
Como de niño fui lo que muchos llamarían “un ratón de biblioteca”, ahora que soy adulto estoy habituado a adquirir conocimientos leyendo y lo hago en dos fuentes principales: los libros, que para mí han sido amigos, guías, terapeutas y hasta hombros para llorar; y las páginas web, aunque por supuesto siempre trato de que sean fuentes confiables. Pero existe una “tercera vía” a la que pocas veces doy su justo valor: una conversación con una persona sabia. Lo que sigue es el recuento de cómo una plática me convenció, en menos de diez minutos, de que la mejor manera de administrar el dinero es ser como los granjeros.
En torno al dinero se han dicho muchas cosas, algunas buenas y la mayoría, muy malas: “Money is the root of all evil today”[1], nos dice Pink Floyd en su canción dedicada al dinero, y quienes tenemos una vena artística y humanista quizá pensaremos que mucho tienen de razón. Pero lo cierto es que el sistema en que vivimos nos obliga a hacer uso de él, así que lo mejor quizá sea reconciliarnos con la idea y tratar de entender que el dinero no es un fin en sí mismo, sino un tipo de energía y, como tal, no está hecho para acumularse incesantemente, sino para generarse, encauzarse y transformarse.

Así fue que esta persona sabia —no diré su nombre, pero acotaré que se trata de un exitoso hombre que combina su expertise en finanzas con una labor altruista—, en el curso de una plática nos dejó claro a los presentes que, si se trata de administrar nuestra propia riqueza —esa que obtenemos “con el sudor de la frente”, como rezaba mi abuelo—, lo mejor es voltear a ver lo que hace la gente del campo, que está en constante relación con los ciclos de la naturaleza.
“Lo primero que hay que aceptar —para abrir boca, nos dijo— es que, así como hay día y noche, y cuatro estaciones en el año, de igual forma en la vida, hagamos lo que hagamos, habrá temporadas de abundancia y otras de vacas flacas… y hay que estar preparados para cuando éstas lleguen. Porque, sin duda, llegarán”. Con este lapidario inicio, podemos olvidarnos de los rezos a San Pancracio, el santo del dinero, y de los decretos del tipo “Merezco abundancia”.
“Lo segundo que hay que entender es que una granja bien administrada debe contar con cuatro elementos: unas vacas, un granero, unos cerdos y unos ponys”, continuó este buen hombre, y admito que en este punto me invadió la incertidumbre. Pensé: ¿será que la propuesta es renunciar a la vida urbana, ponerse un sombrero de paja e irnos a vivir entre mazorcas, bueyes y gallinas felices de libre pastoreo? Pero, por prudencia, cerré mi boca llena de dudas y seguí escuchándolo.

“Las vacas no son para sacrificarlas y comérnoslas, sino para ordeñarlas y de ellas obtener el sustento diario en forma de leche, queso y otros productos lácteos; en la vida diaria, eso equivale a los salarios e ingresos fijos, que no son para complacer antojos, sino para subsistir diariamente”, continuó y yo, en mi ignorancia, empecé a entender por dónde iba el asunto.
“El segundo elemento, el granero, es para almacenar los excedentes de la producción agrícola, los cuales nos permitirán sobrevivir cuando llegue el invierno o cuando la cosecha haya sido mala. En la vida, ese granero son nuestros ahorros, los cuales idealmente deben bastar para cubrir nuestras necesidades durante tres meses; es decir, lo que dura el invierno. Por su parte, a los cerdos hay que comprarlos cuando son pequeños para alimentarlos, engordarlos y, llegado el momento, venderlos con un margen de ganancia; en términos financieros, esas son las inversiones, que van creciendo con el tiempo y son una especie de garantía para el futuro”, prosiguió este señor, que para ese momento ya había cautivado nuestra atención.
“¿Y los ponys?”, me atreví a preguntar, preso de la curiosidad. “A eso voy”, contestó. “A los ponys no los vas a ordeñar, a comer, a almacenar ni a revender; los ponys son para montarlos, jugar con ellos, divertirte con tu familia y crear lazos afectivos. En la realidad, representan todo lo que haces simplemente por placer, pero que le da sentido a la vida: las comidas familiares, los viajes, las fiestas, ciertos lujos, etc. Lo importante es que siempre tengas los cuatro elementos y que estén en equilibrio de acuerdo a tus posibilidades y prioridades”, concluyó y, justo en ese momento, se levantó de la mesa para tomar una llamada en su celular que le tomó cierto tiempo, por lo que cuando volvió con nosotros el tema de conversación ya había cambiado.

La analogía de la granja sigue dando vueltas en mi cabeza, pues —romántico e idealista como soy a veces— jamás en la vida he invertido ni en hacer germinar un frijol, y mi relación con el ahorro la estropeó mi padre cuando me prohibió romper el cochinito en el que religiosamente había depositado todos mis domingos, pues cuando al fin pude disponer de mis ahorros las monedas ya no eran vigentes, así que jamás pude disfrutar de las mieles de ese esfuerzo infantil. Pero siempre, incluso a mi edad —no diré que “avanzada”, pero tampoco me cuezo al primer hervor—, se puede recapacitar, reencuadrar y volver a empezar.
En todo voy más o menos bien, pero admito que sigo sin saber cuáles son mis ponys. En un próximo artículo, quizás, abordaré el tema de qué hacer cuando te das cuenta de que tu vida se está convirtiendo en un ciclo incesante entre sembrar, abonar, hacer crecer, cosechar y volver a sembrar… sin darte tiempo nunca de subirte al lomo de un caballito “y alucinar como lo hace un niño”, diría Joan Manuel Serrat. Tú, ¿tienes alguna sugerencia?…

[1] “El dinero es la raíz de todos los males de hoy”, parte de la letra de la canción “Money”, contenida en el álbum The Dark Side of the Moon (1973).


