La epidemia psicológica del “no tengo tiempo” y cómo curarse de ella

La epidemia psicológica del "no tengo tiempo" y cómo curarse de ella
Igor Übelgott

Igor Übelgott

Basta con mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que vivimos tiempos de una epidemia silenciosa que se sintetiza en una frase recurrente: “no tengo tiempo”. Lo curioso del asunto es que quienes la pronuncian con mayor frecuencia son los que normalmente pierden más tiempo viendo TikToks, videos en YouTube o series en Netflix, o bien se eternizan en juntas laborales improductivas o en conversaciones de café que endulzan con quejas estériles, mientras la mitad de su atención está puesta en la pantalla del WhatsApp.

Nunca habíamos tenido tantas herramientas para supuestamente ahorrar tiempo y jamás había escaseado tanto ese recurso no renovable. Pero, ¿realmente no tenemos tiempo… o esa es una coartada que intenta ocultar algo mucho más profundo? Tanteemos un poco este tema espinoso; ojalá sí tengas tiempo de llegar conmigo hasta el final del artículo.

Clepsamia o reloj de arena
Lo urgente vs. lo importante

Antes de continuar, es justo aclarar que el momento actual está dictado por un sistema económico competitivo en el que cada día es más difícil prosperar; por eso es que una gran parte de la población tiene que adoptar dos empleos o buscar algún ingreso extra para llegar al fin de la quincena, y esto repercute directamente en la cantidad de tiempo libre disponible y en la energía que tenemos para disfrutarlo. Pero, más allá de esa condicionante sistémica, hay muchos otros aspectos en los que vale la pena reflexionar.

Los tiempos actuales están marcados de forma indeleble por nuestro uso de herramientas digitales: nada menos, estoy escribiendo este artículo en una computadora portátil, su destino es un sitio web y seguramente sabrás de su existencia gracias al social media. El problema inicia cuando nos dejamos arrastrar y revolcar por las notificaciones, los correos y la inagotable lista de pendientes, y vivimos todo el tiempo a contrarreloj, corriendo de un lado a otro como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas.

El problema: dejarnos arrastrar por notificaciones, correos y la lista de pendientes

Pero no somos totalmente culpables de ello: estudios científicos han mostrado que existe una especie de “recompensa de lo urgente”, pues en nuestro cerebro se activan circuitos que proporcionan pequeños instantes de placer cada vez que “resolvemos cosas” y ponemos una palomita verde en nuestro diario checklist. Por eso es que mucha gente se vuelve adicta a estar ocupada: además de que brinda una sensación de importancia personal —ya sabes: la imagen del alto ejecutivo que ordena la venta de acciones mientras almuerza en un restorán de lujo—, la agenda llena otorga una sensación de control y de “estar en el camino correcto” en el camino hacia el éxito. Como dirían por ahí: hemos romantizado nuestra propia autoexplotación.

En su libro La sociedad del cansancio (2010), el filósofo surcoreano Buyng-Chul Han argumenta que hemos pasado de una sociedad disciplinaria a una de rendimiento, donde el individuo se autoexplota bajo la ilusión de la libertad y de la autorrealización personal; en otras palabras, ya no nos explota un amo o un jefe tirano, sino una parte de nosotros que busca incesantemente el éxito y la validación social; y como siempre hay un peldaño más que podemos escalar, casi siempre terminamos física y emocionalmente exhaustos, y con burnout.

Así, a menudo confundimos lo urgente y lo importante: lo primero exige atención inmediata debido a plazos estrictos y lo segundo abona a objetivos a largo plazo alineados a tus valores personales. Y otra confusión común es que “estar ocupado” no es lo mismo que “ser productivo”, ya que no es lo mismo enfocarse en los procesos que dar prioridad a los resultados. Esa es la diferencia.

A menudo confundimos lo urgente y lo importante
La comodidad de la saturación

Hoy en la mañana, después de mi trote habitual me encontraba plácidamente estirando mis músculos cuando vi una escena peculiar: una mujer de mediana edad que hacía lo mismo que yo, pero con la vista fija en un texto que leía en su celular. Más allá de lo que podemos pensar acerca del concepto filosófico de “estar en el aquí y en el ahora”, me di cuenta de que mucha gente se siente muy incómoda con el silencio y con la sensación de “vacío mental”.

En un video de la revista Harvard Business Review, el científico social Arthur C. Brooks hace una afirmación tajante y provocadora: necesitas estar aburrido. Y la razón es que el aburrimiento es la raíz de la búsqueda de sentido, de la duda existencial y de generación de ideas nuevas; incluso a nivel de funcionamiento del cerebro, la red neuronal por defecto que se activa cuando “no hacemos nada” es la misma que se encarga de la autocongnición y del pensamiento creativo.

Por eso, al estar siempre ocupados eludimos las grandes preguntas: ¿quién soy?, ¿para qué estoy aquí?, ¿cuál es el sentido de la vida?; de ese modo, nuestra adicción a estar ocupados funciona como un anestésico que adormece nuestra conciencia y evita el molesto prurito existencial que sentimos al contemplar nuestras neurosis, las relaciones tóxicas que nos resistimos a terminar, la impermanencia de las cosas, nuestro envejecimiento y la inexorabilidad de la muerte —la nuestra y la de los demás—. Entonces, al decir “no tengo tiempo”, muchas veces lo que realmente queremos decir es “no quiero lidiar con eso”…

Al estar siempre ocupados eludimos las grandes preguntas
¿Cómo salir de ese loop?

No todo está perdido, desde luego. Si te identificaste con lo que has leído hasta aquí, te dejo algunos cuatro consejos para que cambies de enfoque y empieces a disfrutar de la vida sin tantas prisas.

  • Usa la matriz de Eisenhower. Durante su gestión como presidente de los Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower creó un método para administrar su tiempo priorizando tareas en cuatro cuadrantes: lo importante y urgente, que debes hacer tú mismo y de inmediato; lo importante y no urgente, que hay que planificar sin postergar; lo urgente y no importante, que es mejor delegar a alguien más; y lo no importante y no urgente, que solo quita tiempo y energías, y más vale eliminar.
  • Gestiona tu vida digital. De forma deliberada y consciente, elimina las notificaciones que solo generan ruido mental, preguntándote si realmente necesitas enterarte de todo. Del mismo modo, asigna horas específicas para consultar e interactuar en tu social media.
  • Toma pausas conscientes. Al menos una vez al día, asigna un tiempo en el que no trabajarás, no verás tu celular, no harás planes, no contestarás correos y no estarás pensando en qué cocinarás este fin de semana. Simplemente prepárate un té o un café, siéntate cómodo, pon música ligera, respira profundo y vive intensamente el momento.
  • Practica meditación o mindfulness. Si tu mente es un como un simio que brinca de una rama a otra todo el tiempo, toma veinte minutos al día para entrenarla en el equilibrio atencional y enseñarla a estar presente en el aquí y en el ahora. Y si lo primero que piensas es que “no tienes veinte minutos al día”… vuelve a leer este artículo desde el principio.
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