
Alguien que lea esta pregunta de prisa quizá podría pensar que los dos conceptos se refieren a lo mismo y que son sinónimos prácticamente intercambiables. El placer es placentero, valga la redundancia, nos hace sentir bien y, en esta cultura de consumo impulsado por la publicidad y la tecnología, podemos pensar que las sensaciones gratificantes son la materia con que está hecha la felicidad. Pero, ¿cuál es la diferencia real entre sentirte bien y sentir placer?
Para ir desenredando la madeja, vayamos en orden inverso. Hablando del placer, éste se define en el diccionario como la “sensación o emoción agradable que se tiene cuando se satisface una necesidad o un deseo”, pero creo que esa noción se queda corta, pues no incluye el placer de ser sorprendido por una puesta de sol o de terminar de leer una novela que nos ha fascinado. Más completa me parece la definición que brinda la neurociencia: el placer es un proceso psicológico, fisiológico y neurológico que deriva de una sensación positiva, subjetiva y asociada a una recompensa.

Una vez establecido el mecanismo de recompensa, la neurociencia del placer distingue tres fases o componentes: el deseo (motivación), fase anticipatoria que te lleva a buscar la recompensa; el gusto (consumación) o instante preciso del disfrute; y el aprendizaje (cognición), cuando contrastas la experiencia con tus expectativas y, si las cumple o las supera, los neurotransmisores refuerzan el recuerdo que, al cumplirse el ciclo, te llevará de nuevo al componente uno. Y ese es justamente la desventaja que tiene el placer en todo esto; ya volveremos a ello.
Sentirse bien, en cambio, tiene que ver con el bienestar, que es el “buen estado físico y mental de una persona […] o la sensación que se tiene de que así ocurre”. Podríamos decir, entonces, que sentirse bien tiene una parte objetiva y medible con evaluaciones clínicas o psicológicas precisas del estado de nuestra salud, y una parte subjetiva que dependerá de que la perspectiva u opinión personal del individuo confirme lo que dicen las evaluaciones médicas.
Otra forma de sentirse bien es, aunque suene a sermón del domingo, portándonse bien. Dicho en palabras menos piadosas, me refiero a cumplir compromisos y objetivos, saldar deudas que pueden convertirse en un problema, no incurrir en mentiras —porque el hecho está mal y porque pueden ser descubiertas—, no abusar de la gente y, si es posible, ayudar a quien lo necesite. Todo eso, seamos ateos recalcitrantes o guadalupanos devotos, sin duda aligerará la carga de nuestra conciencia.

Y aquí entra un matiz interesante del asunto: portarse bien también implica comer bien. Y me detengo en este tema de la comida porque me ayuda a ilustrar perfectamente el punto que quiero plantear con este artículo: en tu vida, ¿qué prefieres: la comida que te hace bien o la comida que sabe rico?
Pausa dramática.
Si somos sinceros, a menos que seamos macrobióticos, nutriólogos o deportistas que cuidan en extremo su alimentación, la mayoría de nosotros prefiere la comida sabrosa, caliente, picosa y grasosa, y con frecuencia caemos en los “pecados” de las grasas saturadas, las harinas blancas y el azúcar refinada, que son muy difíciles de dejar por la sencilla razón de que son muy placenteras.Y aquí está el meollo del asunto: lo que te hace sentir bien no necesariamente es placentero y lo que causa placer rara vez te hará sentir bien a la larga.
Comernos un litro de helado, una pancita en la noche o el pastel entero de una sentada sin duda es muy placentero, pero el sentido común nos dice que si se vuelve costumbre tendrá secuelas desastrosas contra nuestra salud. Lo mismo pasa con las parrandas de la vida nocturna, las apuestas de los ludópatas y las drogas legales como la nicotina o el alcohol —y ni hablar de otras, fuera de la ley—: brindan un “subidón” agradable que nos hace pedir más, pero al día siguiente la resaca física y moral se impone, casi como una sentencia moral.

En sentido contrario, levantarte a las seis en una fría mañana de invierno para enfundarte en unos pants y salir a hacer ejercicio a muchos les suena casi como un suplicio, lo mismo que una inyección de penicilina para combatir una infección, el taladro del dentista que horada una muela con caries o tres años de sesiones psicoanalíticas. Pero toda vez que pasa el esfuerzo, la incomodidad, el dolor y las ganas de botarlo todo, los beneficios son extraordinarios.
Volviendo al cuestionamiento del principio, que refraseo y preciso: ¿a qué le das prioridad: a lo que te proporciona placer momentáneo o lo que te resulta benéfico a la larga? Y más aún: ¿cuántas veces has sacrificado o puesto en riesgo tu bienestar a largo plazo por una sensación placentera?
En nuestra época, una multitud de placeres está al alcance de un clic, de un swipe o de una transacción digital sin contacto; pero, como dije líneas arriba, el placer opera en ciclos, la satisfacción es pasajera, enseguida deseamos más y fácilmente caemos en círculos viciosos que después nos traerán malestares. La idea que pongo en la mesa es simple: casi todo lo que vale la pena en esta vida implica renunciar al placer, aunque sea por un momento. No todo lo que se siente bien es bueno para ti y no todo lo que es bueno para ti es placentero al principio; entenderlo toma tiempo, pero ignorarlo… suele salir muy caro.



