
Me gusta pensar que existen historias dentro de otras historias; algunas terminan convertidas en secretos o excluidas de las narrativas populares por circunstancias, pero no por ello resultan menos interesantes. Esto ocurre también en urbes como la Ciudad de México, la cual aún guarda capítulos que no aparecen en placas conmemorativas ni en videos de TikTok, y parecen estar escondidos en la memoria de unos pocos o, bien, tras la fachada de una antigua casona porfiriana.
La colonia Roma está llena de ese tipo de historias. Desde hace algunos años, el barrio es famoso por sus bares, cafés, restaurantes, galerías, librerías y edificios restaurados, pero a mitad del siglo pasado “la Roma” fue refugio de escritores que llegaron buscando algo difícil de encontrar en su país…

Edificio Balmori, ubicado sobre la avenida Álvaro Obregón.
Para ese grupo de almas libres, México no fue solamente un destino cercano al otro lado de la frontera: era un espacio donde podían pasar desapercibidos, vivir con menos dinero, experimentar nuevas formas de escribir y alejarse, aunque fuera por un tiempo, de las normas sociales que rechazaban. En ese mapa artístico, la Roma fue el escenario de una historia que cambiaría de tajo la literatura del siglo XX: la Generación Beat.
¿Quiénes fueron los Beat?
La Generación Beat —también llamados beatniks— fue un movimiento literario y cultural formado por jóvenes escritores estadounidenses que rechazaban valores de la sociedad estadounidense como el protestantismo, el capitalismo y el progreso económico. Mientras en su país se celebraba el “American Dream” como sinónimo del éxito material, ellos hablaban de soledad, espiritualidad, sexo, viajes, adicciones, jazz y libertad.
Los principales autores del Beat fueron William S. Burroughs, Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Neal Cassady y Gregory Corso. Cada uno tenía su estilo, pero todos coincidían en que la literatura debía sentirse viva y por eso rompieron muchas reglas: en lugar de construir historias perfectamente ordenadas, preferían escribir siguiendo el flujo de la conciencia; los diálogos sonaban coloquiales, los personajes eran individuos comunes y corrientes, y a menudo los autores protagonizaban sus relatos. Los Beat no escribían para ofrecer respuestas, sino para registrar la experiencia humana de la forma más real posible.

Jack Kerouac y el manuscrito en rollo de On the Road.
Burroughs halló algo más que una ciudad
Si existe un nombre inseparable de la colonia Roma, ese es el de William S. Burroughs, quien llegó a la Ciudad de México en 1949 buscando dejar atrás los problemas legales que enfrentaba en Estados Unidos por su consumo de opio y, en lugar de eso, halló una ciudad que le permitió vivir libremente… al menos por un rato. Rentó varios departamentos en la Roma y convirtió el barrio en el marco de su vida cotidiana, disimulando su presencia entre la multitud y con una sensación de anonimato que se sentía como una oportunidad de empezar de nuevo.

William S. Burroughs disfrutando de su cumpleaños 70.
Su novela Queer —escrita entre 1951 y 1953, aunque publicada hasta 1985— retrata a un hombre perdido y que busca afecto mientras deambula por una Ciudad de México que aparece llena de hoteles, cantinas y calles, donde el narrador siempre está de paso. Más que una guía turística de la ciudad, esta obra es el retrato de alguien que nunca termina de encontrar su lugar. Aunque rara vez es descrita de forma directa, la Roma aparece entre guiños, personajes y recorridos: calles como Orizaba, Monterrey o Chiapas eran parte de los trayectos habituales de Burroughs, aunque también recorría plazas como la Plaza Luis Cabrera, el lugar común para él y sus contemporáneos, donde se reunían para buscar la inspiración conversando, fumando marihuana, bebiendo alcohol e inyectándose heroína.
La Roma no se retrata solo como un escenario físico; en cambio, se transforma en una atmósfera y un personaje. En las páginas de Burroughs siempre prevalece la sensación de estar caminando sin rumbo fijo mientras la ciudad observa en silencio. Ese recurso también puede encontrarse en otros autores de este mismo grupo, pues viajar nunca solamente consistía en un desplazamiento geográfico: era una forma de explorar la mente.
Pero la historia de Burroughs también tuvo un lado trágico. Durante una noche de excesos en su departamento ubicado en la calle de Monterrey, Burroughs quiso jugar a ser Guillermo Tell, así que puso un vaso en la cabeza de su esposa Joan Vollmer y le disparó… dándole justo en la frente. Joan murió al instante y, luego de sobornar a las autoridades, para librar a la justicia mexicana y una condena por homicidio Bill tuvo que huir de nueva cuenta, esta vez de regreso a los Estados Unidos.

Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Gregory Corso y los hermanos Orlovsky en la Plaza Luis Cabrera, 1956.
Los otros Beat en México
Aunque Jack Kerouac pasó menos tiempo en México que Burroughs, el país dejó una huella profunda en su obra. Por ejemplo, en su novela On the Road (1957), los protagonistas —que no son sino el propio Jack y Neal Cassady— cruzan la frontera convencidos de que al sur existe una realidad distinta; México, entonces, simboliza la posibilidad de eludir las reglas sociales y experimentar una vida más descocada. Dos años más tarde, escribió Mexico City Blues, un largo poema de 242 estrofas donde el ritmo y la improvisación del jazz, y las experiencias vividas en la capital mexicana, se entremezclan constantemente.
Por su parte, Allen Ginsberg revolucionó la poesía con una voz completamente distinta. En su poema Howl —Aullido— (1956), retrató a personas marginadas, artistas, poetas, radicales políticos, músicos de jazz, drogadictos y pacientes de hospitales psiquiátricos, que no encuentran un lugar dentro de la sociedad estadounidense y él resume en la desgarradora línea inicial: “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura…”.
La suya no era la provocación sin sentido; por el contrario, Ginsberg quería mostrar de forma descarnada aquello que los demás preferían ignorar. En él, la influencia de México fue menos marcada que en Burroughs, pero compartían la idea de que viajar ayudaba a romper las barreras culturales y personales que limitaban la creación artística.

Allen Ginsberg.
La Roma conserva esa memoria
Resulta difícil creer que las mismas calles y plazas donde los nómadas digitales del siglo XXI hoy beben smoothies, pasean a sus Chihuahua o visitan librerías fueron el escenario de uno de los movimientos literarios más influyentes del siglo XX. Muchos edificios ya no existen, otros se remodelaron y unos más tienen un uso distinto; sin embargo, en ellos permanece algo invisible: la idea de que una ciudad puede ser cómplice de quien busca escribir una historia totalmente diferente.



