El arte y la estética del desapego: ‘memento mori’ en el proceso creativo

El arte y la estética del desapego: 'memento mori' en el proceso creativo
Karina Licea

Karina Licea

Por su estética sobrecargada de simbolismo, el arte barroco podría considerarse una de las expresiones más representativas de la historia. Un ejemplo claro es la pintura Alegoría de la vanidad (1632-1636) de Antonio de Pereda, una vanita conformada por una mesa de madera que sostiene libros, cráneos humanos, una armadura, un mosquete y un candelabro, y otra con relojes, retratos, monedas y un globo terráqueo. Un cráneo que nos mira de frente domina la composición pictórica para recordarnos la brevedad de la existencia terrenal. Un reloj de arena y la vela recién apagada refuerzan el mensaje de la velocidad del tiempo. Cada pincelada es una representación de significado y significante.

'Alegoría de la vanidad' (1632-1636) de Antonio de Pereda

Dentro del arte europeo, las vanitas establecieron una relación conceptual con el estoicismo al denunciar la futilidad de los placeres mundanos y exhortar al espectador a dejar atrás la acumulación de bienes materiales y la búsqueda de una gloria superflua. Las representaciones de la vacuidad simbolizan la igualdad de todos los humanos ante nuestro destino inexorable: la finitud de la vida. Para mantener una conducta ética, la filosofía antigua recomendaba la introspección sobre la muerte; de ahí que las vanitas traduzcan estos principios en imágenes saturadas de símbolos.

Esta noción barroca de la impermanencia se vincula con las tensiones del proceso creativo contemporáneo. Como artistas, nos equivocamos al depositar nuestra autoestima en el destino de las obras que enviamos a galerías y museos, que publicamos en editoriales o presentamos en escenarios; por eso somos vulnerables al rechazo institucional y al olvido del público. En contraste, el estoicismo reconoce el rechazo, el error y el carácter transitorio de cualquier producción cultural humana; abrazando esta idea entendemos que nuestros cuadros, textos y esculturas tendrán el mismo destino final que sus creadores, y ganamos libertad creativa.

La tradición gráfica mexicana del siglo XX posee un referente en los grabados de José Guadalupe Posada. Su célebre representación de la Catrina —originalmente llamada “Calavera Garbancera”— viste ropas de la alta sociedad para satirizar las pretensiones de inmortalidad de la burguesía. Sus calaveras bailarinas disuelven la vanidad que delimita las clases sociales a través de un humor directo, terrenal y festivo; como representaciones de la muerte, demuestran que el arte popular puede abordar temas filosóficos con simplicidad visual, convirtiéndose quizás en ejemplos dignos del estoicismo. Y resulta interesante saber que Posada abandonó el interés por su fama individual elitista para dar prioridad a la utilidad pública de sus estampas: este desinterés es una postura de desapego creativo, en la que el aplauso es un accesorio para el artista y no la definición de su valor estético.

'Catrina' de José Guadalupe Posada

En este siglo XXI, el arte efímero contemporáneo explora propuestas radicales como la famosa calavera de diamantes de Damien Hirst titulada For the Love of God. Esta pieza de 2007 genera un choque conceptual al cubrir un cráneo humano real con miles de piedras preciosas; el brillo de estas joyas contrasta con la estructura ósea que alguna vez albergó vida. Hirst confronta al espectador con el deseo moderno de evadir el envejecimiento a través de la riqueza; así, esta escultura es una representación del tópico memento mori —expresión latina que significa “recuerda que vas a morir”— adaptado a los excesos del capitalismo, y evidencia la tensión entre la durabilidad del dinero y la fragilidad de nuestra existencia.

'For the Love of God' de Damien Hirst

Por otro lado, el arte contemporáneo desafía la noción de permanencia histórica del coleccionismo. Los compradores de arte adquieren obras maestras para atesorarlas en sus colecciones privadas, cuando su valor real radica en las experiencias que despiertan en el espectador. En ese sentido, los estoicos señalaban la insensatez que cometemos al adorar los objetos exteriores en lugar de cultivar la riqueza de nuestro propio juicio crítico.

Félix González-Torres representó este desapego en su instalación Untitled (Portrait of Ross in L.A.), que consiste en una pila de dulces envueltos en celofán brillante con un peso equivalente al cuerpo de su pareja fallecida. El artista autoriza explícitamente al público a tomar un caramelo y consumirlo durante su visita a la sala de exhibición, reduciendo así el peso con el paso de las horas. Esta desintegración planificada convierte el acto de contemplar en una experiencia de pérdida compartida. La propuesta de González-Torres conecta de manera íntima con la aceptación estoica del duelo y la transitoriedad de los afectos humanos. El artista abraza la desaparición física de su obra como muestra de saber soltar lo que ya no está.

'Untitled (Portrait of Ross in L.A.)' de Félix González-Torres

Podemos aplicar estrategias de desapego creativo al momento de inaugurar nuestras propias exposiciones, por ejemplo, al visitar nuestras obras como si fuéramos espectadores externos que observan el trabajo de un desconocido; esa distancia psicológica nos protege contra las críticas y los elogios desmedidos que circulan en las galerías. Además, los artistas experimentados entregan su producción al entorno físico y a la comunidad, y cortan cualquier lazo con el resultado material. Así se cierra un ciclo en el momento que soltamos las piezas para iniciar un nuevo proyecto.

La dicotomía del control define los límites de nuestra acción en el colectivo cultural. La selección de los materiales, la honestidad del concepto y las horas de estudio en el taller dependen exclusivamente del artista; las reseñas de la prensa, los premios y las ventas, en cambio, caen fuera de nuestro círculo de influencia. Al aceptar conscientemente esta separación entre el esfuerzo y el resultado, practicamos el estoicismo; y cuando concentramos nuestro interés en lo que podemos controlar, eliminamos bloqueos que sabotean el proceso creativo. De este modo, una postura estoica puede transformar la práctica artística.

Sin importar si hablamos de diamante incrustado en hueso o de un bodegón barroco, la madurez artística se revela cuando aceptamos que solo podemos hacernos cargo de nuestro proceso creativo. Las frutas podridas, las flores marchitas y los cráneos dejan de representar amenaza para convertirse en liberación. La certeza de la impermanencia nos libra de la pesada carga del orgullo, que suele entorpecer la experimentación creativa. Aprendamos a diseñar cada proyecto con entrega al presente, disfrutando del oficio por el simple placer de la creación. La historia del arte demuestra que el desapego genera las propuestas artísticas más genuinas.

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[1] Subgénero pictórico derivado del bodegón o naturaleza muerta, cuyo simbolismo refiere a la vacuidad de los placeres mundanos y a la brevedad de la vida.

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