
Con frecuencia encuentro personas que viven con el volumen emocional siempre a tope: todo las enoja, todo es un drama, todo las desborda. Una vez que pasa el arrebato prometen que la próxima vez será distinta, pero en el momento la reacción escapa de sus manos como si fueran incapaces de controlar sus propias emociones. En el habla mexicana, nos referimos a esa conducta como “intensear”; pero lo que sucede es que carecen de la capacidad de observar, evaluar y modificar sus reacciones emocionales. O sea, de autorregulación emocional.
Este es un tema complejo, largo de explicar y comúnmente relacionado con el desarrollo de la personalidad durante la niñez y la juventud. En este artículo, sin embargo, revisaremos a vuelo de pájaro en qué consiste esta capacidad, qué sucede cuando no se adquiere y algunos consejos para mejorarla.

Antes de continuar, es preciso aclarar que hasta hace poco se creía que las emociones son reacciones que obedecen a procesos psicológicos inevitables y completamente automáticos. Sin embargo, psicólogos como James Gross han desarrollado teorías donde las emociones se consideran respuestas biológicas a situaciones relevantes y operan en ciclos de cuatro fases: el contexto o la situación, la atención hacia una parte específica del contexto, la evaluación o interpretación de la situación y, finalmente, la respuesta en forma de emoción, con sus consecuencias fisiológicas y conductuales.
Por otro lado, existe un mecanismo que conecta nuestros pensamientos con las emociones que experimentamos. Es decir, no son los hechos lo que nos ponen tristes, alegres, furiosos o ansiosos, sino lo que pensamos acerca de ellos. Por eso mucha gente sugiere que si controlas tus pensamientos, entonces puedes controlar tus emociones; el problema es que no todas nuestras ideas surgen de forma consciente y por eso con frecuencia son los miedos, deseos, pulsiones y creencias inconscientes los que terminan dictando nuestras reacciones.
Con todo este contexto, entendemos mejor que la autorregulación emocional consiste en un manejo óptimo de las emociones en función de la situación o el contexto, así como en una capacidad que nos permite asimilar una vivencia estresante, desagradable o emocionalmente perturbadora al comprender que esta es pasajera, impersonal y controlable. Entonces, la autorregulación nos hace capaces de identificar lo que nos sucede —o sea, inteligencia intrapersonal—, monitorear su progreso e intervenir sobre él para que acabe integrándose.

En la niñez y la juventud, la falta de autorregulación emocional se manifiesta en niños y niñas que “hacen berrinche”, se tiran al suelo, rompen o arrojan objetos, aullan y patalean cuando no se salen con la suya; o bien, en la resolución de conflictos a partir del abuso, la intimidación y la violencia física o verbal. Estos niños y jóvenes suelen tener relaciones con compañeros y maestros basadas en el conflicto; pueden sufrir aislamiento, acoso o mobbing;[1] y son más propensos al abandono escolar. Al llegar a la vida adulta, no son pocos los casos en los que esta poca autorregulación deriva en trastornos psicológicos, promiscuidad, relaciones tóxicas, abuso de sustancias, endeudamiento excesivo y hasta problemas legales debidos a brotes de ira o actos violentos.
Si bien es muy difícil ejercer un control absoluto sobre los pensamientos —y, por ende, sobre las emociones—, algunas técnicas útiles pueden ayudar a tener una mejor gestión de nuestras emociones. Por ejemplo:
- Supresión de pensamientos: el famoso “piensa en otra cosa” que permite eludir emociones desagradables o dolorosas enfocando nuestra atención en otro asunto no relacionado. El problema es que el alivio que brinda es pasajero y a la larga la emoción termina desbordándose, con frecuencia en el contexto más inadecuado y sin mucha provocación.
- Reconsideración emocional: o sea, resignificar la vivencia considerando aspectos positivos que normalmente pasamos por alto. Como cuando resignificas el dolor de una ruptura amorosa reconsiderando las oportunidades que brinda tu libertad y tu soltería.
- Distanciamiento cognitivo: consiste en tomar una postura independiente y neutral frente al evento o situación para reducir su impacto mental. Implica un gran dominio interno al reenfocar nuestro estado emocional, calmarnos y pensar con objetividad qué tipo de respuesta queremos dar.

En nuestros tiempos, la autorregulación emocional se lleva a los extremos: en un lado están quienes creen que a través de la programación neurolingüística, los decretos y el “control de la mente” se pueden erradicar los pensamientos negativos que nos conducen a la tristeza, la ansiedad, la ira o la depresión; en el otro, muchas personas están convencidas de que “es mejor afuera que adentro” y con esa idea justifican todo tipo de arranques, rabietas, dramas, romances tormentosos, brotes de hostilidad, autocompasión constante y otras emociones nocivas.
La clave, creo, está en el equilibrio entre control y emoción, en la adaptación al contexto y la aceptación de que la vida no está bajo nuestro control. Los estoicos hablaban de imperturbabilidad o ataraxia: ser capaces de mantener la templanza, la paz mental y el balance emocional a pesar de las adversidades… y, también, de las grandes alegrías. Porque si bien hay que gestionar la ira ante un jefe abusivo para no “aventarle la chamba” en la cara y quedar desempleados, del mismo modo se debe regular el júbilo de ganar la lotería para que este no se desborde y, presos de una especie de “locura temporal”, malgastemos todo en lujos, caprichos, vicios y objetos inútiles.
Entonces, no es que haya emociones “positivas” y “negativas”; todo depende de qué decisiones tomemos a consecuencia de ellas y si benefician o perjudican a los demás o a nosotros mismos.

[1] Acoso laboral o escolar en el que el grupo completo o un conjunto de hostigadores producen miedo, terror, vergüenza o desánimo en colegas y compañeros. Proviene del inglés mob, ‘multitud, muchedumbre, populacho’.


