
Hace poco, alguien me preguntó qué es lo que más disfruto hacer en la vida. Una pregunta amplia, compleja y larga de contestar, así que tomé tiempo para pensar la respuesta. Desde luego, surgieron en mi mente artes como la música o la literatura, deleites mundanos como la comida o un buen vino —y ni hablemos de los llamados “placeres de la carne”—, o actividades trascendentes como escalar una montaña. Pero, revisando mi día a día y siendo totalmente honesto conmigo mismo, descubrí que lo más me gusta hacer es adquirir conocimientos nuevos de lo que sea que me interese, por motivación propia y no por trabajo u obligación. Ahora sé que eso se llama curiosidad epistémica.
La curiosidad intelectual o epistémica se define como una cualidad relacionada con el pensamiento inquisitivo, la exploración, la investigación y el aprendizaje que conducen a la adquisición de conocimientos generales, y eso es lo que la diferencia de otros tipos de curiosidad, como la que presentan quienes “solo curiosean” en las tiendas o quienes sienten insaciable curiosidad por los chismes de su oficina, del vecindario o de la farándula.

Los intereses de quienes poseemos esta curiosidad epistémica —que es tanto una bendición como una condena— pueden ser: cómo o de qué están compuestos los objetos, cuáles son los mecanismos subyacentes de un sistema, las relaciones matemáticas entre fenómenos aparentemente desasociados, los lenguajes, las normas sociales y la historia. En mi caso, puedo pasar horas revisando la discografía completa de un artista o de una banda que conozco poco —con nombres, fechas y minucias técnicas— o, bien, conociendo a fondo una metodología de trabajo usada por ingenieros en el desarrollo de software. Como decía el filósofo latino Terencio: “Nada humano me es ajeno”.
Dentro de la amplitud conceptual de este tipo de curiosidad, los investigadores distinguen entre la curiosidad diversificada, o sea la necesidad de explorar intereses nuevos o previamente desconocidos —como los que describí—, y la curiosidad específica, que busca despejar ciertas dudas específicas o “llenar” huecos de información. Y ahí es donde yo digo que puede convertirse en una condena, pues desde los días de Sócrates es bien sabido que cuanto más aprendes, más consciente eres de todo lo que te falta por saber.

Otro aspecto interesante de esta curiosidad epistémica es que está estrechamente vinculada con la resolución creativa de problemas. Un estudio de la Universidad Estatal de Oregon, titulado “Outside the box: Epistemic curiosity as a predictor of creative problem solving and creative performance”[1], reveló que la curiosidad diversificada favoreció el desempeño creativo debido a un mejor proceso de búsqueda de información durante la fase inicial del proceso, y predijo mayor calidad y originalidad de la solución; curiosamente, la curiosidad específica no se relacionó ni con la resolución creativa de problemas ni con el desempeño creativo.
Un detalle que llama mi atención es que, según la neurociencia, la curiosidad intelectual estimula el aumento del conocimiento en el lóbulo temporal —la porción cerebral a cargo de la comprensión— y esta motivación se lleva a cabo mediante la dopamina, el mismo neurotransmisor involucrado en las adicciones y el sistema de recompensa que anticipa el placer, impulsando la búsqueda de recompensas como comida, apuestas, sexo, drogas… o libros, artículos y videos que proporcionan un anhelado conocimiento nuevo.

Y es que esta curiosidad epistémica va más allá del deseo de “sacar diez” en un examen, de destacar en un trabajo, de impresionar a los demás o de concursar en programas como Saber y ganar, pues en este caso el aprendizaje tiene una motivación intrínseca —es decir, nos interesa el conocimiento por sí mismo, no por sus aplicaciones prácticas— y se convierte en una experiencia autotélica donde el proceso es la propia recompensa, no un medio para un propósito ulterior.
Desde luego, esta curiosidad intelectual predice un destacado desempeño académico en la infancia y juventud —como prueba, ahí están los diplomas de aprovechamiento que eran orgullo de mi madre—, pero no se ha estudiado mucho su impacto en la vida profesional adulta. Como alguien que mira el fenómeno desde dentro, me pregunto si esa es la razón por la que no me he hecho famoso o millionario: si en lugar de perseguir intereses tan diversos como los vitrales góticos o la filosofía estoica, hubiera dedicado mis neuronas a la neurocirugía, las inversiones o la programación en Java, probablemente gozaría de una mejor posición económica. Pero tal vez —y solo tal vez— mi vida estaría más vacía…

[1] “Pensar fuera de la caja: la curiosidad epistémica como predictora de la resolución creativa de problemas y el desempeño creativo”, consultado en: https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S019188691630900X


