El poder del Lado Oscuro

El poder del Lado Oscuro

Josué Ortega Zepeda

Josué Ortega Zepeda

Ficciones

Tumbado en la cama, recuerdo mi sueño: en él soy un poema, no un humano. Soy, ni más ni menos, el poema más hermoso jamás escrito en lengua española.

Enseguida me entero de un peculiar conflicto —ignoro cómo es que un poema logra ser consciente de sí mismo, pero el caso es que estoy en un sueño y que yo sé que existe un conflicto—: seré leído ante un auditorio repleto de tailandeses que no tienen ni la menor idea de que existe un país llamado España.

Lo peliagudo no es que me saque de la manga un traductor —como siempre es posible bajo la lógica onírica—, sino que me traduzcan literalmente y así pierda la métrica en su totalidad, el contenedor, el ritmo y la música sobre la que navego. Por otro lado, si conservo la métrica, indiscutiblemente se extinguirán mis palabras, mis metáforas y toda la imaginería alrededor. Es decir que, de una u otra forma, mi yo poema en realidad no sería yo, ¿de acuerdo?

Sé que todo esto no es más que una proyección de mi inconsciente. Sé que, al igual que en mi sueño, en la vida real no soy más que una perfección imperfecta que nadie logra comprender por el hecho de ser declamado ante unas personas, en un tiempo, bajo unas condiciones que no tienen ni puta idea de lo que significo.

La gente me mira en la oficina, en el transporte público y en mi propia casa con ojos desorbitados; escuchan lo que digo como si fuera Darth Vader en doblaje de español peninsular —Luke, ¡yo shoy tu padre, jolines!— y se burlan con estruendosas carcajadas, sin entender ni remotamente que, en el fondo, soy la potente voz original de James Earl Jones.

En resumidas cuentas, ante el mundo siempre he sentido que no puedo ni debo ser yo, sino una traducción piñata para que, apenas, logren malentenderme.

Cuando era un niño de dos años, por allá en los muy lejanos setenta, mi madre me dejaba crecer el pelo hasta la nuca. Eso, aunado a mis facciones delicadas y enormes ojos verdes, hacía que todo mundo, principalmente las señoras, pensaran que era una niña. ¡Qué hermosa niña! ¡Qué linda niña! ¿Cómo te llamas, pequeñita?
Ignoro cómo es que un pequeño de dos años —una edad en la que se pensaría que nada importa— puede sentirse tan ofendido con este tipo de confusiones. Nada tenía que ver con que odiara a las mujeres —porque en definitiva no era así: adoraba a mi madre, a mis abuelas y a mi hermana pequeña—, sino con que, nuevamente, el yo que querían ver no era yo. 

Una vez más, ahí está la metáfora del poema en castellano frente a un auditorio de tailandeses; una vez más —y vuelvo a morir de risa— la alegoría del Darth Vader peninsular: ¡Que shí shoy tu padre, Luke! ¡Por Castilla!

Es la gente guiada por el código retorcido de los debe ser así porque siempre se ha hecho así, y un niño lindo con pelo largo no tiene permiso de ser niño, así que es niña.

Hay muchos yoes que no puedo ser porque ya me cansé de que los pasen de largo por incomprensión, pero creo que el que más me duele es precisamente ese de la dualidad niño-niña.

Siempre me he sentido más cómodo —¡infinitamente más cómodo!— con las mujeres que con los hombres. Soy más adepto a esas actividades que en siglos pasados se catalogaban estúpidamente como femeninas —cocinar, lavar la ropa o levantarse temprano a hacer el desayuno de la persona amada para que se vaya con la panza llena a la oficina— y odio hasta la muerte pasar factura al estereotipo del varón que debe saber a la perfección cómo poner una maldita repisa, arreglar un jodido automóvil, tomar harta cerveza o morir apasionadamente por un equipo de soccer.

Sí. También en mí, como en ellas, existe la necesidad de ser escuchado hasta que me broten las lágrimas, hasta que mis palabras se confundan con sollozos. También en mí hay la necesidad de que me hablen bonito, me acaricien y me piropeen antes de rendirme a hacer el amor.

Tal vez soy una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre; pero, en tal caso, soy lesbiana. El punto también es que no me molesta mi cuerpo masculino, ni todos los modos masculinos, ni tener anatomía masculina: no odio tener pene, ni rasurarme la cara, ni vestirme de hombre.

¡Carajo! ¡Es ridículo! ¡No logro decir qué diablos soy! ¡Quién diablos soy! Porque, sinceramente, no creo ser una mujer en el cuerpo de un hombre, ni homosexual, ni travesti, ni hombre como tal o mujer como tal, ¡ni nada de nada!

¡Simplemente soy un yo en su mejor y única versión de yo, incapaz de enjaularse en uno de esos jodidos estatutos de la sociedad, cuadrados, estrechos y ridículos!

Esa mancha en el techo parece la cabeza de un tiranosaurio, ¿qué no?…

En fin. Es hora de que me levante a hacer el desayuno. Me siento afortunado de que todo este asunto sea apenas un diálogo interno y que nadie tenga que entender mis divagaciones y delirios…

¡Luke, shi tan sholo conodhieras el poder del Lado Oscuro, joshú!

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