
Si atendemos a su origen etimológico, la palabra mártir proviene del griego mártys, que significa ‘testigo, testimonio’. Para la Iglesia Católica, un mártir es “un testigo de la fe” o alguien que “da su propia vida por la verdad del Evangelio” —según el portal religioso catholic.net— o, bien, “un cristiano que da su vida por mantenerse fiel en el seguimiento de Jesucristo”, según el Opus Dei. Pero en este texto hablaremos de los otros mártires: esos que perdieron la vida por sostener una verdad científica, en un tiempo cuando la Iglesia católica —o su brazo de coerción, la Santa Inquisición— perseguía y condenaba a muerte cualquier enseñanza o conocimiento contrario a su doctrina por considerarlos “herejías”.
Aunque con el tiempo sus postulados fueron ampliamente aceptados, todas estas ejecuciones —bueno, una no se llevó a cabo— tuvieron un efecto disuasivo que retrasó mucho el avance de las ciencias, pues astrónomos, médicos, físicos y otros estudiosos temían ser martirizados igual por el simple hecho de difundir sus descubrimientos. Aquí están, pues, los cinco mártires de la ciencia:
Hipatia de Alejandría (ca. 355-415)
Fue hija y discípula del científico alejandrino Teón de Alejandría, y una de las primeras mujeres matemáticas de la historia; destacó en la filosofía y la astronomía, escribió varios tratados de geometría y álgebra, e inventó algunos instrumentos de medición, como un astrolabio para determinar la posición de las estrellas en la bóveda celeste y un densímetro. Además, dirigió la Escuela Neoplatónica de Alejandría, donde impartía clases de filosofía centrándose en las obras de Platón y Aristóteles.

Hipatia fue asesinada por una turba de cristianos, al parecer azuzada o dirigida por el obispo Cirilo de Alejandría, durante un periodo de gran tensión política entre cristianos y paganos, así como entre el patriarcado alejandrino y el Imperio Romano de Occidente, representado por el prefecto Orestes, que era alumno de Hipatia. Según las crónicas, la ilustre científica fue asaltada cuando regresaba a su casa, golpeada, arrastrada hasta el templo y lapidada o desollada viva. Siglos después, Cirilo fue nombrado Doctor de la Iglesia.
Miguel Servet (1509-1553)
Su nombre verdadero fue Miguel Serveto y Conesa, y nació en la localidad aragonesa de Villanueva de Sigena, en España. Fue médico y teólogo; sus intereses científicos abarcaban la astronomía, la geografía, la jurisprudencia, la física, las matemáticas y la anatomía humana, en la que realizó grandes avances en el estudio de la circulación sanguínea.
Dos obras suyas fueron las que lo condenaron: Christianismi Restitutio o “Restitución del cristianismo” y De Trinitatis Erroribus o “De los errores de la Trinidad”, en las que se oponía férreamente a la idea de la Trinidad, uno de los dogmas de fe del catolicismo; a causa de ello, fue perseguido por la Inquisición. Tras huir de España y ocultarse en varios países de Europa, hizo una escala en Ginebra, Suiza, donde fue reconocido, apresado, juzgado por antitrinitario y sentenciado a muerte en la hoguera.
Giordano Bruno (1548-1600)
Su nombre real era Filippo y nació en la ciudad de Nola, provincia de Nápoles. Fue un sacerdote dominico, astrónomo, poeta, teólogo, astrólogo, alquimista y esotérico. En la cosmología, superó el modelo heliocéntrico propuesto por Nicolás Copérnico, pues además de afirmar que la Tierra orbita en torno al Sol, aseveró que éste era sólo una estrella más y que en el universo debían existir otros mundos habitados por seres inteligentes. Por si fuera poco, rechazaba la virginidad de María y era antitrinitario.

Temeroso de la Inquisición, huyó de Italia y durante años llevó una vida errante. Regresó a su patria a instancias de un noble veneciano que se convirtió en su protector, pero acabó denunciándolo ante la Inquisición. De Venecia fue llevado a Roma, donde su juicio duró ocho años, al cabo de los cuales fue condenado a morir quemado vivo en la hoguera, en el Campo de’Fiori. En el lugar de su muerte, en 1889 se erigió una estatua suya exaltándolo como “mártir de la libertad de pensamiento”.
Lucilio Vanini (1585-1619)
Nació al sur de Italia, firmaba sus escritos como Giulio Cesare Vanini y fue filósofo, médico y librepensador, considerado uno de los precursores de la doctrina del libertinismo, la cual ponía en tela de juicio las restricciones morales. Fue uno de los primeros filósofos en considerar la evolución biológica y que el universo se regía por leyes naturales, no por voluntad divina. Desde luego, fue perseguido y pasó por Francia, Suiza, los Países Bajos e Inglaterra.
Al regresar a Francia, con un nombre falso se instaló en Toulouse, donde fue aprehendido, interrogado, hallado culpable de ateísmo y blasfemia, y condenado a muerte. Según la legislación imperante, primero le cortaron la lengua, luego lo estrangularon y, por último, su cadáver fue quemado. Tras su ejecución, salió a la luz que se trataba de Vanini.
Galileo Galilei (1564-1642) El último mártir de la lista no murió pero sí fue perseguido, amenazado, obligado a retractarse y condenado a prisión perpetua, lo cual prácticamente cesó su actividad científica. El conflicto con la Inquisición derivó de sus pruebas que confirmaban el modelo heliocéntrico y otras observaciones astronómicas que publicó en el libro Sidereus nuncius o “Mensajero sideral” en 1610.

Fue el cardenal Roberto Belarmino, el mismo que condenó a Giordano Bruno, quien encabezó la oposición a sus ideas. En 1616, Galileo es convocado por el Santo Oficio para examinar su obra y se le pide que exponga su tesis como una mera teoría, a lo que Galilei se rehúsa y por ello es oficialmente censurado. Diecisiete años después, es nuevamente requerido en Roma y juzgado por nuevas herejías; ahí es conminado a confesar bajo amenaza de tortura —se dice que se le mostró el potro y eso bastó para convencerlo—, se le condena a prisión domiciliaria perpetua y se le obliga a abjurar de sus ideas. Según la leyenda, al salir del Tribunal pronunció la célebre frase Eppur si muove o “Y, sin embargo, se mueve”. Murió cinco años después.



