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‘El mundo de Beakman’ o de por qué es más fácil aprender cuando uno se divierte

'El mundo de Beakman' o de por qué es más fácil aprender cuando uno se divierte
Julio Manzanares Brecht

Julio Manzanares Brecht

Inspiración

La ciencia no tiene por qué ser aburrida, ni interesar sólo a los adultos. El mundo de Beakman lo demostró cautivando a un amplio sector infantil que, después de varios años, sigue disfrutando de esta serie televisiva. Incluso, por increíble que parezca, algunos televidentes se convirtieron en científicos, o en divulgadores de la ciencia, gracias a esta emisión de entretenimiento. Éste es precisamente uno de los principales méritos del programa: usar la televisión, no como un medio de distracción y banal pasatiempo, sino como un espacio de difusión que dota al público de nociones científicas y conocimientos culturales a través de un lenguaje divertido y sencillo… ¿Ciencia, cultura y televisión? ¡Sí!

Beakman y su equipo nos explicaban los conceptos científicos básicos y los contextualizaban respecto a la propia vida de los investigadores y a la época en que éstos realizaron sus importantes aportaciones. Y lo hacían con humor, incluyendo a veces personificaciones de los científicos que ampliaban las explicaciones. Pese a los estereotipos que promovía —un científico extravagante y su asistente ñoña—, la serie logró —especialmente entre las clases medias— acercar a los niños a la ciencia, presentándola como una actividad sin restricciones especiales o requisitos inconseguibles. Lo que Beakman impulsaba era una forma ingeniosa de conjugar lo lúdico con lo intelectual, así que “aprender divirtiéndose” bien pudo haber sido la consigna del programa.

La serie tuvo su origen en el cómic You Can With Beakman And Jax, escrito por Jok R. Church, que después fue adaptado a la televisión. Desde su primer episodio, transmitido durante septiembre de 1992 en los Estados Unidos, el programa tuvo tanto éxito que llegó a noventa países. En México, cautivó a niños y adolescentes que lo veían por Canal 11. Durante sus noventa y un episodios, divididos en cuatro temporadas que culminaron en 1997, ganó múltiples premios por la calidad de sus contenidos y también por su innovadora producción.

Portada de "You Can With Beakman And Jax", por Jok R. Church

Y es que los méritos del programa y el afán de educar y divertir se dejaban ver ya desde la caracterización de los personajes. Si Albert Einstein nos había regalado la imagen del científico un tanto loco y un mucho despeinado, Beakman —Paul Zaloom—, con pelo alborotado y bata de laboratorio verde fluorescente, actualizó la imagen del erudito alucinado y, sobre todo, obstinado por explicar el mundo a través de la ciencia, pero con la variante de hacerlo de modo divertido y emocionante. Era justamente desde la propia imagen de Beakman que se construía la idea de volver al aprendizaje, y a la ciencia, un proceso divertido y accesible, lejos de la pulcritud de los laboratorios y la seriedad de los típicos hombres de ciencia.

Las escenografías eran otro elemento importante. ¿Qué tendría Beakman en su laboratorio? Ahí, los personajes encontraban lo mismo una pecera gigante que un motor, instrumentos científicos, disfraces, un cohete o todas las sustancias necesarias para hacer los experimentos. La fotografía y la iluminación eran excelentes, tanto como la edición y el montaje. En cada episodio se insertaban planos de películas en blanco y negro, fragmentos de caricaturas, e incluso había también pequeñas escenas de dos pingüinos del Polo Sur, Don y Herb, que veían a Beakman por televisión, gastando comentarios sarcásticos y algo malhumorados.

