
Cuando un familiar muere, el dolor lo cubre todo y nos llenamos de preguntas que pocas veces tienen respuesta. Con el paso del tiempo asimilamos la pérdida, no sin antes recordar a nuestro ser querido en cada gesto, manía o frase que heredamos de él o de ella. La herencia inmaterial tiene igual o mayor fuerza que cualquier objeto material heredado, por más ostentoso que este sea. Esa herencia la hallamos en el aroma de un platillo familiar, en la forma exacta en que nuestras manos repiten el nudo de la agujeta o en la canción que tarareamos casi por instinto: esos tesoros revelan el rastro de la ternura femenina prodigada por nuestras abuelas. Así descubrimos y redescubrimos que nuestras ancestras nos regalaron su visión del mundo en cada labor realizada con paciencia, pues con esos actos cotidianos construyeron una identidad que sobrevive a la ausencia física.
Más allá de legados materiales, la verdadera herencia se encuentra en la calidez de los gestos y en la vitalidad con la que nuestras abuelas habitaban el hogar. Esta herencia se manifiesta en el movimiento sutil frente al fuego de una hornilla o en la cadencia de una voz que arrulla a los nietos. Cuando pienso en mi abuela paterna amasando a mano la masa para las tortillas y poniéndolas en el comal, veo que todo ese saber viene acompañado de rastros de mi bisabuela y de mi tatarabuela. Todas las mujeres de mi familia fundaron un patrimonio inmaterial que vive en la memoria de mi cuerpo cuando abrazo, cuando canto y cuando regalo mi afecto en un plato de comida. En mis abuelas, el pasado permanece y el linaje crea nuevos surcos que habitan mi propia identidad; una identidad creativa.

Durante siglos, el canon estético se basaba en una estructura de poder que ocultó las obras más íntimas: mientras en piedra se cincelaban nombres masculinos, las manos femeninas cosían hilos de seda en el espacio privado. La historia del arte privilegió el lienzo al óleo y desdeñó la complejidad del bordado doméstico. Para muchas de nuestras abuelas y bisabuelas, la aguja o el crochet representó una manera de habitar el mundo más allá de ser ama de casa; y aunque la historia lo ignore, ellas fueron artistas que dominaron la técnica y el color. El tejido es como un texto donde cada nudo y cada punto construye y entrelaza historias. Nuestras abuelas tejieron estructuras lógicas que expandieron la utilidad del objeto hacia una narrativa: en la repetición del movimiento yace el orden de su realidad interna, y el hilo condujo una narrativa que habitó el calor y el afecto familiar.
Por otro lado, generaciones y generaciones han confinado a las mujeres en la cocina, como si fuese el único lugar al que pertenece, pero ellas supieron resignificar ese espacio: la cocina constituye un espacio de alquimia donde los sabores no sólo nutren, sino que comunican. Y ellas fueron expertas en el área: con un plato de frijoles recién hechos, evocaban o erradicaban estados de ánimo y fortalecían nuestro espíritu. Cada receta cargada de intuición y de rigor ancestral nutre la identidad de una estirpe. El paladar preserva lo que el tiempo intenta borrar y estas mujeres ejercieron un acto creativo que garantizó la vida frente a cualquier precariedad.

Asimismo, el arrullo fue la primera forma de poesía que habitamos desde la infancia. Las canciones de cuna tienen estructuras diseñadas para sincronizar el pulso y la respiración del infante con el mundo —por eso hallamos el primer refugio en la vibración de las voces femeninas—, y las canciones que inventaban nuestras abuelas, dentro de su aparente sencillez, poseían una sofisticación técnica: cada verso pronunciado representó un acto de composición intuitiva impulsada por el amor. A través de su canto, nuestras abuelas nos enseñaban a confiar en el ritmo de la propia existencia; su cantar era un refugio donde la voz modulaba el miedo y las asperezas de la realidad, convirtiendo el canto en protección, en regulación emocional en un día de llanto, y en una forma de belleza compartida por todos.
Para muchos, la casa de las abuelas fue un taller doméstico, el primer museo y el laboratorio de experimentación más fabuloso que la humanidad conoció. En los espacios de la casa, ellas investigaban la interacción de los pigmentos y la acústica de los materiales; la cocina y la sala de costura —que se resumía en una máquina de coser de mesa y unas latas de galletas donde guardaban sus hilos— operaban como centros de innovación donde se perfeccionó la sensibilidad de toda una familia. Sin una intención clara, nuestras abuelas consolidaron un conocimiento empírico más fuerte y humano que las técnicas adquiridas en una academia de artes, pues su casa operó como una galería viva, una exposición donde el arte se vivía y consumía en la cotidianidad de un tazcal de tortillas, un mantel bordado o un rebozo tejido. Cada objeto realizado con las manos de nuestras antepasadas constituye una pieza de diseño que reflejó la creatividad de quienes dominaban el entorno doméstico.
Por último, los gestos de nuestras manos y la entonación de nuestras voces repiten movimientos y tonos heredados. Al cocinar y tejer, activamos una memoria que nos vincula con nuestras antepasadas. En mi caso, desde niña asimilé formas, maneras y manías de mi abuela que observé sin darme cuenta; por eso, cada vez que tarareo una canción me es imposible no recordar a mi abuela. Del mismo modo, cada vez que recreo un sabor o ajusto un hilo, rindo homenaje a una destreza que la voluntad estética pulió; una estética resignificada por mí y por quienes encuentran lo artístico en lo cotidiano. Esta herencia inmaterial garantiza mi vinculación con un pasado emotivo porque, al final, somos la extensión de sus habilidades y la prueba de que su arte aún es habitable.

El patrimonio inmaterial es identidad y una riqueza que mantiene su valor frente a cualquier crisis. Y las tradiciones heredadas de las abuelas nos permiten navegar en la incertidumbre moderna con un sentido de pertenencia y origen: el conocimiento de un punto de cruz o el uso secreto de una especia para dar sabor único a una receta familiar conforman una memoria colectiva y familiar. Mientras las instituciones hegemónicas dictan lo que es el arte, la herencia de las abuelas permanece auténtica y completa. Todas esas piezas de arte, elaboradas por nuestras ancestras, sostienen nuestra dignidad y nuestra capacidad de reconocer la belleza en lo cotidiano. Así que es justo que nombremos “artistas” a quienes la sociología reduccionista delimitó como “amas de casa”. Debemos rescatar sus nombres y cambiar la narrativa como un acto de justicia para quienes no solo nos dieron su mejor platillo o nos cobijaron en su pecho, también nos regalaron una sensibilidad que ningún arte puede replicar.



