
Si alguien pregunta cuál es el sentido y propósito de la vida, muchos contestarán que es encontrar la felicidad. Cada quien podrá darnos una definición distinta de dicho estado, pero en general los humanos buscamos contar con suficientes satisfactores, un círculo social, relaciones personales y un sentido de logro para experimentar satisfacción interna. Pero, así las cosas, ¿es posible pensar en una fórmula para alcanzar la felicidad?
Luego de medio siglo de buscarle la cuadratura al círculo explorando diversas religiones, filosofías, doctrinas y escuelas del pensamiento, hace unos días concluí que la felicidad, como la concibo, puede resumirse en una breve fórmula:

Donde f es la felicidad, que resulta de la suma de la dicha del día a día (d3) y la aceptación de la realidad (ar), dividida entre la cantidad de condicionantes (c) que ponemos a nuestra propia felicidad. Ahora, analicemos cada uno de los elementos de esta ecuación.

d3: la dicha del día-a-día
A menudo pensamos que la felicidad radica en lo que yo llamo “experiencias pico”: acontecimientos como la boda, el nacimiento de una hija, la graduación universitaria, el cierre de una venta difícil, adquirir una casa, correr un maratón o hacer un viaje por Europa. Todo ello, sin duda, puede llenarnos de una alegría y satisfacción desbordantes; pero, siendo realistas, ¿cuántas oportunidades tendremos de experimentar sucesos con tal impacto a lo largo de una semana o de un mes?
En nuestra sociedad, existe cierta tendencia a tomar las horas hábiles de los días de la semana como una mera rutina, necesaria para sostener “la vida verdadera” que tiene lugar cuando terminamos nuestras obligaciones y salimos, nos divertimos, vemos a amigos o hacemos algo especial. Pero, si pones atención, existe una dicha profunda en las pequeñas cosas del día a día: el canto de los pájaros, tu café de la mañana, el saludo de la gente que encuentras a diario, el olor de la tierra después de la lluvia, los colores del cielo al atardecer o la mullida suavidad de la cama que sostiene y cobija tu sueño.
En la medida que logres generar y reconocer esta dicha cotidiana, tu felicidad dependerá menos de que sucedan cosas grandiosas o espectaculares. Piensa en las “experiencias pico” como si fueran idas a un restaurante: son muy agradables y producen placer, pero son ocasiones especiales y no puedes cifrar tu felicidad en cuántas veces a la semana puedes darte ese gusto; es más sensato, en cambio, aprender a cocinarte comida rica, sana y nutritiva, y disfrutarla todos los días. Así, la idea es nutrir tu vida diaria con pequeños bocados de dicha —que toman la forma de una bebida caliente, una conversación con un ser querido o un momento de gratitud por los dones recibidos— y disfrutarlos.

ar: aceptar la realidad
¿Te has fijado en cuánta gente parece estar esperando a que todo se resuelva y su vida sea perfecta para, solo entonces, ser feliz? Viven angustiados si no tienen trabajo, si tienen demasiado o si no les gusta el que tienen, lo mismo que si existe un trastorno de salud o un conflicto familiar, si terminaron una relación, si por su vida amorosa no pasan ni las moscas o si la mascota se lastimó una patita: siempre parece haber una buena razón para posponer la felicidad “hasta que pase el trance”. Pero cuando pasa —porque todo pasa—, su mente ya está absorta tratando de modificar una nueva circunstancia que se interpone entre ellos y la bendita felicidad, que parece alejarse cada vez que estamos a punto de alcanzarla.
Ser feliz cuando la vida te sonríe es fácil; pero sonreírle a la vida aun cuando ésta se pone áspera y ruda… no lo es tanto. Entonces, resulta tentador creer que la felicidad se encuentra detrás de la loma y que la hallaremos cuando sorteemos el penoso obstáculo; pero lo cierto es que la vida es como un lomerío donde a veces estamos en la cima y otras en los yermos valles, pero invariablemente escalamos o descendemos. Si asumimos esa parte de la realidad que no podemos cambiar, seremos menos vulnerables ante las inevitables volteretas de la existencia y nuestra felicidad será más sostenible.

–c: menos condicionantes
Por último, el volumen de felicidad que produces es inversamente proporcional a la cantidad de condicionantes que pones para aceptar que la felicidad ha llegado a tu vida y que a menudo se resumen en la idea: “solo cuando tal cosa suceda, entonces seré feliz”. Y dichas condicionantes pueden ser el éxito de un proyecto, un viaje a la playa, hacerte rico o famosa, encontrar el amor, casarte, ser madre o padre, estudiar en el extranjero, duplicar tus ingresos, comprar un auto nuevo, adelgazar, convertirte en “una persona exitosa” y un larguísimo etcétera.
Nada hay de malo en acariciar sueños, trazar objetivos, hacer planes y luchar por ellos. El problema empieza cuando cifras toda tu felicidad en conquistarlos, como si todo dependiera de tus acciones y decisiones, y pasas demasiado tiempo luchando, exhausto o frustrado por perseguir sin descanso la zanahoria que tú mismo colgaste frente a tus narices y que crees que, cuando finalmente la muerdas, te brindará la dicha duradera que buscas. Si disfrutas de todo el recorrido en lugar solo sentir satisfacción cuando cruzas la meta, estarás poniendo en práctica el principio de “amar lo que es”, aceptando y agradeciendo lo bueno que pasa en tu vida y no enfocándote en aquello que deseas, que no tienes… y que quizás nunca poseerás.

En su Teoría de la Relatividad Especial, Albert Einstein formuló que la energía equivale a la masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz (la famosa ecuación E=mc2); pero, hasta la fecha, nadie ha podido comprobarla empíricamente, pues una cosa es descubrir una fórmula y otra, muy distinta, ser capaz de llevarla al terreno práctico. Lo mismo sucede con mi breve fórmula, que es más o menos fácil de entender… pero muy difícil de aplicar.
Mi consejo: de nuevo, no esperes a que todo sea perfecto —incluyéndote a ti mismo— para empezar a contactar con la felicidad que ya existe en todo lo que haces día tras día. Poco a poco te darás cuenta de que el asunto no radica en conseguir lo que deseas o lo que te gusta, sino determinar con sabiduría qué es lo bueno para ti… y aprender a que te guste.



