Los premios literarios y el síndrome del impostor

Los premios literarios y el síndrome del impostor
Guadalupe Gutiérrez

Guadalupe Gutiérrez

¿Alguna vez has participado en un certamen literario? Yo sí, y puedo dar fe de los nervios al enviar el texto, de la expectación el día que se anuncia el resultado y de los sentimientos que te embargan, ganes o no, y que pueden ser abrumadores. Y es que, aunque el jurado a menudo está formado por académicos o escritores con trayectorias brillantes, su apreciación no deja de ser subjetiva y eso puede hacer mella en tu interpretación del hecho o en tu autoestima.

Los factores que intervienen en la selección de una obra premiada son muchos y distintos en cada certamen y momento histórico, pero eso no impide que un premio se considere una garantía de excelencia artística o calidad literaria; además, si lo otorga un sello editorial, es común que el reconocimiento venga acompañado de un contrato de publicación y distribución de la obra, con lo que el texto llega a más lectores. Pero este no es el único beneficio… ni el único inconveniente.

Dependiendo del certamen, ganar un premio aumenta la fama y el estatus literario o académico de quien lo recibe, lo cual puede ser incluso más valioso que el monto económico con que éste viene dotado; además, el galardón abre un abanico de posibilidades para el autor, pues le permite hacer networking con gente clave en la industria editorial y, si se trata de su opera prima, el libro resultará más atractivo para los lectores indecisos, lo cual puede traducirse en un incremento de las ventas.

Tras ganar un premio de renombre —lo cual para muchos es la culminación de un esfuerzo de toda la vida—, un autor puede seguir su vida profesional de dos maneras: disfrutar del momento, aprovechar la confianza y la motivación obtenidas, y seguir escribiendo con mayores bríos; o bien, sucumbir a la ansiedad y dejar que el síndrome del impostor lo venza: algo muy temido por los escritores, pues a algunos incluso les ha costado su carrera literaria.

El síndrome del impostor es una condición que sufren personas exitosas que dudan de sí mismas y de su capacidad, lo cual les hace pensar que sus triunfos son fruto de la suerte y no de sus méritos, por lo que en algún momento se descubrirá que en realidad no merecen tal reconocimiento. En el mejor de los casos, estas dudas son pasajeras y el autor pronto recupera la confianza en sí mismo y en su trabajo; en el peor de ellos, se deja secuestrar por la angustia y no vuelve a publicar.

Un caso típico del síndrome es el de la estadounidense Harper Lee (1926-2016). Su primera novela, Matar a un ruiseñorTo Kill a Mockingbird—, publicada en julio de 1960, rápidamente se convirtió en un clásico y un éxito literario en Estados Unidos: vendió más 40 millones de copias, obtuvo el Premio Pulitzer en 1961 y fue llevado a la pantalla grande con Gregory Peck en el papel del abogado Atticus Finch. Todo esto generó muchas expectativas entre los lectores, quienes no podían esperar para leer algo más de su autoría. La presión fue tal que Lee dejó de dar entrevistas y dijo no querer volver a publicar nada, pues “ya había dicho lo que quería decir”. Fue hasta el año 2015 que su abogada publicó una segunda novela: Ve y pon un centinelaGo Set a Watchman— que, aunque se promocionó como una secuela de Matar a un ruiseñor, en realidad era un borrador de ésta última que había sido descartado por Lee hacía más de medio siglo. Esto provocó especulaciones sobre si la autora, entonces de casi noventa años, realmente había aprobado la publicación de la obra o si todo había sido un ardid de su representante legal.

Portada de "To kill a mockingbird", de Harper Lee

Otro estadounidense, John Steinbeck —autor de Las uvas de la ira (1939) y ganador del Premio Pulitzer— también lidió con el síndrome del impostor, pues a pesar de ser un escritor muy laureado y ganador del Premio Nobel de Literatura en 1962, en uno de sus diarios confesó: “No soy escritor. Me he estado engañando a mí mismo y a los demás; siempre me he sentido un impostor”. El impacto social de su obra y los galardones que obtuvo, lejos de disipar estas dudas, las incrementaron; no obstante, con disciplina y dedicación al arte de escribir hasta diarios personales, Steinbeck consiguió sobreponerse a su desconfianza y continuó publicando obras.

Portada de "The grapes of wrath", de John Steinbeck

Es difícil autorregular nuestros pensamientos y emociones cuando creemos que nuestro valor reside en las opiniones de los demás. Y alguien que sufrió por esta causa fue Truman Capote, quien alcanzó el pico de su fama con la publicación de su libro A sangre fría (1965), que en 1966 ganó el Premio Edgar al mejor libro de no ficción sobre crímenes. Aunque también siguió escribiendo y publicando, sus libros posteriores no lograron el mismo reconocimiento; nadie podría decirlo con certeza, pero es probable esto se haya debido a las expectativas inalcanzables que los lectores y la crítica pusieron sobre el autor. ¿Será?…

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