Muralismo mexicano… antes de “Los Tres Grandes”

Muralismo mexicano... antes de “Los Tres Grandes”
Francisco Masse

Francisco Masse

Dentro de la historia de las artes plásticas, cuando uno menciona al muralismo mexicano casi siempre la memoria y la atención se dirigen hacia la tercia de pintores conocidos como “Los Tres Grandes”; o sea, Diego Rivera, que engalanó las paredes de la Secretaría de Educación Pública; David Alfaro Siqueiros, cuyas perspectivas audaces y colores brillantes pueden admirarse en el Palacio de Bellas Artes; y José Clemente Orozco, que plasmó a su hombre de fuego en la cúpula del Hospicio Cabañas, de Guadalajara.

Además de ellos, no podemos olvidar a Rufino Tamayo, Fernando Leal, Juan O’Gorman, Jorge González Camarena y a la muralista Aurora Reyes, cuyo carácter más allá del arte es digno de un artículo. Pero, a pesar de la grandeza de estos pintores, a menudo olvidamos que este arte público y monumental tiene unas raíces tan hondas que llegan hasta nuestro pasado prehispánico, el cual fue —de hecho— la inspiración de estos muralistas del siglo XX. Conozcamos los tres ejemplos más representativos.

Bonampak, Chis.

Esta zona arqueológica se encuentra en la Selva Lacandona de Chiapas y es famosa por sus extensas pinturas murales, las más representativas y mejor conservadas de la civilización maya, plasmadas en el llamado Templo de los Murales de la Estructura I. Su hallazgo se debió al arqueólogo estadounidense Giles Healy, quien fue guiado a ellas por el lacandón Chan Bor en 1946; por su excelente estado de conservación, sus imágenes han permitido descifrar muchos aspectos rituales, bélicos y culturales de los mayas.

Las pinturas se dividen en tres cuartos. En el primero, la temática central es la presentación del heredero al trono de la ciudad; las del Cuarto 2 son las más relevantes y muestran dos escenas: una cruenta batalla contra reinos rivales y el posterior enjuiciamiento de prisioneros vencidos, mutilados y sometidos a tortura —algo que podría escandalizar a quienes idealizan a los mayas como “una civilización muy avanzada”—; finalmente, las imágenes del Cuarto 3 plasman una celebración, muy probablemente motivada por la victoria militar antes descrita.

Danzantes tocando instrumentos; Bonampak, Chiapas
Mural del Edificio 1 o Templo de las pinturas; Bonampak, Chiapas
Cacaxtla, Tlax.

La historia nos dice que, en 1975, los pobladores de San Miguel del Milagro, Tlaxcala, mientras labraban la tierra accidentalmente descubrieron parte de una pintura mural que plasmaba el rostro de lo que hoy es denominado un “Hombre-pájaro”. Este hallazgo dio pie a excavaciones arqueológicas que revelaron Cacaxtla, un importante complejo ceremonial prehispánico cuya relevancia se enfatiza por la presencia de murales con más de mil años de antigüedad y que se preservan en muy buen estado.

Estas pinturas fueron halladas en el área conocida como Gran Basamento, dentro de edificaciones conocidas como El Palacio, El Templo Rojo y el Templo de Venus, donde se localizaron las más antiguas del conjunto. El más destacado es el conocido como Mural de la Batalla, que muestra a dos grupos en combate, uno dominante y uno sometido. También son dignos de mención el Hombre-Jaguar y el ya citado Hombre-pájaro, plasmados en las entradas de un cuarto doble. La mayoría de ellos usan cinco colores: rojo óxido, amarillo ocre, azul maya, negro de humo y el blanco de la cal, obtenidos de minerales de la zona.

Mural de batalla; Cacaxtla, Tlaxcala
Gobernante con atuendo de jaguar; Cacaxtla, Tlaxcala
Teotihuacan, Edo. de Méx.

En lo personal, me resulta tremendamente paradójico que, siendo esta una de las ciudades más pobladas del México antiguo y una de las zonas arqueológicas más visitadas del país —con dos de los basamentos piramidales más emblemáticos, las pirámides del Sol y de la Luna—, sepamos tan poco de sus pobladores. Porque lo cierto es que ignoramos incluso cómo se llamaban a sí mismos y cómo bautizaron a la “ciudad de los dioses”, un sobrenombre que a posteriori le impusieron los mexicas cuando la hallaron abandonada y, ante su magnificencia, supusieron que había sido construida por gigantes… o por los mismísimos dioses, que ahí presenciaron el nacimiento del Quinto Sol.

Pero no nos desviemos. El Instituto Nacional de Antropología nos dice que Teotihuacan fue una urbe de casi 25 kilómetros cuadrados de construcciones en piedra, que incluyó dos mil conjuntos habitacionales, tales como Atetelco, Tetitla y Tepantitla, donde se han encontrado las más destacadas muestras de pintura mural teotihuacana. Esta forma de arte colectivo no era meramente ornamental, sino que formaba parte de una cosmovisión; es decir, de la forma en que este pueblo antiguo entendía la naturaleza, el cosmos y su lugar en él.

Tlalocan (detalle); Teotihuacan, Edo. de México

(Cortesía Visita Teotihuacan /INAH)

Tlalocan; Teotihuacan, Edo. de México

Entre los murales teotihuacanos más destacados está el famoso Tlalocan o paraíso del dios Tláloc, hallado en el conjunto de Tepantitla. Se trata de una pintura mural policroma aplicada sobre una base de estuco, principalmente pintada de rojo, color asociado a la sangre y la vida; al centro de esta se encuentra una deidad principal, identificada como el propio Tláloc o como su esposa, la diosa Chalchiuhtlicue, patrona de los lagos y ríos. Para apreciar este mural in situ, hay que desplazarse unos diez minutos de la zona arqueológica principal y, ya que estamos ahí, también vale la pena darse la vuelta por el Museo de Murales Teotihuacanos “Beatriz de la Fuente”, a las orillas de la zona arqueológica. O bien, podemos admirar la réplica que se exhibe en la Sala Teotihuacán del Museo Nacional de Antropología, en la Ciudad de México.

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