
Nadie podrá negar que 2026 arrancó a tambor batiente. Para quienes vivimos en el centro de México, no habían pasado dos días desde que comimos las doce uvas y formulamos nuestros propósitos, cuando la alerta sísmica y una buena sacudida —por fortuna, sin pérdidas materiales ni humanas que lamentar— sacó a muchos de la cama… y a otros, como a mí, de la regadera. Y no detallaré las noticias internacionales de lo que va de este primer mes del año —todos sabemos a quién me refiero—, pero insisto: nadie negaría que el 2026 está dando razones para sentirnos preocupados sobre el futuro de la humanidad.
Hace casi una década, trabajé en un medio periodístico de alcance nacional en cuya redacción había televisiones permanentemente sintonizadas en canales noticiosos. Tras dos años de someterme a esa nefasta sobreestimulación, por mi salud mental me prometí alejarme de los medios. Pero este año, por alguna razón que aún no entiendo, rompí ese voto y de nuevo me enganché con las noticias: leí, “me informé”, me indigné, opiné… y acabé sintiéndome frustrado, ansioso, iracundo y con ganas de golpear a alguien o de salir huyendo en una nave espacial. Entonces entendí: estaba siendo víctima del doomscrolling.

Este exótico vocablo en inglés está formado por doom, ‘muerte, destrucción o destino horrible’ y scrolling, el acto de mover con el dedo la pantalla del móvil para seguir leyendo un contenido. Así, doomscrolling se define como la compulsión de consumir malas noticias en internet y pasar un tiempo excesivo en ello. Y no es que crea que la solución a los problemas del mundo sea ocultar la cabeza en la tierra como un avestruz, sino que al trabajar en un medio comprendí los gatillos o triggers psicológicos que usan los medios para tenernos enganchados al incesante hilo noticioso, y que traen un grave efecto en nuestra salud mental.
Lo más grave del asunto es que puede convertirse en una especie de adicción: empiezas abriendo tus redes sociales para enterarte de dónde pasaron sus vacaciones tus amigos y terminas leyendo sobre desastres, bombardeos, crisis económicas, conflictos y otras amenazas a nuestra paz y supervivencia. Y ese es el meollo del asunto: que como nuestro cerebro primitivo busca a toda costa medios y acciones para salvaguardar nuestra integridad, una parte de nosotros asume que “estar informado” puede ayudarnos a saber qué hacer… o en qué momento huir hacia un búnker. Eso sin contar nuestras posturas éticas o políticas sobre lo que es correcto y “lo que debería ser”, así como el consumo de noticieros televisivos y la lectura casual de encabezados incendiarios cuando pasamos cerca de un quiosco o puesto de periódicos, que en mi experiencia tiene un efecto igual de devastador.

Algunas de las secuelas de este hábito son una creciente incapacidad de concentrarnos, una sobrecarga informativa en nuestro cerebro que termina dejándonos exhaustos física y emocionalmente, así como una visión distorsionada de la realidad; es decir, la exagerada polarización entre “buenos” y “malos”. Además, se ha reportado que quienes consumen noticias malas de forma compulsiva presentan mayores índices de estrés, ansiedad e irritabilidad, así como una mayor desesperanza y desconfianza en nuestros semejantes.
¿Qué hacer, entonces? Los expertos recomiendan reducir el tiempo en línea y ceñirse a horarios fijos para consumir noticias, evitar los reels y videos cortos que apelan a la polémica y al escándalo antes que a la información precisa, balancear el contenido que consumes —es decir, compensar el doomscrolling viendo noticias buenas y videos que aportan ideas positivas— y reemplazar el consumo digital pasivo con hechos: donaciones, voluntariado, discusiones fructíferas o, si es necesario, organizarse en protestas pacíficas.
Como dice el artículo de Psychology Today que cité líneas arriba: caer en las fauces del doomscrolling no nos ayuda a navegar mejor por el mundo; en cambio, siendo conscientes de nuestro consumo digital podemos recuperar la concentración, la salud mental y la tranquilidad. Y ahora, es momento de cerrar la compu, dar un paseo… y procurar no leer noticias en el camino.



