
Como buen ratoncillo de biblioteca, casi toda mi vida he sido un hombre sedentario, con tres notables excepciones: la vez que, siendo yo adolescente, mamá me inscribió a clases de kung-fu para que supiera defenderme; cuando le agarré gusto al basquetbol y lo practicaba casi a diario; y en esta etapa de mi vida, cuando por circunstancias que a continuación explicaré, adopté la disciplina del running, como se le dice ahora a levantarse a las seis de la mañana a trotar o correr —en mi caso, en los viveros de Coyoacán.
Como sucedió a millones de personas, el año 2020 cambió el paradigma de mi vida en muchos sentidos. Uno de ellos fue que, confinado como estaba —y tras enterarme de que tanto mis abuelos como mi padre habían sufrido un infarto más o menos a mi edad—, se me antojó salir a trotar por las calles de mi barrio, como lo hacían decenas de corredores privados del acceso a los citados viveros; seis años después, veo convertido ese antojo en un hábito que me ha dejado varias lecciones valiosas. Aquí te comparto tres cosas que aprendí del running.

Sentido de comunidad
No es fácil encontrarse a personas que, por voluntad propia, se levantan de la cama a las cinco y media de la madrugada, se enfundan en unos pants y encaran tanto a la intemperie como a su propio agotamiento y a la voz en la cabeza que dice: “mejor descansa, solo por hoy, mañana repones”. Eso hermana a quienes, con religiosa puntualidad, nos damos cita en la pista aunque solo nos reconozcamos de vista o nos saludemos, así como estamos: sin habernos duchado, bañados en sudor, jadeantes y seguramente oliendo un poco mal, pero satisfechos por el pequeño logro conquistado en el día, aunque solo haya sido vencer al deseo de quedarse en la cama.
Además, fuera de esos grupos que se preparan para competencias y de los obsesionados con los récords, existe un sentido de comunidad que, en general, promueve un estilo de vida sano: en general, es gente que no fuma, cuida su alimentación y no “revienta” ni se desvela demasiado, cuyas salidas sociales consisten en ir a correr a otra pista, al bosque o a alguna montaña cercana. En tiempos de la epidemia de soledad, eso cuida tanto de la salud física como de la emocional y está relacionado con el siguiente punto…
Motivación y resiliencia

Cuando camino rumbo a mi entrenamiento, llama poderosamente mi atención una diferencia notable entre la gente mayor que me encuentro haciendo fila en el centro de salud del barrio y la que miro quince minutos después, haciendo estiramientos y corriendo incluso más rápido que yo. Ver a señoras de sesenta, setenta o hasta ochenta y tantos muy contentas en sus pants, caminando o trotando, por un lado me motiva de forma muy profunda a imitar su estilo de vida cuando llegue a esa edad y, por otro, me hace reflexionar sobre cómo repercuten ciertas prácticas —y, es justo decirlo, ciertos privilegios— en la salud y vitalidad que tendrás llegando a tu vejez.
Además, está el asunto de la resiliencia. Al momento de escribir estas líneas, estoy reponiéndome de una lesión en las vértebras lumbares que afectó al nervio ciático y me alejó casi por completo de cualquier actividad física. En esos meses, además de mitigar el dolor, lo que más deseaba era poder volver a correr en la pista que tanta paz me da. Hoy que la lesión ha remitido, de nuevo valoro la resiliencia interna que nos permite imponernos al sueño y a la modorra, y que nos incita a dar doscientos metros más cuando queremos tirar la toalla. Quizá suene a un cliché, pero esa suerte de disciplina mental a la larga se ve reflejada en la resiliencia que tienes ante el maratón de la vida…
Goce del momento presente y la naturaleza
Cuando la gente me pregunta cómo le hago para mantener la motivación y no ceder a la tentación de quedarme entre las cobijas una fría y lluviosa mañana de invierno, la respuesta siempre es la misma: una vez que encuentras una actividad que en verdad te gusta, ni siquiera tienes que imponerte con disciplina, pues tus propias ganas te arrastrarán fuera de la cama hacia ella. Y parte del enorme goce que me proporcionan esos trotes radica en el momento de paz, de atención absorta en el momento presente —gracias también, en parte, a mis playlists y a mis siempre presentes audífonos con bass boost— y de convivencia con la naturaleza que me permite mi carrera mañanera.

De hecho, esas ganas de sentir en la cara el aire fresco de la mañana que huele a bosque y a rocío fue lo que me sacó de mi lesión: contrariamente a lo que mucha gente creería, no fue el reposo sino la actividad constante y moderada, caminando una o dos vueltas a la pista a buen paso, lo que poco a poco rehabilitó la región afectada. Lo que sigue ahora es llevar este mismo principio del aquí y ahora en la naturaleza a la montaña, pero por lo pronto la lección es clara: no te sobreexijas, sé firme pero considerado contigo mismo, permanece fiel a lo que te mantiene de pie y valora cada minuto de salud.



