sistemas que analizan millones de microdecisiones humanas en tiempo real. Internet cambió las reglas del juego al convertir nuestras acciones cotidianas en datos: cada clic, cada búsqueda, cada pausa frente a una publicación, cada canción repetida diez veces tras una ruptura amorosa, todo se transforma en información útil para entrenar algoritmos cada vez más precisos.
El momento exacto en que internet empezó a observarte
Una escena cotidiana es que abres tu red social “solo para checar una notificación” y minutos después sigues viendo contenido que parece diseñado especialmente para ti. Eso no sucede por accidente: detrás de ello hay sistemas matemáticos analizando de forma constante tus patrones de comportamiento y elecciones. Plataformas como TikTok entendieron antes que casi todos que la atención humana puede convertirse en una ciencia exacta, pues su algoritmo observa cuánto tiempo miras un video, si lo repites, si comentas, si lo compartes, si lo ignoras rápidamente o, incluso, si reduces la velocidad del desplazamiento antes de seguir bajando. Lo mismo ocurre con Netflix y Spotify, pues ambas plataformas construyen perfiles a partir de tus gustos, hábitos y datos demográficos. Se supone que eso hace más fáciles nuestras elecciones, pero a veces resulta inquietante cuando una aplicación es más empática con tu crisis emocional que tus amigos cercanos.
Por otro lado, la inteligencia artificial no es sino una aplicación de algoritmos: detrás de esas apps que generan imágenes, redactan textos, llaman por teléfono o detectan tendencias, hay un back-end funcionando a partir de modelos estadísticos gigantescos, entrenados con cantidades ingentes de datos. Además, la era digital sustituyó la idea de que las matemáticas son frías, rígidas y poco creativas con plataformas que automáticamente editan videos, mejoran fotografías y efectúan procesos usando algoritmos entrenados para reconocer patrones visuales. Así, esa comodidad que parece magia futurista no es sino una combinación de probabilidad, estadística, lógica, programación y optimización matemática.

Todo lo anterior ha dado pie a una extraña transformación en la que el algoritmo se está convirtiendo en el motor oculto de la productividad actual: apps que organizan miden tus pasos y organizan tus actividades, bots que automatizan el envío de e-mails y las llamadas telefónicas, asistentes virtuales, resúmenes de IA que te ahorran tener que entrar a sitios o leer, herramientas de análisis de datos y plataformas de gestión empresarial funcionan gracias a algoritmos cuya meta final es ahorrar tiempo y optimizar decisiones.
El peligro de que las máquinas nos conozcan demasiado
Pero no todo es fascinación tecnológica. También hay una parte amenazadora en todo esto, pues así como nos ayudan a encontrar rutas más rápidas, música que nos encanta o contenido interesante, los algoritmos también están moldeando la percepción que tenemos del mundo. Las plataformas digitales detectan qué cosas nos hacen reaccionar emocionalmente y, una vez que lo descubren, nos las ponen enfrente para mantenernos conectados el mayor tiempo posible.
El problema es que los algoritmos no priorizan la verdad objetiva, tu bienestar o el equilibrio emocional, sino tu tiempo de atención.Eso explica por qué internet a veces parece una fábrica de emociones donde el algoritmo favorece el contenido que más te hace enojar, te orilla a comentar o te lleva al clic: eso garantiza más interacción, más tiempo de visualización… y más exposición a publicidad. Poco a poco, nos estamos encerrando en burbujas digitales donde todo el tiempo nos retroalimentamos con versiones cada vez más intensas de lo que ya consumimos.

Tal vez el verdadero poder de los algoritmos no está en decidir por nosotros, sino en que condicionan las opciones que vemos primero. En la vida digital contemporánea, las recomendaciones automáticas, las sugerencias personalizadas y predicciones de tus elecciones, en gran medida, determinan lo que consumimos. Pero nos hemos acostumbrado muy rápido a esa comodidad y olvidamos que cada recomendación proviene de un programa que está intentando predecir o inducir nuestro comportamiento. Entonces, cuando lo logra, ¿realmente fuimos nosotros quienes elegimos qué leer, ver o escuchar… o estamos tan condicionados que vivimos en un espejismo de libre albedrío?
La pregunta, entonces, no es si los algoritmos son buenos o malos. La verdadera cuestión es cuántas de nuestras elecciones estamos dispuestos a delegarles. Porque es un hecho que mientras deslizas la pantalla para terminar de leer este artículo, creyendo que libremente elegirás qué mirar después, un algoritmo ya calculó, con una muy alta probabilidad de acertar, cuál será tu siguiente clic…

[1] Para más señas, es el famoso “árabe” de la portada del Álgebra de Baldor que todos conocemos. [N. del E.]


