
Hace unas semanas, este humilde sombrerero sucumbió a uno de esos impulsos que los psicólogos identifican con las “crisis de edad madura”. Pero no, no compré un auto deportivo ni estoy saliendo con una veinteañera; solo me regalé una guitarra texana acústica. Y cuento este desliz porque me sorprende que mi mano izquierda aún recuerde los acordes y que de nuevo pueda leer la notación con facilidad, luego de treinta y tantos años de no tocar. Ahora sé que eso, como conducir un auto o andar en bicicleta, es algo llamado memoria corporal.
Este tipo de recuerdos son un tipo de memoria inconsciente a largo plazo en la que una persona puede recordar algo sin tener que pensar. Es decir, no existe una conciencia directa y deliberada de ello; simplemente lo haces. Analicemos este fenómeno y averigüemos por qué “lo que bien se aprende, nunca se olvida”.

Un artículo de Scientific American lo explica de forma sencilla: la memoria a largo plazo se divide en dos tipos, declarativa y procedimental. La declarativa, a su vez, se divide en: recuerdos de experiencias, como el día cuando empezamos la escuela, que constituyen la memoria episódica y son nuestra interpretación de un acontecimiento que tuvo lugar; y conocimiento de datos y hechos, como el número telefónico de la casa de tus padres o el nombre de la capital de Francia, que forman parte de la memoria semántica.
Estos dos tipos de memoria declarativa tienen algo en común: somos conscientes del conocimiento y podemos comunicar el recuerdo a los demás. En contraste, habilidades como tocar la guitarra, nadar o andar en bicicleta se asientan en un sistema distinto, denominado memoria procedimental. Este tipo de memoria, como su nombre indica, es la responsable de la ejecución de acciones y una de sus características es que resulta ser más duradera y resistente al trauma y al paso del tiempo que el conocimiento explícito. ¿Cómo explicar, si no, que pueda pasar horas tratando de recordar una contraseña que establecí hace apenas dos semanas y que, en cambio, vea una G y de inmediato recuerde que es sol mayor y dónde deben ir mis dedos en la sexta, quinta y primera cuerdas?

Un ingrediente crucial del porqué podemos colgar la bicicleta o la guitarra durante décadas y, el día menos pensado, retomarlas como si nada, tiene que ver con la zona del cerebro donde se almacenan dichos recuerdos. Sin embargo, no existe consenso científico: en Harvard, por ejemplo, afirman que el cerebelo juega un rol clave en la formación de recuerdos procedimentales de largo plazo; mientras que en el citado artículo de Sci-Am, Boris Suchan, de la Universidad Ruhr de Bochum, los ubica en los ganglios basales ubicados en el centro del cerebro, bien protegidos de ser borrados por la neurogénesis de la corteza.
Como sea, hay dos aspectos interesantes acerca de estos recuerdos procedimentales. Uno es la cuestión de por qué hay ciertas habilidades físicas que sí se “extinguen”[1] con el tiempo y otras no. Una teoría apunta a que, evolutivamente, algunas conductas son ventajosas para la supervivencia, como saber nadar; o, como en el caso de “andar en bici”, fueron internalizadas mediante el intenso refuerzo negativo del dolor de una caída o un hueso roto.

El otro aspecto es la posibilidad de que estos conocimientos y recuerdos procedimentales puedan heredarse genéticamente y no por imitación. Tengo un ejemplo cercano: como siempre he llevado el pelo corto y mis orejas son grandes, delgadas y flexibles, adquirí la maña de, en tiempo de frío, plegar la hélice —o sea, la parte superior y externa— y “guardarla” dentro de la oreja para protegerla del aire helado; lo asombroso es que ese mismo movimiento, desarrollado y depurado por mí a lo largo de décadas, quedó registrado en uno de los ultrasonidos que le hicimos a mi primogénita a los siete meses de gestación.
Desde luego, no se ha registrado ni un solo caso de alguien que haya heredado de su padre o madre biológicos la habilidad innata de tocar el violín, pintar una acuarela, programar en JavaScript o cerrar una venta millonaria, pero los científicos admiten que sí se puede heredar cierta predisposición a algunas conductas o rasgos de personalidad. Esto abre el debate sobre si los hijos de criminales, por ejemplo, estarían genéticamente inclinados a la violencia o si más bien es el entorno lo que detona el surgimiento de dichas conductas.
Volviendo a temas más alentadores, la reciente experiencia con mis recuerdos procedimentales ha alimentado el deseo de restaurar otras habilidades que tengo totalmente oxidadas, como el dibujo —en el que en verdad era bueno— y, desde luego, andar en bicicleta. Ya compré material para el urban skteching y ya le eché el ojo a una estación de Ecobici, así como a ciertos rincones por los que es poco probable que te echen el carro encima. Pronto les estaré contando…


[1] En psicología del comportamiento, la “extinción” de una habilidad sucede cuando se interrumpe el refuerzo de dicha conducta y la frecuencia de la misma disminuye gradualmente hasta que la habilidad se pierde.


