Tres acciones comunes que revelan una baja autoestima

Tres acciones comunes que revelan una baja autoestima
Rafael Pérez-Vázquez

Rafael Pérez-Vázquez

Si analizamos la palabra autoestima, veremos que deriva del verbo estimar y este, a su vez, proviene del latín aestimare, que significa “poner un precio a algo”. Desde esa perspectiva, una baja autoestima equivale a ponernos un precio muy barato; es decir, a depreciar y minimizar nuestro valor personal, ya sea por una modestia patológica, inculcada o adquirida, o por una creencia profunda —a veces bien disimulada— de que no somos lo suficiente y, por lo tanto, debemos esforzarnos para llegar a ser “nuestra mejor versión”.

Esta depreciación no solo tiene que ver con pensamientos y emociones; también se refleja en microdecisiones y en acciones comunes que, aunque aparentan ser inofensivas, revelan la baja autoestima de una persona. Aquí van tres ejemplos mencionados constantemente en fuentes médicas:

No comer bien ni a tus horas

Cada día conozco más gente que, al programar y llevar a cabo sus actividades diarias, pone en el último lugar de prioridades su propia alimentación: nunca tienen tiempo de hacer el súper ni mucho menos de ponerse a cocinar y, por eso, con frecuencia su refrigerador está vacío, salen de casa con solo un café en el estómago, pasan la mayor parte del día “picando” comiditas o antojitos, y al llegar a casa, están tan cansados que omiten la cena.

Poniéndonos muy biológicos, nuestro cuerpo es un organismo que, como una maquinaria, sí o sí necesita obtener nutrientes de los alimentos para funcionar. No comer bien ni a las horas adecuadas es como querer que un auto llegue a su destino sin ponerle gasolina y, en el fondo, esta acción revela dos cosas: que no otorgas la prioridad suficiente a tu bienestar y que, para ti, son más importantes las exigencias, demandas y necesidades de otras personas.

No comer bien ni a tus horas
Sacrificarte siempre

Tengo una amiga que siempre está dispuesta a sacrificarse. Y no me refiero a que vaya a lanzarse de lo alto de una pirámide para salvar al Quinto Sol, sino a que es de las personas que se ofrecen a recoger y llevar en su auto a gente que ni siquiera se lo pide, que son capaces de estar a las tres de la mañana en el aeropuerto para recoger a una amiga o de viajar a otra ciudad solo para cuidar a la perrita de su prima; y, desde luego, todo el mundo le pide favores, dinero prestado y ayuda incondicional, pero misteriosamente todos desaparecen cuando mi amiga está en problemas.

Todo esto nada tendría de malo si la raíz profunda fuera el gusto por ayudar a los demás, no una casi patológica necesidad de agradar y de sentirse necesaria y apreciada por otros. ¿Y cómo se distingue la diferencia? En el primer caso, los límites entre el propio bienestar y el altruismo son claros, y el segundo casi siempre nos lleva a caer en las garras de un abusivo o de una aprovechada, o de ambos. Como decía mamá: “En la vida hay que ser héroes, pero no mártires”.

Sacrificarte siempre
No decir lo que piensas

Hagamos una distinción entre la prudencia —que es la virtud de prever las consecuencias de nuestros actos a corto, mediano y largo plazos— y la represión, que consiste en evitar expresar o comunicar nuestras ideas, emociones o necesidades, no por prudencia sino por no causar molestias, por evitar conflictos que más valdría encarar o por la nociva creencia de que nuestra opinión tiene poco valor y es mejor reservarla para nosotros.

En el otro extremo está la gente que solo sabe hablar de sí misma y acapara cualquier conversación, así como aquella que “no tiene filtro” y dice todo lo que le viene a la mente, sin importar si incomoda, lastima o perjudica a los demás. ¿Cómo hallar el justo medio? Un buen rasero nos lo ofrecen los budistas, quienes predican que, antes de decir algo, debemos evaluar si es bueno, si es positivo y si es necesario y, si no cumple con los tres requisitos, mejor no lo digamos.

Pongo un ejemplo práctico: no es bueno ni positivo decirle a nuestra vecina que su gusto musical nos parece espantoso; pero, si nos despierta a las tres de la mañana con los gritos de Amanda Miguel, sí será necesario tocar su puerta para pedirle, amablemente, que le baje. Aunque se enoje

No decir lo que piensas
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