Las orejas de Ardi

Las orejas de Ardi

Nancy Gutiérrez Olivares

Nancy Gutiérrez Olivares

Andanzas

Todos tenemos un amigo o amiga que siempre llama para desahogarse, y todos contamos con alguien a quien llamar para hacer lo mismo. En mi caso, la vida me presentó a Elena, mejor conocida como “Ardi” por su cara con mejillas redonditas y ojos grandes como los de una ardilla. Aunque más grande que sus ojos es su corazón, y más aún sus orejas.

Me gustaría decir que Ardi es la típica amiga que te escucha cuando tienes algún problema, pero su peculiaridad radica en su atípica forma de escuchar y de involucrarse con aquello que le confías. La tarde en que descubrí su habilidad me encontraba bajo circunstancias no muy favorecedoras: había empezado a salir con un chico, no me sentía muy bien al respecto, y corrí a contárselo. Nos citamos en un café y, por al menos cuarenta minutos, hice un monólogo para el que mi amiga era la única espectadora. Todas las emociones se desbordaban y necesitaba que ella las contuviera.

No recuerdo haber perdido su mirada ni por un instante, a su celular llegaron mensajes que pasaron desapercibidos, y en ningún momento tuve la necesidad de hacer una pausa. Ella se limitaba a soltar una que otra sonrisa en algunas partes del relato y a fruncir la frente en señal de desacuerdo o si algo no le parecía: a cada frase que salía de mi boca respondía sólo con una expresión de su rostro. Al final, llegó la pregunta millonaria: “Entonces, ¿cómo ves, Ardi?” Con esa introducción iniciamos el debate.

Después de un par de horas rebotando nuestras propias opiniones y posturas sobre al caso que le había expuesto, nos despedimos para irnos a casa. Durante el trayecto de regreso, continué debatiendo conmigo misma; me preguntaba si debía continuar o terminar con ese amorío conflictivo que me había alterado durante semanas. Al abrir la cochera, supe que tenía la respuesta, al menos una temporal. Sentí la seguridad de que algo se había resuelto, y un suspiro de alivio aunado al sueño profundo que me invadió esa noche me lo confirmaron.

A la mañana siguiente, le mandé un mensaje a Ardi para agradecerle no sólo por los churros con chocolate, sino por el encuentro, su tiempo y su escucha. Llegué a pensar que mi plática con ella había sido el detonador de mi pequeña solución, pero luego me di cuenta de que la decisión que había tomado no tenía mucho que ver con lo que mi amiga me había recomendado aunque, sin duda, me sentía mucho menos angustiada que antes de verla. Ese mismo día me esforcé en repasar lo platicado la noche anterior, y con ese ejercicio vino uno de mis mayores descubrimientos en el terreno de la amistad: quien verdaderamente te escucha permite que te escuches a ti mismo.

Sentirse escuchado con plenitud implica que te devuelvan tus propias palabras, y la sensación que se produce resulta inconfundible e inexplicable. Es una de esas cosas que hay que vivirlas para sentirlas, así de profunda es la experiencia. Si tuviera que explicarlo con una metáfora, diría que cuando el otro calla para escucharte en el más amplio sentido del verbo, se abre una llave de agua que va llenando una alberca, a veces pequeña como un charco, otras tan profunda como una fosa. Una vez que queda llena, quien tuvo a bien el darnos su atención nos animará a dar un brinco para explorar ese espacio que nosotros mismos alimentamos, siempre con la tranquilidad de que el otro estará ahí para cuidarnos, y sólo si se lo pedimos brincará con nosotros para compartirlo.

Cuando experimenté esta sensación, supe que la escucha de Elena me había permitido hacer un soliloquio que, una vez que pedí retroalimentación, no fue rematado con juicios ni calificativos. Las frases “Está bien” o “Está mal” jamás figuraron en la conversación; el “Deberías” o “No deberías” y el típico “Si yo fuera tú…” tampoco formaron parte de ella.

Seguramente Elena no lo sabe, pero su capacidad de escucha es sin duda un talento que pocas personas tienen. En estos tiempos plagados de distractores, la habilidad de fijar el cien por ciento de la atención en tu interlocutor es prácticamente un superpoder. Después de tantas catarsis vividas junto a ella, he entendido la diferencia entre oír y escuchar a alguien. Gracias a Elena he aprendido a escuchar con el cuerpo y no sólo con los oídos, a comunicar sin hablar; a mostrar interés no sólo por el discurso, sino por los sentimientos y pensamientos de quien, por la razón que sea, está depositando en mí su tiempo y su palabra.

Tal vez algún día logre ser una “oreja humana”, como mi amiga Ardi.

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