
A veces no pensamos en ella, pero siempre está ahí: en cada concierto, en cada canción, en cada género musical que nos hace mover el cuerpo o cerrar los ojos. La batería rara vez se roba la portada de los discos y no acapara los reflectores, pero sin ella la música moderna simplemente no existiría.
La batería no solo marca el ritmo: marca una época. Es el corazón sonoro de la música popular de los siglos XX y XXI, un instrumento que nació de la necesidad, evolucionó con la tecnología y se transformó en símbolo de energía, expresión e identidad. Conozcamos su historia.

Antes de la batería: la era tribal, militar y orquestal
El ritmo es, quizás, el primer lenguaje musical de la humanidad. Mucho antes de frotar cuerdas o fabricar flautas, nuestros ancestros golpeaban troncos, huesos, piedras, pieles tensadas o su cuerpo para producir ritmos y música. En las culturas antiguas, las percusiones cumplían funciones musicales, espirituales, sociales y los tambores tenían un rol esencial en ceremonias, fiestas y batallas.
En la tradición europea, instrumentos de percusión como la caja o redoblante, el bombo y los platillos formaban parte de la banda de guerra; gradualmente se incorporaron en la orquesta clásica, pero en ambos casos se tocaban por separado: un músico toca el bombo —y si es una banda, además, lo carga—; otro, los platillos, el triángulo y los instrumentos de metal; uno más porta el tambor de guerra al cinto… En fin, no existía la idea de un solo intérprete controlando todos esos sonidos al mismo tiempo. Eso cambiaría con la llegada del siglo XX.
El nacimiento de la batería o drum set: una solución práctica
La batería no fue exactamente “inventada” por una sola persona, sino que fue el resultado de una evolución técnica y social. A finales del siglo XIX, en Estados Unidos las bandas de música de los teatros de vodevil y variedades se vieron obligados a reducir el número de músicos por razones económicas y de espacio. Así fue que alguien tuvo una idea revolucionaria: ¿por qué no intentar que un solo percusionista tocara varios instrumentos a la vez?
Para hacerlo posible, se empezaron a desarrollar dispositivos como el low boy, un pedal primitivo para los platillos; más adelante, en 1909, William F. Ludwig patentó el pedal de bombo, invento que fue un parteaguas pues por primera vez un baterista usaba los pies para marcar ritmos mientras podía tocar otros tambores con las manos. Con este adelanto nació la batería, drum kit o drum set —a veces también llamada trap set—, al principio compuesta por un bombo, una tarola o redoblante y un platillo. Con el tiempo, se fueron agregando más elementos como el contratiempo o hi-hat, un platillo doble cuya apertura se controla con el pie, los toms o tambores y dos tipos de platillos: el ride para puntear ritmos y el crash para rematar.

El jazz y el swing: la batería encuentra su groove
En las primeras décadas del siglo XX, la batería encontró su primer hogar en el jazz: en las bandas de Nueva Orleans, el baterista no sólo marcaba el tiempo, sino que aportaba dinámica, estilo y conversación rítmica con los otros instrumentos. En ese tono, uno de los pioneros fue “Baby” Dodds, baterista de Louis Armstrong, quien ayudó a establecer el rol de la batería como elemento musical expresivo y no como una simple base rítmica.
En la década de 1940, con la llegada del bebop y el swing, la batería se convirtió en un instrumento verdaderamente protagonista. Y fue el legendario Gene Krupa, con su energía arrolladora y sus solos carismáticos, el primero en atreverse a poner la batería al centro del escenario.
En paralelo, desde el bebop, Max Roach llevó el instrumento hacia el arte abstracto: su estilo inteligente y técnico mostró que la batería podía pensar, respirar y dialogar. Y un baterista que colaboró con ambos fue el energético Buddy Rich, considerado uno de los percusionistas más influyentes de la historia.
Rock, funk y revolución: la batería se vuelve cultura
Con la llegada del rock & roll en los años cincuenta, la batería ganó potencia. Ya no le bastaba con acompañar: ahora había que sacudir al público. Así sugieron bateristas icónicos como Earl Palmer, quien tocó con Little Richard y Fats Domino, y creó los primeros backbeats o sincopados, que definirían el género. Fue él quien dijo: “empecé a tocar como si la música dijera: ‘muévete’”.
En los sesenta, la explosión del rock británico y estadounidense hizo que la batería fuera parte central del espectáculo. Con su precisión y sensibilidad, Ringo Starr fue esencial para definir el sonido de los Beatles; Keith Moon, de The Who, con su estilo frenético y teatral fue el caos encarnado; y John Bonham se convirtió en un semidiós del ritmo gracias a su poder brutal y a su técnica sutil en Led Zeppelin.
En el funk, los bateristas dieron una lección de groove. Clyde Stubblefield, músico de James Brown, creó patrones rítmicos tan pegajosos que hasta hoy siguen siendo sampleados en el hip-hop. Su famoso “Funky Drummer” ha sido cortado y pegado en más canciones de las que él pudo imaginar.
En las décadas de 1970 y 1980, nuevas generaciones de virtuosos como Neil Peart, Steve Gadd y Terry Bozzio, en el rock, y Billy Cobham en el jazz, empujaron los límites técnicos de la batería hacia territorios progresivos, experimentales, casi arquitectónicos, con impactantes drum kits customizados. Una estafeta que fue retomada por intérpretes como Mike Portnoy, de Dream Theater; Danny Carey, de Tool; y Gavin Harrison, de King Crimson y Porcupine Tree.
A la mitad de este 2025, podemos armar un listado de álbumes en los que la batería resalta como el personaje musical principal. Yo pondría: Moanin’ de Art Blakey, Led Zeppelin IV de Led Zeppelin, In the Jungle Groove de James Brown, Moving Pictures de Rush y Lateralus de Tool. Tú, ¿qué discos incluirías?



