
Si analizamos la palabra autoestima, veremos que deriva del verbo estimar y este, a su vez, proviene del latín aestimare, que significa “poner un precio a algo”. Desde esa perspectiva, una baja autoestima equivale a ponernos un precio muy barato; es decir, a depreciar y minimizar nuestro valor personal, ya sea por una modestia patológica, inculcada o adquirida, o por una creencia profunda —a veces bien disimulada— de que no somos lo suficiente y, por lo tanto, debemos esforzarnos para llegar a ser “nuestra mejor versión”.
Esta depreciación no solo tiene que ver con pensamientos y emociones; también se refleja en microdecisiones y en acciones comunes que, aunque aparentan ser inofensivas, revelan la baja autoestima de una persona. Aquí van tres ejemplos mencionados constantemente en fuentes médicas:
No comer bien ni a tus horas
Cada día conozco más gente que, al programar y llevar a cabo sus actividades diarias, pone en el último lugar de prioridades su propia alimentación: nunca tienen tiempo de hacer el súper ni mucho menos de ponerse a cocinar y, por eso, con frecuencia su refrigerador está vacío, salen de casa con solo un café en el estómago, pasan la mayor parte del día “picando” comiditas o antojitos, y al llegar a casa, están tan cansados que omiten la cena.
Poniéndonos muy biológicos, nuestro cuerpo es un organismo que, como una maquinaria, sí o sí necesita obtener nutrientes de los alimentos para funcionar. No comer bien ni a las horas adecuadas es como querer que un auto llegue a su destino sin ponerle gasolina y, en el fondo, esta acción revela dos cosas: que no otorgas la prioridad suficiente a tu bienestar y que, para ti, son más importantes las exigencias, demandas y necesidades de otras personas.

Sacrificarte siempre
Tengo una amiga que siempre está dispuesta a sacrificarse. Y no me refiero a que vaya a lanzarse de lo alto de una pirámide para salvar al Quinto Sol, sino a que es de las personas que se ofrecen a recoger y llevar en su auto a gente que ni siquiera se lo pide, que son capaces de estar a las tres de la mañana en el aeropuerto para recoger a una amiga o de viajar a otra ciudad solo para cuidar a la perrita de su prima; y, desde luego, todo el mundo le pide favores, dinero prestado y ayuda incondicional, pero misteriosamente todos desaparecen cuando mi amiga está en problemas.
Todo esto nada tendría de malo si la raíz profunda fuera el gusto por ayudar a los demás, no una casi patológica necesidad de agradar y de sentirse necesaria y apreciada por otros. ¿Y cómo se distingue la diferencia? En el primer caso, los límites entre el propio bienestar y el altruismo son claros, y el segundo casi siempre nos lleva a caer en las garras de un abusivo o de una aprovechada, o de ambos. Como decía mamá: “En la vida hay que ser héroes, pero no mártires”.

No decir lo que piensas
Hagamos una distinción entre la prudencia —que es la virtud de prever las consecuencias de nuestros actos a corto, mediano y largo plazos— y la represión, que consiste en evitar expresar o comunicar nuestras ideas, emociones o necesidades, no por prudencia sino por no causar molestias, por evitar conflictos que más valdría encarar o por la nociva creencia de que nuestra opinión tiene poco valor y es mejor reservarla para nosotros.
En el otro extremo está la gente que solo sabe hablar de sí misma y acapara cualquier conversación, así como aquella que “no tiene filtro” y dice todo lo que le viene a la mente, sin importar si incomoda, lastima o perjudica a los demás. ¿Cómo hallar el justo medio? Un buen rasero nos lo ofrecen los budistas, quienes predican que, antes de decir algo, debemos evaluar si es bueno, si es positivo y si es necesario y, si no cumple con los tres requisitos, mejor no lo digamos.
Pongo un ejemplo práctico: no es bueno ni positivo decirle a nuestra vecina que su gusto musical nos parece espantoso; pero, si nos despierta a las tres de la mañana con los gritos de Amanda Miguel, sí será necesario tocar su puerta para pedirle, amablemente, que le baje. Aunque se enoje…




