Sinestesia y neuroestética: la percepción total del arte moderno

Sinestesia y neuroestética: la percepción total del arte moderno
Karina Licea

Karina Licea

En 1896, Wassily Kandinsky (1866-1944) tuvo una revelación sensorial durante una representación de la ópera Lohengrin de Richard Wagner, en el Teatro Bolshoi de Moscú: frente a sus ojos, los acordes musicales se materializaron en forma de líneas salvajes y manchas cromáticas. Ese día, el pintor y teórico ruso descubrió que su mente tenía la capacidad de traducir frecuencias auditivas en formas plásticas, algo que hoy llamamos sinestesia. Esta experiencia transformó su comprensión del arte y sentó las bases de su teoría sobre la abstracción y la espiritualidad en la pintura.

Kandinsky aplicó la sinestesia para establecer correspondencias entre instrumentos musicales y pigmentos: el azul representaba los tonos graves de un violonchelo y el amarillo evocaba el sonido agudo de una trompeta. El artista organizaba sus obras como si escribiera una partitura visual sobre la tela, donde cada forma geométrica cumplía, a su vez, una función rítmica. Su obra Amarillo-rojo-azul (1925) es conocida por poseer una sonoridad capaz de conmover al espectador atento.

Vasili Kandinsky, "Amarillo-rojo-azul", 1925

Vasili Kandinsky, Amarillo-rojo-azul, 1925.

¿Qué es la sinestesia?

Se le llama sinestesia a una variación neurológica no patológica de la percepción humana en la que, automática e involuntariamente, se experimenta la activación de una vía sensorial o cognitiva adicional en respuesta a estímulos concretos. En otras palabras, un estímulo en un sentido específico —por ejemplo, el oído— desencadena una respuesta en otro sentido independiente —por ejemplo, la vista—, en un proceso llamado percepción intermodal.

Una de las explicaciones de este “cerebro sinestésico” es que, desde el nacimiento o debido a eventos neurológicos específicos, la persona desarrolla un mayor número de conexiones neuronales entre áreas, de modo que las activaciones cruzadas ocurren de forma espontánea. Para los científicos, la percepción intermodal es una variación natural del procesamiento sensorial humano, la cual permite que ciertos individuos saboreen palabras o vean texturas al escuchar melodías.

Un ejemplo popular de este tipo de percepción ocurre en la película Ratatouille (2007). Cuando el protagonista Remy describe su experiencia sensorial al comer, el “chefcito” le entrega a su primo un trozo de queso y le ordena cerrar los ojos para concentrarse en el sabor de un alimento, en el de otro y en lo que sucede cuando se mezclan; entonces, en la pantalla se muestran formas geométricas de colores que aparecen con cada bocado, ilustrando cómo un estímulo gustativo se transforma en una imagen mental plástica. En este contexto, el placer de la comida es capaz de cruzar los sentidos para alcanzar una sensación total. Esta escena es una sencilla puerta de entrada para comprender la complejidad de la sinestesia.

Vasili Kandinsky, "Composición VII", 1913

Vasili Kandinsky, Composición VII, 1913.

Por otro lado, está la neuroestética, la disciplina científica que estudia las bases neurológicas del proceso creativo y de la apreciación artística. En ella, los científicos usan técnicas de imagen cerebral, que observan la activación de áreas de recompensa al contemplar una obra de arte, para entender cómo el sistema nervioso procesa los estímulos y genera juicios de belleza, y así establecer las reglas que rigen la atracción humana hacia ciertas formas y colores. Además, esta ciencia valida la importancia del arte como una función biológica para el desarrollo cognitivo.

A diferencia de lo que sucede en las ciencias, en el arte la sinestesia funciona como una estrategia sensorial deliberada para expandir las posibilidades de una obra: desde el surgimiento de la idea, los artistas usan analogías conscientes entre sonidos, colores y texturas para enriquecer su proceso creativo, transformando la asociación libre en un sistema estructurado de códigos comunicativos. El uso de estas metáforas sensoriales potencia la narrativa de cualquier disciplina estética.

Un ejemplo es el del escritor ruso Vladimir Nabokov (1899-1977), quien poseía la facultad de la sinestesia de grafema-color desde su temprana infancia: cada letra del alfabeto ocupaba un lugar específico en su mente, asociado a un matiz y una textura. La letra M, por ejemplo, era de un rosa satinado, y las otras consonantes poseían brillos metálicos; su madre compartía esta misma condición, lo cual facilitó el desarrollo de su sensibilidad literaria. Nabokov describió este fenómeno como una coloración auditiva que enriquecía su relación con el lenguaje escrito, logrando una “prosa cromática” con una plasticidad única en la historia de la literatura universal.

Otro ejemplo es el de Neil Harbisson (1984- ), el artista británico-irlandés conocido como “el primer cyborg”. Como nació con acromatopsia, una condición que le impide distinguir los colores del espectro visual, instaló en su cráneo una antena ósea que traduce las frecuencias de la luz en vibraciones sonoras y le permite “escuchar los colores” a través del contacto con los huesos de su cráneo, percibiendo incluso frecuencias invisibles para el ojo humano, como los rayos infrarrojos y los ultravioleta. Para él, su antena es un nuevo órgano sensorial que modifica su relación con el entorno físico; con su ayuda, el artista crea conciertos de colores donde la audiencia experimenta la traducción en música de rostros o paisajes. Esta expansión tecnológica de los sentidos redefine el concepto de creatividad sensorial.

Neil Harbisson, conocido como "el primer cyborg"

Ahora, quizás te preguntes si cualquier persona podría desarrollar la sinestesia. La respuesta es que, si bien se trata de una condición más que de una habilidad, sí se puede entrenar la percepción intermodal con ejercicios de asociación de estímulos cruzados: para lograrlo, intenta asignarle un aroma específico a un color o, bien, escucha una lista de reproducción y pregúntate de qué color es cada canción. Estas estrategias de “cruce de sentidos” obligan al cerebro a abandonar las rutas de pensamiento lineales y fomentan la aparición de nuevas ideas.

Las obras sinestésicas logran un mayor impacto emocional al activar múltiples áreas del cerebro de forma simultánea: la activación de la corteza visual y auditiva al mismo tiempo aumenta la experiencia artística y la estimulación sensorial masiva facilita la retención de la obra en la memoria. Según la neuroestética, esta complejidad perceptiva aumenta el valor hedónico de la experiencia artística y como el arte apela a todos los sentidos, resulta más gratificante; con ello, la sinestesia deja de ser una curiosidad y se transforma en una estrategia de experimentación creativa.

El estudio de la neuroestética permite al artista diseñar experiencias que trascienden los límites tradicionales y proporciona las herramientas para dominar el impacto de la producción artística y cultural. Si el futuro del arte está en nuestra capacidad de unir sensaciones, ¿cómo sería tu trabajo si pudieras escuchar el sonido de tu color favorito o ver el color de tu playlist predilecta?

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