Los rotos no aman

Los rotos no aman

Paola Iridee

Paola Iridee

Andanzas

“¿Qué es el amor?”Quizá pasamos más tiempo teorizándolo que sintiéndolo. Estamos más acostumbrados a perder y cambiar, que a ganar y quedarnos con aquello que nos hace felices. Se nos hace muy pesado sostener entre las manos algo que debe dejarse libre para que revolotee junto a nosotros y nos haga volar. No sabemos volar… pero, ¿cómo esperan que ame alguien que ha carecido de amor?

Mientras unos se toman de la mano y lo entregan todo sin saber a quién, otros nos lo reservamos; podríamos ser tú y yo, por ejemplo. Lo ocultamos incluso de quienes nos muestran su luz y nos quieren guiar. Quizás estemos rotos y no sepamos repararnos. Le encontramos función a las grietas y por eso no queremos deshacernos de ellas: porque aprendimos a verternos, a regar jardines ajenos sin querer, a dejar ir… Y regresa la pregunta: “¿cómo voy a poder amar a alguien, si nunca he sentido amor?”.

De repente nos damos cuenta de que vamos por ahí, flotando ligeros, surcando el cielo nosotros solos; nos entra el pánico cuando sentimos que nos pueden quitar ese pedazo de cielo en el que estamos y lo soltamos por el susto. Y no… eso no es volar. Por eso cuando viene la pregunta de “¿bueno… qué somos?”, no sabemos responder. Supongo que, de hecho, no lo sabemos, pero luchamos por hacernos creer que sí.

Estamos heridos, agujereados, pero no nos detenemos; seguimos avanzando con los dedos en la herida para no drenarnos. No sé cómo te sientas tú, pero yo siento que entre más me cierro, menos vida fluye dentro, y que ya no doy de beber agua fresca a los que cruzan mi camino porque se cuela el mal del mundo por los huecos. Como si, además de todo esto, fuera por ahí, cavando mi propio espacio, construyendo templos en todo lugar que piso, para irme justo después de terminarlos; así, sin siquiera disfrutar lo que hice. ¿Tú también te has sentido así? Bueno… puedes seguir leyendo.

Quizá parezca que somos sólo cachitos de universo destinados a estar solos, aunque pienso que, más bien, si siempre erramos en elegir la compañía de otros, es porque no hemos encontrado lo que somos. Una vez escuché a alguien decir: “no sentirás amor hasta que no te nazca”, y a lo mejor tenía razón; tal vez el origen de todo es uno mismo, y ninguna hoja puede crecer de un tallo que no ha echado raíz; la planta debe abrirse paso sola entre la tierra para ver la luz. También se crece entre las grietas.

Si al menos una vez hemos tenido un lugar que sí nos pertenecía en el mundo, pero no lo quisimos —o no lo soportamos— y preferimos huir… ¿será que nos da miedo ser felices? ¿Por qué nos inquietamos cada vez sentimos calma? ¿Estaremos desacostumbrados a tener algo de cierto, a sostener algo puro entre las manos?

Alguna vez balbuceé que estaba enamorada y me cortaron las alas antes de que pudiera ponérselas a alguien más. “¿Dices que estás enamorada? —me dijeron—. ¡Qué va! Los rotos no se enamoran, sólo huyen. Y, aunque me costó trabajo digerirlo, lo entendí: quizá sí estaba rota y primero me tenía que reparar. Después de todo, no es justo acabarse el agua de una fuente e irse corriendo a buscar otra inmediatamente después porque carecemos de raíces lo bastante profundas para sacarla por nosotros mismos.

Seamos sinceros: cuando nosotros boicoteamos las posibilidades de ser felices con alguien, o simplemente no podemos encontrar a alguien que “llene nuestras expectativas”, aunque ese alguien se desviva por demostrarnos su afecto, es muy probable que ni siquiera tengamos en orden lo que esperamos de nosotros mismos, o lo que tenemos dentro. Para poder amar al otro, primero hay que verlo, pero no podemos ver lo que hay afuera si no tenemos claro lo que vemos en el espejo.

Por ello, sería conveniente sincerarnos más seguido con nosotros mismos y preguntarnos qué es lo que sentimos, qué pensamos del mundo, cuáles son nuestros sueños, qué cosas definitivamente no nos agradan, y lo más importante: qué queremos realmente. Si no tenemos clara la respuesta a esa pregunta, seguiremos revoloteando solos por todas partes, chocando a cada rato con lo que se nos cruce en el camino. No podemos amar lo que no conocemos, y no podemos conocer si nos cerramos, sobre todo si nos cerramos el corazón a nosotros mismos, y a entender por qué somos lo que somos y cómo podemos ser lo que buscamos. Así que está sellado: el amor sólo lo consiguen los que se aman a sí mismos.

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