
Ahora que estamos entrando al segundo cuarto del siglo XXI, me sorprenden las personas que aún creen que la creatividad es un don extraordinario con el que algunas personas nacen y otras no; que siguen pensando que los actos creativos no son compatibles con profesiones como la ingeniería, la administración o la abogacía; o, lo peor, que desestiman sus propias capacidades creativas. Pero los estudiosos del tema estarán de acuerdo conmigo cuando afirmó que todos somos creativos, solo hay que saber qué tipo de expresión creativa ejercemos en un momento dado. Ahí entra el modelo de las cuatro “C”.
En enero de 2016, los doctores James C. Kaufmann, Max Hefland y Ronald A. Beghetto —todos ellos psicólogos de la Universidad de Connecticut— publicaron un ensayo científico titulado “The Four C Model of Creativity: Culture and Context”, donde analizan la creatividad humana y cómo esta puede expresarse en cuatro formas o tipos diferentes.

En la misma publicación aclaran que, según el consenso científico, los dos componentes clave de la creatividad son dos: la novedad, innovación u originalidad, y la adecuación a la tarea, utilidad o significatividad; en otras palabras, para poder ser creativa, una idea o solución debe ser inédita y debe resolver un problema o tarea eficientemente en un contexto específico.
Los especialistas aclaran que “algo que se considera original en un contexto —por ejemplo, una feria de ciencias de primaria— puede considerarse bastante común en otro, como un laboratorio científico universitario. De este modo, los juicios sobre la creatividad están determinados por un contexto sociocultural e histórico particular [por lo que] la creatividad y el contexto son inseparables”.
Entonces, lo que sucede es que muchas personas creen que la creatividad es exclusiva de pintores, escritores y científicos, cuando lo cierto es que ésta puede expresarse en los retruécanos del habla popular de un mecánico o en las reparaciones poco ortodoxas de un plomero. Al esquematizar las distintas expresiones creativas, las sintetizaron en cuatro tipos diferentes:
mini-C
Se refiere a interpretaciones, ideas y perspectivas nuevas y personalmente significativas. Este tipo enfatiza el lado subjetivo e introspectivo de la creatividad, destaca la forma significativa en que las personas crecen en lo personal y se desvía del énfasis en el producto creativo centrándose en el proceso, que no requiere un juicio externo. Este tipo de creatividad ni siquiera necesita ser compartida ni reconocida por nadie más que su creador, pues no tiene una utilidad fuera del contexto de la persona que la adquiere o desarrolla.

little-C o C-pequeña
Este tipo es la creatividad de todos los días, que empleamos para resolver tareas mundanas y asuntos cotidianos en nuestro contexto personal: decorar una habitación, hallar modos más eficientes de empacar para un viaje o combinar prendas para crear un outfit nuevo; en la educación, se traduce en hacer que la suma sea divertida para estudiantes de primaria u en ofrecer un análisis original de una obra de Shakespeare. Los expertos en creatividad saben que, aunque no son ilustres, estas contribuciones relativamente pequeñas son altamente creativas y merecen un gran reconocimiento.

Pro-C o C-profesional
La creatividad profesional es la que poseen y ejercen las personas exitosas en cada una de sus oficios u ocupaciones, pero que no han logrado un nivel de prominencia tal que los haría pasar a la historia: gente que, mediante su talento y esfuerzo rebasa el ámbito de la C-pequeña y logra hallazgos e innovaciones significativos, pero que no han conseguido —y quizá nunca conseguirán— la fama perdurable que otorga la Gran-C.

Big-C o Gran-C
Esta última categoría define la “creatividad eminente” y está reservada para los grandes genios de las artes y para los científicos e inventores que revolucionan una industria o rompen los paradigmas de su tiempo. Hablamos de personas inscritas en la historia como Leonardo Da Vinci, Thomas Alva Edison, Walt Disney o Steve Jobs… que son quienes el común de la gente asocia con la noción de “una persona creativa”.

Como pudimos ver, no es necesario inventar la bombilla, descubrir un nuevo elemento químico o concebir y desarrollar la idea del iPhone para poder considerarnos creativos. Cualquier avance o forma novedosa que halles para promover tu propio crecimiento intelectual interno, para perfeccionar la forma en que ejecutas eso que haces todos los días, para ofrecer soluciones eficientes e innovadoras en tu ámbito laboral o profesión, o simplemente para mejorar aunque sea un poco tu vida y la de los demás, también tiene derecho a ser considerado un acto creativo.



