¿Por qué a todo el mundo le dolió la muerte de Ozzy Osbourne?

¿Por qué a todo el mundo le dolió la muerte de Ozzy Osbourne?
Julio Báez

Julio Báez

Podría empezar este texto contándote el origen y la historia de Black Sabbath, una de las bandas más importantes del rock, o la biografía de su vocalista, que tuvo casi la misma relevancia en el heavy metal; pero para eso están los libros, Wikipedia, los posteos en redes sociales y miles de páginas de internet que dan esa información; por eso, no lo haré. En su lugar, hablaré de la importancia de llamarse Ozzy Osbourne y de cómo la muerte de un rockstar de un género de nicho conmocionó a todos y se convirtió en un evento mundial.

Este año 2025 no sólo marcó la entrada al segundo cuarto de siglo XXI: también nos recordó, con una estocada en el pecho, que hasta los dioses del rock son mortales pues, el 25 de julio, Ozzy dejó el plano terrenal. Apenas unas semanas antes, el día cinco, el mundo había despedido al inigualable “Príncipe de la Oscuridad” en Back to the Beginning, un concierto benéfico en el que participaron grandes estrellas del rock y, desde luego, Black Sabbath.

Y es que Ozzy fue un ícono de generaciones y un símbolo viviente del heavy metal pero, irónicamente, también fue uno de los personajes más entrañables de la televisión familiar de principios de los 2000. Así, su muerte representa el fin de una era musical y el cierre emocional de un capítulo cultural que abarcó más de cinco décadas de distorsión, excentricidades, abusos y locura.

De Birmingham al Olimpo del rock

John Michael “Ozzy” Osbourne nació en 1948, en el seno de una familia obrera de Birmingham, Inglaterra. Seguramente en su juventud nunca imaginó que su voz áspera lo convertiría en uno de los creadores del heavy metal, un género que cambió la historia del rock. En 1970, cuando Black Sabbath lanzó su homónimo álbum debut, lo que surgía de las bocinas no era sólo música, sino un nuevo lenguaje para expresar el miedo, la ira y la alienación en una época marcada por la guerra, la pobreza y la represión.

Black Sabbath

Dentro de Sabbath, Ozzy no era el frontman tradicional: no contaba con la presencia esculpida de un rockstar ni tenía el carisma fabricado de una estrella pop. Lo suyo era distinto: un aura salvaje, descompuesta y auténtica que conectaba directamente con el público. Mientras Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward ejecutaban solos en sus respectivos instrumentos, él aullaba sobre brujas, demonios y enfermedades mentales con una voz aguda e hipnótica que parecía un grito atrapado entre lúgubres dimensiones.

Sin Ozzy Osbourne y sin Black Sabbath no existirían Metallica, Slayer, Iron Maiden, Judas Priest, Slipknot, Soundgarden y muchas otras bandas. Su influencia no se limitó a la música, sino a la actitud: el heavy metal, ese universo oscuro y rebelde, fue definido en parte por la estética y la energía de Ozzy, tanto con Sabbath con joyas como “Iron Man”, “Paranoid” o “Children of the Grave”, como en solitario con hits como “Mama I’m Coming Home”, “No More Tears” y “Crazy Train”, que se convirtieron en himnos intergeneracionales.

Incluso cuando su vida personal se conviritó en una montaña rusa de excesos, escándalo y batallas contra las adicciones, Ozzy nunca dejó de ser un referente mediático. Era el sobreviviente improbable, el loco que todos daban por muerto, pero que seguía grabando, girando y, principalmente, riéndose de sí mismo.

Del satanismo a la vida familiar: The Osbournes y el renacimiento mediático

Algo que permitió a nuevas generaciones enamorarse de él fue un programa de televisión que reposicionó su imagen ante el público: en 2002, MTV estrenó The Osbournes, un reality show que convirtió al ídolo de lo oculto y la oscuridad en una entrañable figura doméstica. Lejos de invocar demonios, en el programa veíamos a Ozzy en su casa batallando con el control remoto, lidiando con sus hijos adolescentes, discutiendo con su esposa, acariciando a sus perros y comiendo burritos como cualquier otro hombre maduro.

Ozzy Osbourne

El contraste era irresistible: ¿cómo podía este hombre que una vez arrancó a mordidas la cabeza de un murciélago en el escenario ser el mismo que regañaba con ternura a Jack y Kelly por dejar la ropa tirada? La respuesta era simple: Ozzy siempre fue más humano de lo que su mito y su figura permitían ver, y The Osbournes nos dejó entrar a ese universo de caos familiar, amor disfuncional y humor involuntario que lo proyectó como una estrella mundial más allá del metal.

Con el paso del tiempo, Ozzy se convirtió en ese personaje que te gustaría tener en tus reuniones familiares: el papá excéntrico y medio ido, pero que siempre te apoya, o el abuelo que te cuenta anécdotas imposibles sobre fiestas con Lemmy Kilmister y Mötley Crue, y que siempre tiene una sonrisa o una broma boba para hacer reír a sus nietos. Nunca se desprendió del aura de antihéroe, pero tampoco se aferró a ella: supo transformarse sin traicionarse.

Y sí, le encantaban los burritos. Era uno de sus placeres simples, una muestra más de que detrás del ícono había un tipo común, uno que entendía mejor que nadie lo extraordinaria que fue su vida.

Los dos adioses de Ozzy

Debido al deterioro de su salud y junto con los demás miembros de Black Sabbath, Ozzy decidió dar un cierre de oro a su carrera: un tributo global denominado Back to the Beginning, que se transmitió en vivo durante más de diez horas por servicios de streaming y que tuvo la presencia de bandas legendarias como Judas Priest y Tool, y de nuevos actos como Ghost y Turnstile. Todos se unieron para rendir culto a Ozzy, que sentado en su trono negro cerró el evento cantando los hits de Black Sabbath. No fue un funeral: fue una misa eléctrica.

Después vino la noticia, el shock mediático, los mensajes de condolencia del mundo de la música y reacciones insólitas como las de los legisladores mexicanos que le dedicaron exequias y obituarios. Su funeral, con la carroza recorriendo las calles de Birmingham, fue dramático y espectacular; el mundo entero vio a la familia destrozada y, en un acto final, su viuda Sharon levantó un brazo e hizo el signo de love & peace para los fans que la habían acompañado en el duelo.

Ozzy Osbourne ya no está en casa, pero su voz sigue retumbando en cassettes, vinilos, playlists, tatuajes y corazones. No se trata de una muerte más en el panteón del rock; se trata de la caída de un titán que, contra todo pronóstico, nos enseñó que se puede vivir —y sobrevivir— siendo uno mismo, con todas las sombras, los errores, las risas y las locuras a cuestas.

El primer cuarto del siglo XXI se cierra con su adiós. Pero, si el metal es eterno, es porque tipos como Ozzy le dieron alma. Que en paz descanse el hombre que nos hizo amar el caos, bailar con el Diablo y reírnos entre distorsiones.

Hasta siempre, Ozzy…

Hasta siempre, Ozzy

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