
Muchos nos hemos hecho esta pregunta, sobre todo cuando estamos empezando a escribir una autobiografía, un ensayo, un poema o una novela, pues tenemos la intención de producir un texto perfecto que deslumbre a los lectores. Pero con mucha frecuencia sucede que corregimos una y otra vez sin terminar realmente el trabajo, creando un círculo vicioso que nos lleva a no finalizar, a posponer y a decepcionarnos de nosotros mismos.
En el fondo, creo que esto se debe a un miedo muy profundo a ser juzgado, a recibir críticas negativas e, incluso, a fracasar como autor y que nuestra obra no sea del gusto del público o de una editorial. Este perfeccionismo nunca termina, produce retrasos y nos paraliza. Hasta cierto punto es como una especie de fobia, pues la ansiedad que sentimos por cómo podría juzgarnos un lector hipotético es desporporcionada al impacto real que podría tener la lectura de nuestra obra.

En el oficio de la escritura, la corrección tiene varios niveles: de entrada, está la lectura ortotipográfica que detecta erratas, dedazos, faltas ortográficas o formatos incorrectos —por ejemplo, al usar negritas o cursivas—; después, la corrección de estilo limpia la redacción, articula las ideas y perfecciona pasajes que se sienten flojos, pensando siempre en el tono adecuado para el lector al que se dirige nuestro texto —pues no podemos estructurar y ejecutar igual un ensayo académico que el clímax de una una novela erótica o un cuento infantil.
En el siguiente nivel cotejamos y precisamos la información, algo crucial en el caso del periodismo y los ensayos académicos; por último, resulta útil revisar la pertinencia de lo que escribimos, pues a menudo el entusiasmo nos hace redactar párrafos —o hasta capítulos completos— que confunden al lector, no aportan a la trama o se “salen de tono” con respecto al resto del escrito.
Todo este proceso es válido y provechoso, y ayudará a mejorar sustancialmente nuestro texto. El problema surge cuando dejamos de enmendar lo que está mal y empezamos a “querer mejorar” lo que ya revisamos; o sea, a corregir algo que no tiene errores, a dar vueltas sobre las mismas ideas o a sobrecorregir. Por eso, algo que se sugiere es “dejar descansar” nuestro texto unos días mientras nos dedicamos a otras cosas, para luego volver a él con una mirada fresca que nos permitirá detectar flaquezas más objetivamente.

Lo más importante es que en algún momento debemos parar. Para ello, necesitamos aprender a desprendernos de nuestros miedos y ganar confianza en nuestro proceso, asumiendo que el libro perfecto no existe y que, si lo permitimos, podemos seguir enmendando indefinidamente hasta desfigurar por completo lo que ya hemos escrito, lo cual a menudo desemboca en el abandono del proyecto.
Ahora bien, el perfeccionismo paralizante no es nuevo ni mucho menos exclusivo de la neurosis de nuestros tiempos: el francés Gustave Flaubert, autor de Madame Bovary, era un empedernido perfeccionista que pasaba mucho tiempo buscando la palabra idónea y era capaz de reescribir varias veces un mismo párrafo, aunque no siempre quedaba satisfecho con el resultado; terminaba porque no le quedaba otra. El estadounidense Ernest Hemingway, por su parte, escribió varias veces el final de Adiós a las armas, pero siempre tenía en mente el deadline para entregar la obra final a su editor. Esto significa que un plan de trabajo con etapas claras y fechas límite de entrega puede ayudar a frenar la pulsión perfeccionista.
En contraste, Jorge Luis Borges sostenía que publicaba para dejar de corregir, pues la corrección puede ser tan obsesiva que no nos deja avanzar. En este sentido, algo que puede ayudar es contar con una lectura externa; es decir, una persona de confianza que lea nuestro texto con la consigna de ser objetivo en su evaluación, mesurado en las alabanzas y despiadado en señalar errores.

Si ya llegaste al final de tu proceso y sientes que solo estás poniendo y quitando comas sin ton ni son, apóyate en un corrector o editor profesional que haga una verdadera corrección y señale las fallas a reparar: errores en una cronología, inconsistencias en la descripción de un personaje o citas textuales sin fuente ni sustento. Sobre todo, no caigas en la tentación de usar el corrector de Chat GPT o de Claude; la IA podrá auxiliarnos con la estructura o con algunas ideas, pero el proceso creativo de escritura y de corrección debe ser tuyo nada más.
Volviendo a la pregunta del inicio, no existe un momento ideal para dejar de corregir tu texto. Por eso, dar por concluida una obra es como una declaración de amor: un acto de convicción y valentía. Así como uno aprende a escribir escribiendo, la corrección también se aprende así: corrigiendo. Y en ambos casos debemos poner un punto final.
Lo más importante es divertirse en el proceso. Al final, la escritura es búsqueda y encuentro, cambio y movimiento, experimentación, error y aprendizaje, plenitud y desprendimiento. Un poco como la vida en sí, ¿no lo crees?