Además, Beakman contaba con una sorprendente asistente que generalmente tenía una respuesta acertada a todo y se anticipaba a las exigencias del locuaz científico. Ella poseía grandes conocimientos y dotaba de precisión y brillantez algunos aspectos que Beakman dejaba de lado. Durante la serie, en temporadas distintas, hubo tres asistentes: Josie —Alanna Ubah—, Liza —Eliza Shneider— y Phoebe —Senta Moses. Todas tenían un look noventero, que combinaba el glamour con el mal gusto, y una personalidad que mezclaba la dedicación y la pasión por el conocimiento con un sutil desdén por la ignorancia y la imprecisión. Por ello, a veces se mostraban un tanto intolerantes, sarcásticas o presumidas, pero su ñoñez les autorizaba serlo, pues eran precisas y sabias, enaltecían su papel frente al conocimiento y además lidiaban con compañeros pesados y locuaces. Beakman aceptaba aprender de sus asistentes y se sorprendía con sus conocimientos, aunque a veces cuestionaba sus errores con sarcasmos espesos.

Josie —Alanna Ubah—, Liza —Eliza Shneider— y Phoebe —Senta Moses—

El tercer gran personaje era Lester —Mark Ritts—, una rata gigante que ayudaba en los experimentos y a veces los padecía. Ser rata de laboratorio no le era fácil. Con frecuencia, Lester se negaba a formar parte de los experimentos —por holgazanería o por miedo—, pero finalmente era persuadido con comida. Su personalidad era un tanto patética porque era sucio y a veces tonto; sin embargo, sus ocurrencias o errores eran divertidos. En ocasiones, Lester representaba lo que no se debía ser, pues mostraba ignorancia, pereza y apatía, y con frecuencia hacía el ridículo. No obstante, divertía por su desfachatez y, de vez en cuando, mostraba chispazos de eminencia, lo que sorprendía a todos. También, en algunos episodios aparecía la madre de Beakman, avergonzándolo, y el camarógrafo Ray, que participaba circunstancialmente.

Beakman con Lester —Mark Ritts—

El motor del programa eran las cartas que los niños escribían pidiendo la explicación de algún tema, generalmente relacionado con la física o la química; por ejemplo, la densidad, la gravedad, la electricidad o incluso la ilustración del método científico. Los experimentos se llevaban a cabo con ingredientes y objetos que se podían encontrar en casa. El niño televidente tomaba nota y corría a conseguirlos para reproducir el experimento. En el programa se aconsejaba experimentar siempre con la “ayuda de un adulto” y, de este modo, los padres también aprendían ciencia. “¡Bada bing, bada bang, bada bum!”, decía Beakman a modo de fórmula mágica, o mejor dicho, científica… ¡Ah, la ciencia! ¡La ciencia en nuestra vida diaria!

Y precisamente, volver cotidiana a la ciencia y mostrar al gran público que los problemas “científicos” pueden observarse en un entorno tan familiar como el propio hogar fue el gran mérito del programa. Pero esto no habría sido posible sin integrar la diversión y el humor a la reflexión intelectual. La genialidad de Beakman consistió precisamente en juntar esos dos aspectos.

A más de dos décadas de su aparición, El Mundo de Beakman sigue cautivando a niños y adultos. En 2014 Paul Zaloom, caracterizado como el célebre personaje, vino a México, al instituto de Física de la UNAM, y regresó en 2016 a la Feria del libro del IPN. La asistencia se tuvo que controlar por registro. Algunos de los que crecieron con la serie no pudieron entrar, pero queda el consuelo de saber que otros viejos seguidores de Beakman llevaron a sus hijos y plantaron así la semilla de la ciencia y la preocupación por entender el mundo en las nuevas generaciones. Quizá la otra gran lección de Beakman es que si bien la cultura de masas evidentemente no dejará de ser masiva, al menos puede consumir ciencia y conocimiento en hordas.

Te invitamos, pues, a perpetuar el espíritu beakmaniano y a divertirte mientras aprendes; aprópiate del conocimiento y juega con él, llévalo lejos de la seriedad del laboratorio o la biblioteca y vuélvelo dinámico y vivo; ésta es, sin duda, la mejor enseñanza de aquel científico de la televisión…

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