
Hay niños a quienes nunca les preguntaron qué querían ser de grandes; los adultos decidieron por ellos. Cuando un chico o una pequeña demuestra una inteligencia superior al promedio o destaca en las matemáticas, los deportes, el dibujo, el baile o lo que sea, padres y maestros a menudo sentencian: “Va a llegar muy lejos”, “Esta niña va a cambiar el mundo” o “Es un superdotado”. Así, ser el inteligente del salón o la promesa de la familia se convierte en una especie de contrato que nos obliga a la grandeza, el cual firmamos cuando todavía no sabemos quiénes somos y a qué venimos a esta vida.
Con el paso del tiempo, a menudo sucede que aquel “joven promesa” o aquella “primera licenciada en la familia” no gana una beca para estudiar en el extranjero, no ocupa una posición importante en un corporativo, nunca se convirtió en un pintor famoso o en una científica reconocida, no tiene una mansión ni autos de lujo, y batalla para llegar al fin de la quincena. En resumen, lleva una vida muy distinta a la del personaje que otros pensaron que llegaría a ser; pero, entonces, puede suceder que se pregunte: ¿habré desperdiciado todo mi potencial?, ¿qué pasó con esa persona que iba a llegar a ser?

Para ofrecer una respuesta a estas interrogantes, pensemos un poco en nuestras nociones sobre “el potencial”. Al hablar de desarrollo infantil, por lo general el potencial se infiere a partir de una imagen puntual y trazando una línea imaginaria que proyecta ese rendimiento hacia un futuro lejano. Así, el niño brillante que “saca dieces” a los doce años necesariamente se convertirá en un adulto exitoso a los treinta, de igual forma que la mejor alumna en la clase de biología llegará a ser directora de un instituto de investigaciones.
Pero todos sabemos que el curso de una vida no viene predeterminado por una fortaleza inicial o una aptitud temprana, sino por una mezcla caótica de habilidades, oportunidades, personalidad, criterio, salud, recursos y circunstancias ajenas a nuestra elección como la clase social, la red de contactos y si nuestros padres se dedican a lo mismo que nosotros. Cada elemento altera lo que sucede a continuación, lo que a su vez determina las opciones, los obstáculos y las oportunidades posteriores. Estos efectos se acumulan a lo largo de la vida, haciendo imposible trazar de antemano su trayectoria.

Decirles a los niños que “tienen potencial” o que “llegarán muy lejos”, en general, tiene el propósito de motivarlos y fomentar el esfuerzo. Pero es muy diferente decir: “Puedes mejorar”, que: “Estás destinado a ser extraordinario”. Este tipo de elogios exagerados pueden llevar a los niños a verse a sí mismos como excepcionales, en lugar de simplemente como personas valoradas y con talentos específicos; así, dicha confusión a menudo deriva en personas narcisistas que, paradójicamente, viven siempre insatisfechas por no haber cristalizado ese futuro brillante que estaba destinado para ellas.
En ese estado, el individuo se somete a un examen interno: ¿me esforcé lo suficiente? ¿Tuve “mentalidad ganadora”? ¿Debí haber emprendido de otra forma, cambiar de rutina, adoptar a un life coach o leer un libro de autoayuda que me ayudara a liberarme de eso que me está frenando en la vida? Entonces, con frecuencia señalan una educación deficiente, una familia disfuncional, un sistema social injusto o sus propios traumas como causas de no haber levantado el vuelo hacia la grandeza. Pero una pregunta que casi nadie se hace es: ¿quién decidió, cuando teníamos seis, ocho o diez años, cuál era nuestro potencial?
Para empezar a salir de ese callejón sin salida, podemos redefinir el potencial como “la posibilidad de lograr algo impresionante, dada una indeterminada combinación de esfuerzo, oportunidades y buena fortuna”. Pero lo más importante, quizás, es dejar de comparar nuestra realidad adulta, construida con décadas de decisiones y esfuerzos, con ese futuro idealizado que alguien más imaginó para nosotros y nos inoculó en la mente, como si fuera un virus.

En otras palabras, de seguro a mamá le habría gustado verme convertido en un respetado neurocirujano que opera en hospitales privados, viste como maniquí francés y maneja un deportivo de lujo; pero ese futuro que imaginó para mí cuando vio mis boletas llenas de dieces no debería obligarme, ni a mí ni a nadie, a empeñar mi vida en cumplir un sueño ajeno que muchas veces parece más una fantasía que un pronóstico basado en realidades.
Tampoco son sanas las comparaciones con otras personas “más exitosas”, algo difícil de lograr en estos momentos tan contaminados por las redes sociales, que premian la apariencia, ni es conveniente pensar que nuestra vida es como un proyecto o un experimento que puede ser exitoso o fallido. ¿Debemos, entonces, caer en el nihilismo y dejar que todo suceda como nos sople el viento?
Más bien, hablo de una recalibración de expectativas, que no significa elevar ni rebajar los estándares con los que te evalúas, sino elegirlos de forma consciente, con conocimiento de tus fortalezas, limitaciones, recursos, responsabilidades y valores. Entonces, es dejar de preguntarnos qué debería haber logrado ya alguien “con mi potencial” y, en lugar de esto, plantearnos: dada la persona que soy y la vida que tengo, ¿qué puedo esperar razonablemente de mí mismo? ¿Hacia qué objetivo trabajo, cuál es mi código de conducta y qué legado dejaré?

Al hacerlo, quizá concluyas que, después de todo, no estuviste desperdiciando todo tu potencial; tal vez simplemente dejaste atrás una predicción halagadora e impulsada por el amor que, sin embargo, se basaba en datos insuficientes…



