El proceso creativo y la utilidad del arte inútil

El proceso creativo y la utilidad del arte inútil
Karina Licea

Karina Licea

Uno de los momentos que más recuerdo de la licenciatura fue cuando el profesor de narrativa soltó una pregunta abierta a la clase: ¿qué es un escritor? Claramente quería despertar nuestra imaginación y las respuestas no tardaron en surgir: algunos optaron por la intelectualidad, otros por el discurso de lo sublime y otros más solo esperaron en silencio. Después de escucharnos, el profesor dijo simplemente: “Un escritor es quien escribe”. Esta obviedad fue recibida con acidez y algunas risas de fondo; ¿cómo se atrevió un doctor en literatura a resumir el arte de la escritura en una frase tan simple?

Pero lo que vino después nos dejó callados a todos: al desarrollar la idea, el profesor mencionó a Horacio Quiroga, quien veía en el oficio una disciplina casi física donde el autor domina la técnica por la insistencia y el rigor diario; a Jorge Luis Borges, destacando su preferencia por el proceso de la lectura y la reescritura, y definiendo al escritor como “alguien que habita el lenguaje”; finalmente, nos habló de Vladimir Nabokov, de su obsesión por los detalles y de su hábito de componer fichas antes de alcanzar la obra definitiva. En conjunto, estos tres autores demuestran que la identidad y el oficio literarios se construyen escribiendo y no a partir de una inspiración que solo aparece cuando estamos motivados.

Vladimir Nabokov

Vladimir Nabokov

En mi quehacer como escritora freelance descarto cientos de páginas, aunque a veces rescato frases que podrían servir como “ganchos” para los textos de otros clientes; por otro lado, conservo una serie de cuadernos personales repletos de poemas que carecen de toda ambición literaria: estrofas incompletas, métricas simplonas, imágenes que no son poéticas y aliteraciones poco propositivas. A pesar de su aparente inutilidad, esos versos libres conforman mi espacio de mayor libertad creativa durante la escritura de un texto por encargo, pues activan porciones cerebrales que el trabajo pagado suele bloquear y a menudo sus palabras crudas contienen ideas que después transformo en textos literarios para publicar.

Emulando a Quiroga o a Nabokov, considero que ese ejercicio es el fundamento de mi labor profesional. Además de eso, dedico buena parte de mi tiempo al consumo de videoensayos sobre música y teoría cultural; sigo el trabajo de creadores como Julieta Wibel, Aleida Argueta o Jose Mnormal para observar perspectivas distintas a la mía acerca de la música actual; y también leo los análisis de Dahlia de la Cerda, cuya mirada crítica enriquece mi comprensión de la realidad que habito. Y sí: estrictamente hablando, este “tiempo libre” frente a la pantalla carece de un objetivo utilitario, pero me proporciona aprendizajes aleatorios y gratuitos, manteniendo viva mi curiosidad intelectual más allá de los pendientes y encargos.

El placer de la lectura

No obstante, a menudo hay que nadar a contracorriente en este sistema donde el algoritmo y la cultura del esfuerzo quieren adueñarse de nuestro tiempo libre convirtiendo cualquier hobby o afición en una probable fuente de ingresos. Y si a esto agregamos que las plataformas digitales castigan el silencio y exigen una presencia constante que agota la creatividad, el resultado es que la prisa por obtener resultados y gratificaciones acelera el proceso creativo y sataniza los tiempos de ocio.

No todo acaba ahí, pues con frecuencia la contemplación y el juego se etiquetan como conductas improductivas en los entornos laborales. Además, la industria de los contenidos digitales prioriza la cantidad de publicaciones sobre la profundidad de la experiencia humana; así, un individuo promedio siente la necesidad de justificar su existencia con logros y habilidades vendibles. Esta urgencia deja en segundo plano el descanso y las pausas, como si se tratara de lujos.

En el ámbito artístico, el miedo al error o la mediocridad impide la exploración de nuevos lenguajes y formatos, incluso a sabiendas de que la creatividad exige un espacio libre de la crítica externa. Por eso se repiten fórmulas que garantizan la aprobación del público, y por eso muchos artistas caen el estancamiento, antes que enfrentar la posibilidad de un resultado estéticamente pobre.

Como artista, utilizo el aislamiento para evitar esta dinámica y proteger mi proceso de las distracciones del entorno; asimismo, divido mi trabajo en bloques que, una vez concluidos, abren un espacio para desconectarme y relajar mi mente; por último, también busco la soledad en cafeterías poco concurridas para escribir y mantener el control sobre el ritmo de mis pensamientos. Con estas pequeñas acciones soy dueña de mi propio proceso creativo, aun cuando esto significa crear “arte inútil” la mayoría del tiempo; y, contrario a lo que la gente cree, eso está bien, porque el arte inútil no necesariamente es malo.

Dueña de su propio proceso creativo

Una técnica de enseñanza artística propone dibujar con la mano no dominante para activar el lado derecho del cerebro —que es intuitivo, espacial y no lógico— y, así, bloquear el juicio interno que bloquea la espontaneidad; de igual forma, un artista plástico puede usar materiales de baja calidad, bocetar en cuadernos escolares o pintar en el lado no preparado del lienzo y, aun así, crear algo digno de ser exhibido. De modo similar, escribir sin corregir nada durante una hora permite que las ideas fluyan antes de que la lógica editorial las censure. Además, incursionar en técnicas y herramientas que no dominamos nos obliga a concentrarnos en el proceso, no en el resultado.

Este tipo de experimentación rompe con la rigidez que impone la expectativa de producir obras perfectas o vendibles, y permite enfocarnos en la expresión artística. De hecho, practicar la “fealdad deliberada”, equivocándote o produciendo intencionalmente algo antiestético, ayuda a enfrentar los proyectos profesionales con mayor soltura. Al final, todas estas son dinámicas de juego que devuelven al artista la capacidad de asombro ante sus propios hallazgos accidentales.

'Escribe algo'

Si bien la productividad paga la renta y asegura una posición en la industria, el asombro sostiene nuestra salud mental; sin embargo, confundir el rendimiento con la creatividad agota esa posibilidad. Entonces, perder el tiempo de forma intencional nos permite recuperar la autonomía frente a lo que el arte y el sistema exigen. Yo, como escritora que vive en un entorno que premia la homogeneidad de las ideas, intento proteger mi singularidad al trabajar textos reservando espacios para la “nada creativa”, donde mi voluntad se impone al deseo, propio o ajeno, de obtener retribuciones o reconocimientos por lo que escribo.

Como artistas, podemos tener tiempo para todo y ganarnos la vida con nuestro oficio. En mi caso, mis mejores ideas surgen de la improductividad, de mis intereses aleatorios y de ese tiempo que parece desperdiciado. Llegado este punto, me percato de dos cosas: una, que mis libretas de poemas y los videoensayos que veo alimentan mis ideas y me mantienen motivada para terminar mis pendientes; y dos, que practico la lectura no para volverme intelectual, sino por un profesor que me enseñó que un escritor es quien escribe con urgencia, con errores y con disciplina, aun cuando no haya pago por las páginas gastadas y aunque al final solo escuche una voz que dice: “Eres terriblemente mala, solo estás perdiendo el tiempo”…

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